05/09/2011

Cosas que los nietos deberían saber

Por

Cosas que los nietos deberían saber,
de Mark Oliver Everett (Puntocero, 2011)

Esta historia empezó mucho antes que el libro fuese escrito. Fue a mediados de 2006 en que junto a uno de mis amigos más cercanos visitábamos una disquería y él, melómano si los hay, me recomendó Blinking Lights and Other Revelations, de una banda llamada Eels. “Un bajonazo, pero muy bueno”, me advirtió. Lo era. En marzo de 2008, en un artículo aparecido en una revista española de divulgación científica –que aun recibo periódicamente- se hacía alusión al padre del cantante de esa banda; un eminente físico en su tiempo, creador del concepto de “universos paralelos” en mecánica cuántica –y, de paso, daba cuenta de su “caída en desgracia” y de los avatares de la relación con su hijo, expuestos por éste en la letra de una canción-. Cuán grande habrá sido mi sorpresa cuando, ante el escaparate de una librería palermitana, la última semana me choqué –literalmente- con la portada de este libro, cuyo título recogía el nombre de aquella canción. De ahí a leerlo, un paso.

Aclaro que el autor, muy reconocido en E.E.U.U. como músico y compositor, no hace más que contarnos en una suerte de biografía informal, todo lo ocurrido en el seno de su entorno familiar, sin alardear sobre su condición de músico, ni utilizar el texto como trampolín para promover las ventas de sus discos; nada más lejos. Es la descarnada –y si se quiere, burlona- historia de su vida, en la que repasa sus vínculos con un padre genial pero ausente –que muere joven-; una madre emocionalmente inestable –víctima del cáncer-; una hermana mayor adicta al alcohol y a las drogas –cuyo suicidio se anticipa- y hasta con una prima azafata, que volaba en el avión que se estrelló contra el Pentágono. Vida – catástrofe si la hay.

Lo destacable es que Everett –o Mr. E, como se lo conoce- puede sobrellevar el dolor y la angustia que provocan esta serie de infortunios, convirtiendo todo lo negativo en música, su único refugio y amparo. En ningún momento hace apología de sus actos, como tampoco se aboca a la búsqueda de golpes de efecto acudiendo a poses lastimeras para el lector; sólo narra los hechos como un observador externo, no sin cierta melancólica ironía.

Son escasas las escenas donde el autor se reconoce feliz; tiende a asumirse como un “tipo difícil”, al que la adversidad pareciera robustecerlo. La tragedia familiar en la que se ve envuelto es acompañada con las realidades que pululan en el mundo discográfico, del que rescata su obra, explicando sus porqués. Pero, ante todo, es su propia capacidad de resiliencia la que expone al público; esa virtud de transformar todo lo patético e intolerable que le ocurre en una obra de arte, algo valioso también para los demás.

No suelo leer libros de rock, porque considero que el rock es para escuchar, no para leer. Ésta ha sido una excepción, puesto que resulta un intento de exorcizar los demonios que todo ser humano posee en su interior, lo que también muchas veces se evidencia en la literatura. Son pocas las ocasiones en que ambas –música y literatura- están de acuerdo. Afortunadamente, ésta es una de ellas. Bienvenida, entonces, esta inyección de ánimo.


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