11/05/2011

Recibimos: El perseguidor

Por

Agradecemos a Libros del Zorro Rojo por el envío de El Perseguidor, el cuento de Julio Cortazar ilustrado por José Muñoz.

Johnny estaba en gran forma en esos días, y yo había ido al ensayo nada más que para escucharlo a él y también a Miles Davis. Todos tenían ganas de tocar, estaban contentos, andaban bien vestidos (de esto me acuerdo quizá por contraste, por lo mal vestido y lo sucio que anda ahora Johnny), tocaban con gusto, sin ninguna impaciencia, y el técnico de sonido hacia señales de contento detrás de su ventanilla, como un babuino satisfecho. Y justamente en ese momento, cuando Johnny estaba como perdido en su alegría, de golpe dejó de tocar y soltándole un puñetazo a no sé quién dijo: “Esto lo estoy tocando mañana”.


10/02/2011

Notas sobre una enorme metáfora
París: Una introducción

Por

Especial: Notas sobre una enorme metáfora.

  1. Introducción
  2. Zambas salvajes de un unitario

Mi avión llegó a París a fines del 2010, dubitativo y tímido. Mi avión atravesó los Pirineos, esquivando temporales de nieve, huelgas generales y hasta clandestinas. Mi avión me dejó en el aeropuerto de Orly (que yo sólo conocía por el samba homónimo de Chico, Toquinho y Vinícius) con un fin concreto: pausar mi vida en Barcelona durante un tiempo delimitado por el calendario académico.


París desde mi ventana

Desde mi buhardilla milimétrica, situada a los pies de Montmartre, le mandé un mail a Matías para contarle que tenía ganas de escribir algo al respecto, aprovechar la ocasión para hablar de asuntos sobre los que siempre vuelvo, pero desde un ángulo distinto al de las reseñas y las entrevistas con las que vinimos trabajando estos últimos años. La forma, acordamos, sería la crónica; la condición, que giraran en torno a escritores argentinos que vivieron en París.

Me limitaré a intentar rastrear, nikon y netbook en mano, vericuetos parisinos donde alguna vez vivieron algunos de estos veintisiete escritores. Estudiaré en las Universidades en las que algunos de ellos fueron alumnos. Caminaré por las calles que pisaron, solitarios y anónimos. Indagaré en librerías y bibliotecas parisinas, en busca de traducciones francesas de sus libros.

Acordamos, también, establecer un lapso acotado: desde 1825 hasta 2005, desde la llegada de Esteban Echeverría al puerto de Le Havre (la puerta normanda que desembocaba en América) hasta los últimos días de Juan José Saer, combatiendo un cáncer de pulmón, en un hospital de la banlieu, una suerte de conurbano al que casi todo parisino teme por defecto. Durante los últimos dos siglos, puedo contar una treintena de escritores argentinos que residieron en algún momento de sus vidas en París. Borges, creo, lo dijo mejor que nadie: las listas son ejercicios excluyentes; seguro me olvidaré de unos cuantos.

Mientras me dirigía hacia mi curso intensivo de francés, durante las primeras mañanas en Montmartre, paseaba por el métro una edición española de El sueño de los héroes. Aún no consigo disfrutar de los libros de Bioy Casares (para mi oprobio, lo sé), así que lo abandoné rápidamente por París no se acaba nunca, seguido por una lectura compulsiva de The Invention of Solitude y luego de La tía Julia y el escribidor. No podía estar incidiendo en mayor transgresión ociosa. Por obvios motivos, ni Vila-Matas, ni Paul Auster, ni Vargas Llosa aparecían en el corpus de la tesina que vine a escribir a París, y que trata de los orígenes socio-históricos de la literatura fantástica escrita en español. También por obvios motivos, ninguno de ellos jamás aparecería entre la “treintena de escritores argentinos” que me jacto de poder enumerar. Pero lo más grave de todo es que no podía estar incurriendo en un cliché más escandaloso: joven estudiante de Letras, flamante residente de Montmartre (ciertas ínfulas de intelectual), becado para estudiar en la Sorbona, se va a enclaustrar en una buhardilla para leer a escritores que vivieron antes en buhardillas similares (alguno hasta es un Nóbel).

Pero los límites de mi identidad literaria argentina no son muy férreos (lo sé, lo único que falta es que me declare “cosmopolita”). Mi rudimentario acercamiento a la literatura argentina ha sido mediatizado por bibliotecas y profesores catalanes, por revistas literarias publicadas en Barcelona, por las bondades del Google Scholar, por editoriales madrileñas y por las revistas digitales que inundan internet. Mi gusto literario fue invadido por los teóricos franceses del siglo pasado (hay quien diría que fue contaminado) y tal vea sea esta invasión la causa por la cual decidí mudarme a París. Seguir leyendo

05/08/2010

Hiperviaje a Una luna, de Martín Caparrós

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Dicen que Martín Caparrós puede convertirse en el prócer argentino de la crónica periodística. Cierto es que lleva varios kilómetros en su bigote y muchísimas más palabras por detrás. Cierto también, es que viaja.  En uno de esos enredos aeroportuarios, de check-in, check-out, concibió Una Luna: diario del hiperviaje, una serie de crónicas sobre jóvenes migrantes alrededor del globo (encargadas por la ONU). Son los entretelones y pensamientos de un señor que empieza a preguntarse en voz alta si no está ya demasiado viejo.

Gracias a Eterna Cadencia que nos cedió la foto de Martín Caparrós, por Lucio Ramirez

Las búsquedas de Caparrós giraron, en principio, sobre la mirada subjetiva del que cuenta la historia:

Y el placer, para mí, de hacer de la mirada pretendidamente neutra del reportero un ojo caprichoso. Esconderse en un cruce: deslizarse más acá del periodismo, más allá de la literatura, para ocupar un lugar sin espacio: escribir crónicas

decía en Larga Distancia (1992), su primer libro sobre ese género.

Más de quince años después, a Caparrós le interesa el movimiento, el desplazamiento de un lugar a otro. Qué significa moverse, irse, visitar, llegar, esperar, pisar un lugar, huir en general ¿Qué es lo que impulsa a la gente para moverse? Podría ser una pregunta caparrosiana que guíe el texto. Dentro de ese movimiento, no se le olvidaron los modos: el hiperviaje es su criatura conceptual.

Hijo de la globalización e internet, el hiperviaje es esa posibilidad de ir hacia la otra punta del mapa en un click. Pasar de un aeropuerto nevado y envuelto en un cielo gris, a uno de vigas ardientes por la inclemencia de un sol abrasador, tras unas pocas horas sentado, atendido por una solícita azafata y distraído por unos videítos berretas en la pantallita personal. En las distancias kilométricas hay un hipersalto, una negación del espacio, ¿un no viaje? Es eso de que antes la gente viajaba, ahora la viajan.

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16/04/2010

La vida íntima de Julio, dos miradas

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El joven Cortázar conoció a la traductora Aurora Bernárdez, hija de inmigrantes gallegos, que sería su primera mujer; en 1951 consiguió una beca del Gobierno Francés y con este pretexto se instaló definiticamente en París. Ya había escrito Bestiario, el primer libro de cuentos, ponderado por Borges, que se convertiría en el germen de su fama. Realmente, se sentía muy lejos. Podías imaginarlo sentado en la terraza de cualquier café del Barrio Latino midiendo con la mente la distancia que lo separaba de Buenos Aires, mientras escribía Rayuela, si obra maestra, sin ahorrarse un gramo de melancolía.

En Póquer de ases, de Manuel Vicent, Alfaguara, Madrid, 2009, p. 46

Me parece que Cortázar también se reserva, que se esconde tras un biombo de amabilidad y cortesía, como Vargas Llosa, pero mucho más que él. Mario admite cierto grado de intimidad. Dice que Cortázar ni da ni recibe intimidad. Estos amigos que tanto lo querían y admiraban por otras muchas y valiosas cualidades, me dijeron que no recurrían a él en momentos de crisis. Que nunca hablaban entre ellos de sus problemas, ni de los propios ni de los de Julio, quien tampoco les confiaba los suyos. Por ejemplo, recuerdo la historia que me contaron del año en que coincidieron en Grecia los Cortázar -estaban aún casados Julio y Aurora Bernárdez- con Mario Vargas Llosa en un congreso de traductores. Mario, gran admirador de Cortázar, acabo siéndolo de la pareja y con ellos vivió los días que pasaron en Atenas. Tomaban juntos el desayuno en el hotel y juntos acudían a las sesiones del congreso, juntos almorzaban y también juntos paseaban por la ciudad o iban al cine por las tardes. Los Cortázar eran realmente una pareja ejemplar, admirable, por inteligentes, por cultos y por unidos: «Aurora termina las frases que empieza Julio… », comentaba Mario entusiasmado. De vuelta en París, pocos días más tarde que los Cortázar, Mario se encontró con la sorprendente noticia de la separación de la pareja. Durante los días de «intimidad» de Atenas, ni él ni ella habían dejado traslucir, como la pareja de The good soldier de Ford Madox Ford, la profundidad de su crisis.

En Historia personal del boom, de José Donoso, Alfaguara, 1998, p. 200/1

08/03/2010

Sobre Bestiario

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¿Hay algún motivo mejor para leer un libro que sea un regalo de tu amiga más querida? Creo que no; máxime si el libro resume, para quien lo regala, una etapa de su vida en la que el descubrimiento del autor, allá promediando los ’70, la llevó a un “enamoramiento juvenil” con su obra, como ella misma lo expresa en su sentida dedicatoria. Además, tuvo el coraje de regalármelo, aun a sabiendas de que este lector empedernido no es muy afecto al género de cuentos o relatos. Por otra parte, había pasado tanto tiempo ya desde la última lectura de Cortázar, que no venía nada mal iniciar el año con algunos autores argentinos, entre los cuales se destaca.

Publicado en 1951, el libro abre con esa maravilla de cuatro hojas llamada “Casa Tomada”, un relato sobre un par de hermanos que heredan la vieja casona familiar, la que parece ser ocupada por extraños debido a ruidos en sus habitaciones vacías. Una genial alegoría sobre el sentir de las clases acomodadas que se ven invadidas por la llegada de las masas, o algo más amplio: cuántas veces el miedo nos hace abandonar nuestras propias posiciones sin luchar por ellas. Pueden surgir varias interpretaciones.

Luego, en “Carta a una señorita en París” se pone de manifiesto el arte del autor en el manejo de la fábula, mediante la escritura de una misiva explicativa del protagonista –que vomita conejitos- a la amiga francesa que le prestó su casa.

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05/01/2010

Recibimos: La vuelta al día en ochenta mundos

Por

Agradecemos a Siglo veintiuno editores por enviarnos, además de Último round, la edición argentina de La vuelta al día en ochenta mundos de Julio Cortázar que hasta hace poco estaba agotada en las librerías.

21/12/2009

Recibimos: Último round

Por

Agradecemos a Siglo XXI Editores por el envío de Último round, uno de los dos libros de Cortázar (excepto una rareza como Fantomas contra los vampiros multinacionales que edita Planeta) que no están en el catálogo de Alfaguara.

Tradicionalmente este libro se conseguía en el país en una edición importada y, obviamente, cara. Ahora Siglo XXI hizo una edición nacional, buena noticia.

Último round, de Julio Cortázar

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