15/02/2011

Revolution of love

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15/02/2011

Lectura digital en el baño

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Tengo un iPod Touch y empiezo a adivinar todas sus posibilidades de uso. Es un aparato con todos los atributos del teléfono pero sin la facultad propia de las llamadas. Del resto, ofrece todo: email, web, apps, música, video, fotos y video-llamadas en el revolucionario programa FaceTime. Sí, Skype lo hizo primero pero esto es mejor. A los pocos días de jugar con el aparato, decido llevármelo de excursión al baño. Debo reconocer que fue indeliberado; estaba de paso y lo agarré sin detenerme, sin mirar a los lados. Quería probar una aplicación nueva que ofrece casi toda la prensa mundial en un sólo menú.

Lamentablemente no sé leer en sueco o en tailandés así que Elegí California > San Francisco > The Chronicle. Me fui a la sección de cultura y de allí derivé en la de libros. El Wi-fi necesario para la conexión fue (y sigue siendo) cortesía de algún vecino que no se entera de mi injerencia en su campo magnético, si es este el término que mejor lo describe. Allí leí mi primer artículo en el iPod y no me pareció enteramente azarosa la elección porque justamente el mismo narra cómo el tipo de luz con la que leemos afecta y modifica nuestra lectura. Lo cual en mi caso no sería la luz sino el artefacto que facilita la lectura.

Se habló desde siempre de las ventajas del libro y de su adaptabilidad a cualquier espacio; están los que destinan un revistero entero para tener algo a mano. Leer el diario en el baño es también un lugar común. Tarde o temprano hubiera tenido que pasar. ¿Ventajas? Primero está el hecho de que los diarios de SF no son muy populares en NY (y me pregunto si viceversa) porque la prensa en EE.UU. es bastante localista y cada ciudad importante tiene su aparato de prensa bien armado. Segundo, “el Chronicle” lo ojeo cuando me acuerdo por Internet, por lo cual situar y reproducir la misma escena con una laptop de 15 pulgadas cambia la historia por completo.

Tollefson comienza su relato avisándonos que prefiere libros de papel y que lee comúnmente en la cama. Esa noche su lámpara comienza a titubear: “to light or not to light”. Mortificado por el inconveniente decide apagarla y saca entonces una especie de linterna de explorador de esas que se ponen en la cabeza y alumbra una zona muy limitada. Su experiencia de lectura, dice, cambió bruscamente a pesar de seguir ante el mismo libro; la iluminación confinada a unas muy pocas líneas del texto fueron una especie de revelación en el viaje de la lectura. Algo así como viajar con niebla pero sin el peligro de terminar estrellados: está lo inmediato y lo demás se nos oculta. ¿Por qué entre todos los artículos posibles y disponibles en el mundo vine a dar justamente con este? quedará el misterio allí sin responder.

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20/01/2010

¿Hay que hacer lecturas ligeras en verano?

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No sé de dónde salió la tan difundida idea de que el verano es para leer libros livianos. Por livianos se entiende: pasatistas, poco profundos, fáciles (no simples) y hasta mediocres. Me pasa todo el tiempo estar charlando incluso con personas dedicadas a la la industria del libro que andan buscando este tipo de material entre los que se cuentan los policiales de saldo, las novelas románticas y las biografías, por decir sólo algunos ejemplos.

Me animo a pensar que esta costumbre nos desciende directamente de los medios masivos de comunicación, incluyendo los diarios y la radio pero principalmente la televisión. ¿Qué pasa durante el tiempo que va de diciembre a abril en estos medios? Nada. Todo el tiempo de la pantalla se podría describir como una seguidilla de tapabaches constituidos por movileros de noticieros desde la playa, mediocres escandaletes teatrales y reposición de ciclos terminados en años pretéritos. De manera similar pasa en las radios, donde los locutores permanecen ausentes disfrutando de sus merecidas vacaciones de un mes entero y en los diarios donde las notas “de color” ocupan más páginas que lo habitual.

Entonces la lógica es: todos se fueron de vacaciones, yo me voy de vacaciones, no puedo hacer nada relevante.

Según mi punto de vista las cosas no podrían estar más al revés. ¿Qué mejor momento que el verano para leer esos libros complejos que demandan mucho más tiempo de digestión? No me imagino leyendo El arco iris de gravedad en el 60, pero si a la sombra de un árbol frondoso en algún destino turístico. Sin embargo no parece ser así para todo el mundo, que desea leer a Sidney Sheldon bajo el árbol veraniego y dejar el Ulises para la cola de los impuestos.

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08/01/2010

¿Por qué no se me ocurrió?

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Próximamente en Once y con su vendedor ambulante amigo:

Lo vi en No quedan blogs gracias al Google reader shared de Fender Gebiet

Más chiches para lectores en Folio

07/01/2010

El hábito de la lectura

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El gobierno de La Ciudad de Buenos Aires ideó una nueva campaña llamada “A mí, regalame un libro”, dice que para incentivar el hábito de la lectura durante la época navideña. Cito un fragmento de la gacetilla que envía el departamento de prensa del Ministerio de Cultura:

Regalar un libro es una apuesta a la esperanza, por eso queremos contribuir desde nuestro lugar para motivar la compra en estas fiestas de navidad y reyes. Los libros son parte de la identidad de los porteños y hacen de Buenos Aires una Ciudad Literaria tan cautivante para quienes viven en ella como para los que la visitan. A través de sus librerías, cafés y circuitos literarios, la ciudad invita y estimula permanentemente al hábito de la lectura.

Esta propuesta me hizo un poco de ruido, más que incentivo a la lectura me pareció un incentivo a las ventas. Se me hace que un chico al que no se le acercó de manera amigable el placer por el libro, lo va a utilizar el libro para apoyar la Play Station (siempre hablando de las acomodadas familias porteñas) antes que para leerlo porque sí.

Desde este humilde espacio propongo en el mismo sentido de adquirir un objeto para que su uso se transmita por ósmosis:

  • A mí, regalame un auto (para incentivar el hábito de la conducción)
  • A mí, regalame un vino (para incentivar el hábito del simposio)
  • A mí, regalame un preservativo (para incentivar el hábito de la procreación responsable)

También recomiendo no utilizar eufemismos en las campañas estatales y, sí queremos vender libros, decir que lo que queremos es vender libros, no incentivar a nada, que es mucho más caro.

30/09/2009

Mañana poesía en Casa de la lectura

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21/08/2009

Carpe noctem

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BarFoto de Cristian Piazza

Meses atrás en este blog se presentó una disciplina que parecía atípica a los ojos de todos. El editor pensó que leer en bares era “una construcción mediática, literaria o hasta tanguera, pero para nada algo real”. Coleccionó, a partir de ello, citas de obras literarias donde los personajes (o el narrador) vivían el bar. Su peregrinar entre textos que aludiesen al placer de los lugares taciturnos, donde la luz es digna de un Caravaggio, fue basado en la desconfianza como un Santo Tomás en funciones. Acá se ve muy poco esa costumbre de leer tarde olvidados en alguna esquina con nuestro libro, tal vez porque el “Bar” mutó, se complicó con el ruido y arrastra otro público; es cierto que no se miden los márgenes de lectura en una banqueta (o mesa) de bar, es lugar para otras mañas.

Sin embargo, el tema que me trae hasta acá no son los bares, buenos o de mala muerte, sus acepciones o sus consecuencias, sino que a mi se me da mucho por leer de noche y no siempre en la comodidad de la casa; no me considero un lector peatonal pero alterno los escenarios; le da cierta efervescencia al acto en sí. Tiene, lo de leer afuera, su cuota de exhibicionismo, de hacerse el canchero por andar con tal o cual libro. A mí me aflora el canchero que todos llevamos dentro, por ejemplo, cuando leo en otros idiomas, pero siento que estoy confiando demasiadas cosas para el poco tiempo que nos conocemos. Igual tampoco se quiere insistir en el análisis de las personalidades del lector.

Salí a explorar, entonces, a ver qué andaba ofreciendo esta ciudad en la franja considerada “post-laburo” y hasta ahora se van quedando cortos. Que me perdonen Sinatra y sus herederos pero esta ciudad se va a dormir temprano, en muchos aspectos.

Me caminé un par de barrios con el libro de Walser que estoy leyendo y no conseguí alivio ni siquiera en la “interminable finitud” del suizo. La cultura del café, a la francesa, a la argentina, está muy pero muy lejos. Hay lugares que se transforman con el pasar de las horas con la intención de complacer el gusto de las rutinas asentadas. Por lo cual, el café italiano con su barra que despacha tazas avezadamente, ve asomar a la hora del crepúsculo las típicas banquetas para el “Happy-Hour” coctelero y frutal, y olvidate de una mesa para una degustación corta y una estadía prolongada (te la niegan sin ningún remordimiento).

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