03/12/2007

Especial In Fraganti

Por

in fraganti

Con las respuestas de Pablo Toledo se cierra el especial de In Fraganti. Participaron todos los autores a excepción de uno (y leyendo el cuento de este se entiende porqué mejor no participar…)

Me parece que la pegaron con ficcionalizar la realidad. Este segundo tomo -la serie comenzó con En celo– se lo nota más logrado. O tal vez así parezca porque uno puede compartir el morbo de la sangre y la muerte, pero el sexo resulta más íntimo, y el placer, incomunicable.

Quería cerrar con una reseña, pero mientras la preparaba, me encontré con que Sebastián Lalaurette y el Rufián Melancólico desgranaron cuento por cuento. Tal vez no coincida plenamente con ellos, pero creo que cualquier intento de análisis, quedaría por debajo de lo que ambos han logrado.


30/11/2007

Toledo In Fraganti

Por

Pablo Toledo escribe Causas simples para crímenes improvisados.

in fraganti¿Con qué caso trabajaste?
Trabajé con el caso del Descuartizador de Barracas, Eduardo Jorge Burgos. En 1955 mató por celos a Alcira Methyger, la descuartizó en el baño de su casa y fue desparramando los pedazos por toda la ciudad. Fue en su momento un caso muy “mediático”, cada parte del cuerpo que aparecía era tapa de los diarios, y hubo revistas sensacionalistas que llenaron decenas de páginas y, aparte del morbo, funcionó como un catalizador político: Alcira era una provinciana que trabajaba de mucama y Eduardo era un chico de clase media, hubo una polarización entre los que lo veían como “la cabecita negra que enloqueció a un pobre chico de buena familia” y los partidarios de “un acomodado que se aprovechó de una chica pobre”, algo muy simbólico en un momento cercano a la “Revolución Libertadora” y los últimos momentos del primer gobierno peronista.

¿Lo conocías antes de afrontarlo para la antología? ¿Cómo lo investigaste?
El caso pasó a pocas cuadras de donde vivo ahora. La familia de mi mujer vivió siempre en Barracas, a una cuadra del lugar en donde pasó el crimen. Cuando leí una crónica del caso en un libro de Álvaro Abós, ellos me contaron el final de la historia: Burgos volvió a vivir al mismo departamento cuando cumplió la condena, entre gente que sabía lo que había pasado y se lo recordaba todos los días.
Me interesó mucho esa segunda parte, el “tigre cebado de carne humana” que vuelve a su vida anterior. El asesinato es un tabú muy fuerte, en especial con algo tan fuerte como el descuartizamiento. ¿Cómo es la reinserción de esa persona, cómo ve el mundo, cómo es visto por el mundo? ¿Qué queda en la cabeza de alguien que, después de un acto tan “salvaje”, vuelve a una vida ordinaria?
Los datos del caso salieron de crónicas periodísticas, aunque hay cosas cambiadas, y de los chismes de barrio acerca de los últimos días de Burgos, de su familia, de la gente que se cruzaba con él cuando salía a comprar el pan todas las mañanas. Agregué muchos elementos de la historia del barrio en esa época (gente, lugares), y también trabajé sobre un “enfrentamiento cultural”, en las lecturas, el lenguaje y la forma de ver el mundo de los personajes, que reflejara el cisma político que para mí es uno de los ejes del caso.

Pablo Toledo

¿Cuál es el crimen que más admiración te despierta?
El crimen en sí no me despierta admiración: ciertas formas me parecen interesantes y “narrables”, por la forma en la que destrozan las normas o por ciertas destrezas que se requieren, pero no admirables. Lo “admirable” de algunos crímenes es que el criminal hace lo que todos querrían hacer: matar al enemigo y salirse con la suya, robar al banco ladrón, estafar a los estafadores. Los “crímenes perfectos”, esos que se planean al detalle y que tienen vueltas y revueltas, son formas de armar historias y funcionan como creaciones literarias con un filo muy particular, que es que los que están “escribiéndolas” se juegan la vida – pero, como dice el personaje de mi cuento, es más creíble pensar en “causas simples para crímenes improvisados”.

29/11/2007

Erlan In Fraganti

Por

Diego Erlan escribe Nadie habla.

in fraganti¿Con qué caso trabajaste?
Trabajé sobre El loco de la ruta, un interminable caso sobre asesinatos de prostitutas en Mar del Plata, que comenzaron en 1996 y todavía no se resolvió. Nunca pudo conocerse la identidad del supuesto loco, pero circularon versiones: o se trataba de dos hombres (un comerciante y un cartonero) o era una mafia policial que regenteaba prostíbulos de La Perla y las chicas que intentaban salir del negocio terminaban muertas a un costado de la ruta.

¿Lo conocías antes de afrontarlo para la antología? ¿Cómo lo investigaste?
Lo conocía por notas publicadas en los medios. Cuando me llegó la propuesta de escribir no quedaban muchas opciones de casos. Como historia, el caso no me desvelaba, lo encontraba demasiado impersonal, el hecho de que no hubiese un personaje principal (y a la vez tantos) y muchas entidades (La Bonaerense, etc.) me resultaba insoportable y a la vez un lugar común del que no tenía ganas de escribir. Pero era lo que quedaba. Recordé una imagen del caso en la que alguien encontraba una bolsa de consorcio con partes humanas en la ruta. Esa imagen me interesaba, pero ni bien comencé a trabajar sobre la historia quise alejarme de la violencia, de la sangre, de las muertes, del género policial. Me quemaba la cabeza una frase: “el texto tiene que tener sangre”, no en el sentido literal, obviamente, sino en el compromiso del autor. Escribí un cuento que no tenía nada que ver con el caso, salvo por algunos detalles, pero que trabajaba ciertas cuestiones que me interesa tabajar. En tanto, hablaba con amigos que eran de Mar del Plata. El personaje de Julia fue importante para terminar de armar el relato. Lo demás se encuentra en Nadie habla.

¿Cuál es el crimen que más admiración te despierta?
Tengo sentimientos encontrados con el suicidio.

28/11/2007

Vanoli In Fraganti

Por

Hernán Vanoli escribe Los príncipes.

in fraganti¿Con qué caso trabajaste?
Diego Grillo Trubba me propuso ficcionalizar el asesinato de “el Poli”, uno de los casos, a mi juicio, más emblemáticos de los noventas, junto, por supuesto, con el de José Luis Cabezas. Ninguno fue resuelto (a diferencia de los noventas, que parecen un tema demasiado claro para casi todos, clausurados con un discurso progresista que me causa cierto escozor). En base a eso empecé a escribir una especie de policial negro con una mujer detective, que tenía una hipótesis que vinculaba a ambos asesinatos. Pero ese intento quedó en la nada, ocho o nueve páginas que no terminaban de convencerme, demasiado solemnes para mi gusto (la culpa es mía, a veces tiendo a la solemnidad). Entonces me dediqué a hacer todo lo contrario, algo que me divirtiera, porque, la verdad, la muerte del Poli no me producía mucha tristeza. Me interesa la reescritura de los contemporáneos, y bueno, saqué un poco de Alejandro López, que me gusta mucho, y de otros, algunas películas. Hoy en día, se me ocurre que el crimen del Poli está en camino de convertirse en algo pop en ciertas zonas del imaginario popular.

¿Lo conocías antes de afrontarlo para la antología? ¿Cómo lo investigaste?
Lo conocía, un caso típicamente mafioso. Investigué por internet, fui a buscar a los archivos de los diarios. También hay dos o tres libros de periodismo que están más o menos bien. Y un cuento de Gamerro, “Los que vieron pasar al Rey”, que es sobre el mismo caso. Tenía muchas puntas, fijate que la mujer “oficial” del Poli termina enredada con los policías que investigan el caso. La mafia calabresa, la venta de armas a Ecuador. Pero al final me concentré un poco más en otros discursos, en el rumor de un embarazo posible. Ahora que lo pienso, también podría haber sido el monólogo del Poli mientras subía los ocho pisos por escalera hacia su departamento con una bala en la cabeza.

Hernán Vanoli

¿Cuál es el crimen que más admiración te despierta?
A mí me encanta la historia de los Doce Apóstoles, el caso que ficcionalizó Leo Oyola, y que por cierto es uno de mis textos favoritos de In Fraganti. Se trata de una violencia grupal, por fuera de todo código. Eran una horda, todo eso tuvo algo muy ritual que me fascina.

27/11/2007

Cecchi In Fraganti

Por

Ana Cecchi escribe La puerta de bronce.

in fraganti¿Con qué caso trabajaste?
Trabajé sobre el asesinato de María Soledad Morales: hoy tengo la sensación de que el caso me eligió a mí.

¿Lo conocías antes de afrontarlo para la antología?
María Soledad Morales renovó las formas de resistencia, con silencio, velas y colegialas en polleras escocesas; con monjas, cámaras y discursos contradictorios de caudillos contradictorios. Fue un hito de crueldad y amplio conocimiento público. Yo lo conocía muy bien porque sentía un íntimo interés por los hábitos sexuales de los muchachos de Catamarca, por la mediática alusión a las orgías, a la droga y a las idas y venidas de la justicia en el desierto.

¿Cómo lo investigaste?
Primero trabajé con los referentes literarios sobre el caso, sobre la constelación de imágenes que ya lo definían: encontré algunas poesías. Luego me apoyé en el amplio abanico de prensa gráfica, del Archivo General de la Nación pasé a la Biblioteca del Congreso hasta quedarme en Internet y encontrar al fin -en la casa de Catamarca- un grupo de pacientes concederos del tema que compartieron conmigo varias tardes de un verano entero.

Ana Cecchi

¿Cuál es el crimen que más admiración te despierta?
El crimen que más conmoción ha generado en nuestra era es, para mi, el asesinato de Cristo.

26/11/2007

Todos somos delincuentes

Por

Diego Grillo Trubba (“te parecés a un personaje de Lost”, le dijo Pablo Alí) abrió la presentación de In Fraganti, con este divertimento.

Diego Grillo Trubba en la presentación de In Fraganti

El pretendido ingeniero Juan Carlos Blumberg tenía razón: vivimos en el delito. Cito sólo algunas frases de uso frecuente: me mató, dice un adolescente más o menos fumado cuando algo le gustó mucho; me robó el corazón, dice alguien de cualquier edad que, cuando se enamora, apela a la poesía de Armando Manzanero; está para matarla, le dice un hombre a otro en relación a alguna dama que raja la tierra.

El asesinato y el robo, por hablar sólo de dos formas delictivas, están en nuestro lenguaje porque forman parte de nuestra vida. Digo: somos todos delincuentes. Todos y cada uno de quienes estamos en esta sala hemos cometido al menos algún delito. Y no hace falta que lo nieguen: al menos hasta donde yo sé no hay, acá, ahora, ningún policía de incógnito que vaya a detenernos. Por otro lado, estamos en un barrio chic, en una librería chic, con lo cual, salvo que intentemos afanarnos algún libro –cosa que no descarto que alguno de los delincuentes aquí presentes ya haya hecho-, salvo eso, decía, no habrá castigo alguno como nunca lo hay en los barrios chic.

Lo que intento decir es que todos los seres humanos son delincuentes. Por lo tanto, si se detuviera a todos quienes delinquen, ¿quién los cuidaría? ¿Quién nos cuidaría? ¿Mamá? Imposible: mamá estaría en una de las celdas del pabellón femenino. Por lo tanto: somos todos delincuentes, pero no podemos ir presos porque es empíricamente imposible.

Noto cierta aura de incredulidad en el ambiente, por lo que pasaré a detallar pruebas que hacen a mi afirmación.

Tomemos un día promedio en la vida de un ser humano promedio. No sé si en estadística se pueden sacar de promedios de promedios, pero bueno, estamos en la presentación de un libro, a quienes escriben las matemáticas siempre les resultan áridas, a quienes leen también y, salvo que acá haya algún pariente contador público –flor de delincuente entre los delincuentes, la créme de la créme de los delincuentes, por lo que no creo que, decía, si hay, salten a refutarme-, entonces puedo permitírmelo.

Promedio de promedio. Un día promedio en la vida de un ser humano promedio. Vayamos a eso.

La persona promedio, este día promedio del que hablo, despierta. Se trata de alguien que contrajo matrimonio, por lo que al abrir los ojos descubre a su pareja del otro lado de la cama. Mira el paso de los años en su pareja, en la boca abierta y aún babeante de su pareja, recuerda lo que era cuando se conocieron y reconoce lo que es ahora, y la persona promedio, al ver a su pareja promedio, piensa con toda naturalidad: me quiero morir. Lo cual, por cierto, es un deseo delictivo, ya que en nuestro código penal el suicidio está tipificado. Pero bueno, no estoy hablando de deseos delictivos, eso sería un facilismo para con la hipótesis que planteo. Vayamos a las acciones.

Y nuestra persona promedio, esta mañana de un día promedio, quiere, justamente, acción. Se acerca a su pareja, la besa. Digámoslo sin rodeos: tienen sexo. Un mañanero, por así decirlo. En el transcurso, tienen sexo anal –que no lo neguemos, cada vez está más difundido, aunque la mayoría de los aquí presentes prefieran confesar un asesinato antes que admitir que entregaron el rosquete-. Tienen sexo anal, decía, y he aquí el primer delito. En ciertos países árabes, el sexo anal está tipificado como delito. Ya sé, alguien me dirá que exagero, que en los países árabes todo es un delito excepto los asesinatos contra occidentales, que no vale para mi hipótesis argentina y judeocristiana. Bueno, pongamos que sí. Sigamos, entonces.

Nuestra persona promedio, esta mañana promedio, que acaba de tener un sexo promedio, llega a su trabajo promedio con retraso promedio justamente por ese mañanero promedio. Tenía una reunión, y le esperan. He aquí otro delito común, que dejamos pasar. La impuntualidad de las grandes urbes argentinas implica que hay alguien esperando. Es decir, alguien que está sentado –en el mejor de los casos, pues la espera puede ser de pie, en la calle, con cinco grados bajo cero, que el calentamiento global nos va a matar a todos, ese gran criminal-, alguien que está sentado, decía, sin poder hacer lo que desea por el retraso del otro. Tiempo perdido no por voluntad propia sino por iniciativa criminal del otro, que acaba de robarle el tiempo. Y el robo, espero que nadie lo niegue, es un delito.

A la hora del almuerzo, nuestra persona promedio va a almorzar junto a compañeros de trabajo. Acuden a un piringundín de esos donde aún se sirven platos que convencen por lo abundante. Pagan, porque no son ladrones, no señor, y se van. Y acaban de cometer un delito. Desde el infausto Cavallo en adelante, la solicitud de factura por parte del cliente es obligatoria, y el no pedirla implica un delito. Delito, por lo tanto delincuente.

Lo impositivo es todo un tema: casi nadie tiene el pago de sus impuestos al día, ni está encuadrado en la categoría que le corresponde –y si no que me corrija ahora el familiar contador que antes no se atrevió a hablar.

Volvamos a nuestra persona promedio, que regresa a su trabajo promedio y, luego del atracón, comienza a sentir efluvios en su estómago. Mide, calcula de si se trata de sólido ó gaseoso. Gaseoso, descubre. Y estima que silencioso. Silencioso y mortífero. Lo lanza. Alguien promedio, en ese trabajo promedio, con un espanto fuera de cualquier promedio, pregunta quién fue. Nuestra persona promedio no dice nada, quizás sonríe incluso, luego de su delito. Porque no me negarán que es un delito: por hedores mucho más benévolos nuestros compatriotas aguerridos cortan el puente en Gualeguaychú, ateniéndose a la ley de contaminación ambiental.

Nuestros actos más privados y más o menos públicos, dependiendo del exhibicionismo de cada uno, implican crímenes. ¿Qué es la utilización del push up, ese invento nefasto para que las mujeres planas aparenten poseer dos misiles exocet, qué es sino publicidad engañosa, tipificada en la ley de defensa al consumidor? ¿Y los jeans ajustados que al quitarlos dejan ver carnes que se caen como esperanzas de radical luego de las elecciones? ¿Y las ropas de color oscuro para esconder la obesidad? ¿Y los lentes de contacto de colores? ¿Y los tipos que se esconden un pañuelo en el bolsillo del pantalón para que las damas de turno supongan que son los sucedáneos de Nacho Vidal?

Mentimos, evadimos. Y no sólo eso. A las personas casadas les aclaro que, de acuerdo al código penal, la infidelidad es delito. Y no sólo eso. ¿Cuántas estafas cometemos en una entrevista de trabajo, cuántas falsedades esgrimimos con tal de conseguir el puesto? ¿Y los psicólogos que le dan órdenes a sus pacientes como si todo fuese una ciencia exacta cuando saben que no lo es? ¿Y los sociólogos que predicen muy sueltos de cuerpo un futuro que nunca se cumple? ¿Y los economistas que luego de diciembre del 2001 hablaban de dólares de hasta quince pesos? ¿Alguien fue preso? ¿Alguien es castigado? ¿Alguien es siquiera multado? No. Mienten, estafan. Mentimos, estafamos. Y nadie va preso.

Somos todos delincuentes, decía en un principio, y creo haberlo comprobado, y si alguien lo duda a esta altura no importa, que se me acerque luego de la presentación y lo convenzo, o la convenzo –si es dama mejor, por supuesto-, porque ahora me estoy quedando sin tiempo y no deseo aburrir.

Somos todos delincuentes. Por eso cuando Glenda Vieites y Pablo Aveluto, de editorial Sudamericana, me propusieron hacer la antología In Fraganti, dije que sí de inmediato. Recopilar crímenes es dar cuenta de nuestras vidas, y en cierto sentido eso es hacer literatura. Me dediqué a convocar delincuentes más o menos aptos, y el resultado fue el libro que hoy presentamos.

Lo curioso del asunto es que tanto estos veintiún chorros, estafadores, mentirosos, pungas, asesinos en potencia, estos que están acá conmigo, son tan delincuentes como quienes van a presentarnos, de quienes no daré su currículum para no apabullar –son más grandes, por lo que hay más delitos-, y son tan delincuentes como cada uno de ustedes que escuchan en el público, y son tan delincuentes como cualquier hijo de vecino. Todos somos delincuentes.

Me gustaría cerrar esta presentación planteando una paradoja: somos todos delincuentes, pero no todos vamos presos. Ese es el espejismo, y la paradoja que planteo. Cometemos crímenes y creemos no ser castigados y nos regocijamos. Lamento informarles que, de Dostoievsky en adelante, si hay crimen hay castigo. El castigo de todos nosotros, todos delincuentes, es vivir en esta sociedad creyendo que somos libres.

Muchas gracias por el tiempo que acabo de afanarles.

26/11/2007

Presentación de In Fraganti

Por

La escena que resume la presentación: Battista y Mallo cuchichean, Sasturain simula acuchillarlos por las espalda.

infraganti_presentacion

El segundo piso del Ateneo Grand Splendid fue el lugar elegido para la presentación de In Fraganti. Espacio que, dada la cantidad de público, quedó chico. Los escritores invitados fueron Juan Sasturain, Vicente Battista y Ernesto Mallo. Entre los asistentes estaban Claudia Piñeiro y Ana María Shua.

Abrió el evento Diego Grillo Trubba, el antologador del libro, con un divertimento, asegurando que todos somos criminales: describía el día promedio de un argentino promedio, cada acción realizada, un delito cometido. Muchas risas desde el público.

Continuaron los escritores invitados. Hablaron del género policial en Argentina -una exposición magistral-, las sensaciones que despiertan que sean historias basadas en crímenes reales, la localía de los cuentos. La mayoría de los elogios cayeron sobre Leonardo Oyola, con Matador. Otros destacados fueron Maggiori, Terranova (Mallo leó un párrafo de Fuego Chino), Toledo, Vanoli.

Luego hubo tiempo para preguntas desde el público. Así nos enteramos que el caso Cabezas será tratado en el tomo 3 de la serie (todo arrancó con En Celo), que tratará sobre los años ’90. La platea masculina defendió a Barreda. Marina Kogan contó la dificultad de escribir Sobre sus pasos: a medida que avanzaba en el texto, los medios publicaban nuevas pruebas que inculpaban a nuevos actores, lo que le obligó a reescribir la trama varias veces.

Cerró el evento, Glenda Vieites, editora de Sudamericana, visiblemente orgullosa por el libro y el evento.

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