25/02/2011

Cara de editora

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Esta es una tira de Max Aguirre llamada “Jim, Jam y el otro” que se publica en La Nación diariamente. Toda la semana el que yo creo que es Jam se dedicó a hablar de su novela vanguardista. Para ver la serie completa pueden hacer clic en la imagen.


18/01/2011

Nos tocó hacer reir

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05/11/2010

El pedo, el manuscrito y el ex-ministro de economía

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Todo montaje supone la esperanza de que el sentido surja de la pura yuxtaposición. El sentido es un animalito de costumbres inasibles: según parece, acecha en los intersticios, surge de entre las grietas. La historieta, dicho sea de paso, es eso: una fábrica de grietas.

Hoy voy a tratar de fabricar mi propio territorio discontinuo para ver si de ahí sale algo: propongo cruzar una página de historieta japonesa llena de pedos, un manuscrito del siglo XIV y un artículo más vale anodino del ex joven ex ministro de economía que se mandó una de las más grandes cagadas políticas de los últimos años.

La página es esta:

Akira Toriyama. Taller de Manga. Barcelona, Planeta-DeAgostini, 1996. Pág. 28

Es de Akira Toriyama, el autor de Dragon Ball (y, sobre todo, de Dr. Slump). Sólo lo traigo por acá para notar que niños cultos y blogs dedicados a las letras pueden incorporar a Toriyama sin mayor crisis, así como pueden incorporar zombies, islas misteriosas y cualquier cosa que la cultura de masas haya decidido ofrecer. Sin dudas vivimos tiempos en que, como dice Beatriz Sarlo en su libreta, “el alto modernismo es una presa casi despreciada, irrisoria, de las estéticas que consideran el pop art como el último capítulo de donde sale entero el presente”. La ebullición actual de la historieta tiene que ver, creo, con una sorprendida incorporación de materiales de la alta cultura a un medio que siempre había estado del lado del mercado, la comunicación de masas y las restricciones genéricas, y con la comprobación de que esa mezcla no produce mayor escándalo: parece que por una vez, la historieta puede conjugar el presente.

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22/10/2010

¿En qué se parece tu mujer a un vaso de agua?

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Por mucho tiempo, la historieta cumplió al pie de la letra (y al pie de las letras, muchas veces) con la repetida máxima lamborghiniana “primero publicar, después escribir”. Hacer historietas era casi exclusivamente un sinónimo de editar historietas, y la edición llegaba, de hecho, antes que la producción. Fundada una editorial, creada una revista, se juntaban las páginas necesarias, surgidas del encargo y la necesidad. Una revista era, también, un modo de hacer y el origen de un estilo: bien podría hacerse una historia de la historieta argentina (y es probable que mundial) sin más nombres propios que los títulos de las revistas y sin más análisis que el de las políticas editoriales. Sería una historia antipática, dañaría muchas vanidades, pero no sería del todo injusta.

Otra vez la misma cantinela. Es posible. Es que leí hace poco un ensayo del poeta Cristian De Nápoli (“Distribuir poesía”), que me pareció revelador de muchos mecanismos de la edición actual de historietas (y de poesía, claro): en sus similitudes y en sus diferencias. Recomiendo con fervor hacer el clic correspondiente; iba a hacer otro ejercicio de traducción como el de Gombrowicz de la semana pasada, pero me pareció un abuso.

Semejanzas. De Nápoli dice que la poesía tiene dificultad para acceder a las librerías, que buena parte de las ventas se dan “mano en mano” y en ferias o presentaciones de libros, que la distribución es aleatoria, artesanal o inviable en términos económicos, que muchos editores parecen alcanzar el clímax erótico de su actividad al imprimir el libro, no al venderlo (la metáfora orgásmica me pertenece), que buena parte de las ediciones son autoediciones más o menos escondidas. Agrego algunas que están menos explícitas: los libros de poesía, como los de historieta, son breves, se leen rápido –esto es más cierto para la historieta– dejan la sensación de ser muy caros, sobre todo si se adaptan a los precios fijados por el perverso mecanismo de las editoriales grandes y su flujo demente de novedades.

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17/09/2010

Novelas gráficas: segundo intento

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La semana pasada se discutió por acá (y también por allá) sobre las posibles definiciones del término “novela gráfica”. Prometo no hablar de la Real Academia Española para evitar distraer la atención. Mi intención es pensar ahora qué novelas gráficas se han hecho en Argentina, pero para eso descubro que necesito definiciones un poco más precisas. Definiciones para novela gráfica tanto como para novela, a secas, que tampoco se deja atrapar con tanta facilidad. (Para volver a homenajear a Fogwill: es obvio que Vivir Afuera es una novela, no es tan obvio que Runa lo sea: en los bordes todo pierde nitidez).

Insisto en algunas cuestiones.

Primero (y principal) “novela gráfica” no es, o no debería ser, un sinónimo de “historieta”. La novela gráfica podría pensarse como un género (si es que la novela y el cuento son géneros) o como un formato, entre otros que utilizan ese lenguaje que conocemos como “historieta”. Más allá del modo en que nuestra sociedad administra el prestigio, que algo sea una novela gráfica no dice nada sobre su calidad, ni sobre el estatuto de “autor” de su autor, ni siquiera sobre su pertenencia a la alta cultura: es perfectamente imaginable una novela gráfica completamente estúpida sobre las aventuras intergalácticas de Lucho Avilés.

Segundo, sería una “novela gráfica” aquella historieta que presenta ciertos elementos en común con la novela literaria. Cuáles son esos elementos en común es un asunto menos evidente. Pienso en tres, y los tres son problemáticos: la extensión, la unidad y el libro como formato de publicación o como horizonte de posibilidad.

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03/09/2010

Impresionismo crepuscular

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¿Qué deseo puede hacer que uno (yo soy ese uno, hoy) escriba sobre historietas? No encuentro nada, o sólo encuentro el más triste de todos, el deseo de llenar el rectángulo blanco con que el procesador de textos imita una hoja de papel, que no es otro que el deseo de existir. Publicar sin saber qué. No, no pienso citar la obligatoria frase del señor O.L. (Y qué vivo soy, la cito de refilón).

Primera impresión: no se editan historietas. Ya sé: sí se editan. Parece que este mes salieron 10 libros, dos revistas, un libro de ensayos. Un par de veces he polemizado con Andrés Valenzuela en su imprescindible blog. (Ah, los adjetivos: “imprescindible”, sin dudas, si uno tiene deseo de historieta). Polemizado, no sé: nos hemos chumbado un poco. Yo sostengo que casi no se editan historietas, que no hay de qué hablar. Valenzuela tiene el mal gusto de refutarme con datos, con el prestigio de la empiria. Es probable que tenga razón y que yo tenga unos días negativos. Pero digamos que, comparado con la producción un poco espeluznante de literatura, casi no hay historietas para leer. Casi no hay de dónde elegir. No hay “masa crítica” para descartar, y descartar sin leer es el primer ejercicio de lectura. Y otra cosa: de las novedades, sólo es posible obtener una ínfima parte sin hacer un curso de espeleología, y no es que me queje del pobre servicio de prensa de las editoriales a la hora de nutrir a brillantes reseñistas, sino que me quejo de lo difícil que resulta comprar historietas, aún si uno vive en una ciudad grande, esa donde trabaja Scioli. Mi plata no vale.

Segunda impresión. Esa falta de “masa crítica” conspira contra la posibilidad de que aparezcan, además, historietas ineludibles, de esas que deben comentarse. Aunque sea para escupir bilis, para matar al padre, para envidiar al compañero. Me repito y me contradigo, ya hablé por acá sobre la dispersión de lecturas y cómo conspira contra la conversación. Ahora digo que la falta de opciones produce lo mismo. No hay que releerse. Seguir leyendo

23/07/2010

Decir “yo”: historieta autobiográfica #2

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[Para leer la primera parte, clic acá]

La autobiografía –o, para hablar más en general, todo el sistema de las “escrituras de sí”- se funda, como género, en bases un tanto débiles. La definición canónica dice que hay autobiografía cuando coinciden tres instancias bastante heterogénas: el autor, el narrador y el personaje. Pero resulta que estamos acostumbrados desde hace años a que, vivo o muerto, el autor no se confunda con el narrador –recuerdo las burlas de Fogwill cuando le endilgaban ciertas incorrectas opiniones de un personaje llamado Gil Wolf-, y la idea de mezclar a un señor “de existencia real”, como dicen los abogados, con un objeto textual como el narrador, resulta un poco obscena.

Página de Angel Mosquito, para ir a su blog hacer clic en la imagen.

Paul de Man, en un artículo de esos de cita obligada cuando se habla de estos temas (“La autobiografía como des figuración”, acá puede consultarse una buena discusión sobre el texto de de Man) notaba la debilidad de una ligazón que sólo puede hacerse mediante un acuerdo cuasijurídico . Cualquier libro con el nombre del autor en la portada sería en algún sentido autobiográfico. Por otra parte, la relación entre el yo que escribe y el yo del texto siempre implica una distancia, una máscara que no se ajusta a la cara: de Man recurre a la imagen de la prosopopeya: el tropo que hace hablar a lo que no tiene voz. La autobiografía hace hablar a lo que no tiene voz o a lo que está muerto.

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