28/03/2011

Zambas salvajes de un unitario: tras los pasos de Echeverría en París

Por

Segunda entrega del especial que Fabrizio Tocco está escribiendo mientras disfruta su estadía en París. En este caso recorre la ciudad cámara en mano hasta encontrar aquellos lugares que visitó Esteban Echeverría durante el siglo XIX.

***

Especial: Notas sobre una enorme metáfora.

  1. Introducción
  2. Zambas salvajes de un unitario

Llego a la estación de Guy Moquet, a los pies de Montmartre, para tomar el métro con la serenidad que me da un día franco. Me propongo un objetivo inverosímil: encontrar alguna huella de Esteban Echeverría en este siglo veintiuno parisino. Para mi escándalo provinciano, el métro de la línea 13, que une la periferia con el centro, llega abarrotado. No sé muy bien en qué parada tengo que bajarme. En mi netbook, tenía anotada la pista de Leonor Fleming, quien para la edición de Cátedra de El matadero escribe que Echeverría se instaló “en el barrio de Saint-Jacques”, al llegar del puerto de Le Havre, el 7 de marzo de 1826.

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Nunca escuché hablar del barrio Saint-Jacques, no pude ubicarlo en Google Maps antes de salir. Invento una errata en el texto, pienso en el precioso Boulevard Saint-Jacques, al sur de París, donde hice un curso de francés cuando llegué el año pasado. Más o menos a una hora de distancia de Guy Moquet. Está al otro lado de la ciudad, desde el noroeste al sudeste. Tal vez sea la fiaca que me da este día franco, pero rápidamente descarto la posibilidad de que Echeverría viviera tan lejos del centro histórico de la ciudad. Con seguridad se trata de la rue Saint-Jacques, arteria del Quartier Latin, desde la cual iría a pie a la Sorbona, para asistir a sus clases de economía y derecho.

Mi escándalo provinciano regresa: es literalmente imposible consultar mi netbook en este vagón, pienso ahogado por un mar de brazos con iPhones 4. (¿Son cameruneses?, ¿senegaleses?, ¿congoleñas?). Nada hubiera cambiado si yo hubiera salido a primera hora o si lo intentara después del mediodía: la línea 13 es la más lenta, precaria y saturada del subte parisino.

Unos cuarenta minutos más tarde, después de hacer transbordos, caminar kilómetros subterráneos y subir escalones que mi perezoso franco multiplica, me bajo en la estación de Saint-Michel, en el centro de la ciudad. Tardo en encontrar un café con wifi que no sea carísimo: otro objetivo inverosímil. Mi netbook no me ayuda: fracaso al googlear “quartier saint-jacques paris” o “ancien quartier saint-jacques paris”; fracaso, también, con la Wikipedia.

Estoy cerca de la rue Saint-Jacques, pero sé que no voy a encontrar ninguna placa que condecore la residencia de un estudiante argentino que mis profesores franceses ni siquiera conocen. Además, Fleming insiste en que se trata de un barrio. En la séptima página de resultados, Google finalmente cede: muchos críticos y biógrafos reiteraron el dato de Fleming, sin matizar que Saint-Jacques no existe como barrio en la capital francesa desde hace siglo y medio: “Saint-Jacques-de-la-Boucherie” era uno de los diminutos cuatro quartiers en los que se dividía París en la Edad Media. Hoy pertenece al 4ème arrondissement, el distrito cuarto que comprende edificios tan dispares como Notre-Dame, Hôtel de Ville, el Centre Pompidou y las sinagogas del Marais. Como sospechaba, Echeverría vivía en el centro histórico. Al otro lado del río. Pago el café crème a la camarera (¿argelina?, ¿marroquí?) dejo el café, empiezo a caminar.

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10/02/2011

Notas sobre una enorme metáfora
París: Una introducción

Por

Especial: Notas sobre una enorme metáfora.

  1. Introducción
  2. Zambas salvajes de un unitario

Mi avión llegó a París a fines del 2010, dubitativo y tímido. Mi avión atravesó los Pirineos, esquivando temporales de nieve, huelgas generales y hasta clandestinas. Mi avión me dejó en el aeropuerto de Orly (que yo sólo conocía por el samba homónimo de Chico, Toquinho y Vinícius) con un fin concreto: pausar mi vida en Barcelona durante un tiempo delimitado por el calendario académico.


París desde mi ventana

Desde mi buhardilla milimétrica, situada a los pies de Montmartre, le mandé un mail a Matías para contarle que tenía ganas de escribir algo al respecto, aprovechar la ocasión para hablar de asuntos sobre los que siempre vuelvo, pero desde un ángulo distinto al de las reseñas y las entrevistas con las que vinimos trabajando estos últimos años. La forma, acordamos, sería la crónica; la condición, que giraran en torno a escritores argentinos que vivieron en París.

Me limitaré a intentar rastrear, nikon y netbook en mano, vericuetos parisinos donde alguna vez vivieron algunos de estos veintisiete escritores. Estudiaré en las Universidades en las que algunos de ellos fueron alumnos. Caminaré por las calles que pisaron, solitarios y anónimos. Indagaré en librerías y bibliotecas parisinas, en busca de traducciones francesas de sus libros.

Acordamos, también, establecer un lapso acotado: desde 1825 hasta 2005, desde la llegada de Esteban Echeverría al puerto de Le Havre (la puerta normanda que desembocaba en América) hasta los últimos días de Juan José Saer, combatiendo un cáncer de pulmón, en un hospital de la banlieu, una suerte de conurbano al que casi todo parisino teme por defecto. Durante los últimos dos siglos, puedo contar una treintena de escritores argentinos que residieron en algún momento de sus vidas en París. Borges, creo, lo dijo mejor que nadie: las listas son ejercicios excluyentes; seguro me olvidaré de unos cuantos.

Mientras me dirigía hacia mi curso intensivo de francés, durante las primeras mañanas en Montmartre, paseaba por el métro una edición española de El sueño de los héroes. Aún no consigo disfrutar de los libros de Bioy Casares (para mi oprobio, lo sé), así que lo abandoné rápidamente por París no se acaba nunca, seguido por una lectura compulsiva de The Invention of Solitude y luego de La tía Julia y el escribidor. No podía estar incidiendo en mayor transgresión ociosa. Por obvios motivos, ni Vila-Matas, ni Paul Auster, ni Vargas Llosa aparecían en el corpus de la tesina que vine a escribir a París, y que trata de los orígenes socio-históricos de la literatura fantástica escrita en español. También por obvios motivos, ninguno de ellos jamás aparecería entre la “treintena de escritores argentinos” que me jacto de poder enumerar. Pero lo más grave de todo es que no podía estar incurriendo en un cliché más escandaloso: joven estudiante de Letras, flamante residente de Montmartre (ciertas ínfulas de intelectual), becado para estudiar en la Sorbona, se va a enclaustrar en una buhardilla para leer a escritores que vivieron antes en buhardillas similares (alguno hasta es un Nóbel).

Pero los límites de mi identidad literaria argentina no son muy férreos (lo sé, lo único que falta es que me declare “cosmopolita”). Mi rudimentario acercamiento a la literatura argentina ha sido mediatizado por bibliotecas y profesores catalanes, por revistas literarias publicadas en Barcelona, por las bondades del Google Scholar, por editoriales madrileñas y por las revistas digitales que inundan internet. Mi gusto literario fue invadido por los teóricos franceses del siglo pasado (hay quien diría que fue contaminado) y tal vea sea esta invasión la causa por la cual decidí mudarme a París. Seguir leyendo

10/11/2009

Entrevista a Antoni Martí Monterde {2

Por

Antoni Martí MonterdeFoto de Àngel Monlleó

FT: ¿Por qué se destaca en el subtítulo del diario que el viaje literario es por Buenos Aires si también en parte transcurre en Rosario?

AMM: Fue una decisión editorial contra mi criterio: el diseño de la portada exigía una faja, donde decidieron poner “Un viatge literari a Buenos Aires”. Yo no estaba de acuerdo porque Rosario desaparecía. Pero este no es el subtítulo del diario, porque sólo aparece en la portada pero no en la quinta página (referencia en biblioteconomía a partir de la cual se construye una referencia bibliográfica).

De hecho, en un principio, la foto de Horacio Coppola debía ir en la portada y no en la solapa. Como hubo un cambio y el libro iba a editarse en una colección distinta a la que estaba previamente estipulada, la foto de la cubierta desaparecía y querían que pusiera una foto mía, cosa que me pareció absolutamente lamentable [Risas]. Como ya estaba pagada la foto de Horacio Coppola, exigí que se la utilizara por lo menos en la solapa. Pero insistieron en que hubiera por lo menos un detalle en la portada. Entonces pedí que usaran para ello un detalle de la foto de Coppola. Sugerí que se utilizara la silueta del edificio Kavanagh. Un día, a las tres de la tarde, me llamaron por teléfono y recuerdo que me despertaron, en aquella época tenía los horarios muy cambiados…

FT: ¿Por jet lag? ¿Acababas de llegar?

AMM: No, por mala vida, vaya [Risas]. Esto fue en el momento de edición del texto. Me llamaron de la editorial para decirme que la foto era muy mala y que el detalle no servía. Yo les dije [Pone voz de muy enojado]: “Oiga, la foto no es mala, las cosas como son, estamos hablando de uno de mis fotógrafos preferidos del siglo XX. En todo caso, nos habremos equivocado de detalle. Busquemos otro. Coge el coche, por ejemplo”. Hicieron una prueba, me la enviaron por mail, y encuentro que a pesar de que la edición sea un poco fea, el coche tiene algo de hipnótico. Se puede criticar que la foto remite a los años treinta y entonces que el libro toma partido por una época de Buenos Aires. Pero, ojalá todos los problemas fueran así.

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09/11/2009

Entrevista a Antoni Martí Monterde {1

Por

Antoni Martí Monterde

Antoni Martí Monterde (Torís, 1968) es un teórico y ensayista valenciano que escribe tanto en catalán como en castellano. Su Poética del Café fue finalista del XXX Premio Anagrama de Ensayo (2007). Es profesor de Literatura Comparada en la Universidad de Barcelona, donde dicta clases de Teoría del lenguaje literario, de Introducción a la Literatura Comparada y (a nivel pre-doctoral) de Debates actuales sobre Literatura Comparada.

En la Facultad de Letras, Antoni Martí es célebre por su proverbial pasión hacia la noción de weltliteratur de Goethe y sus intrincados conflictos con Madame de Staël, así como hacia el pensamiento de Barthes y la vocación de bibliófilo de Walter Benjamin. Se sospecha que es el introductor de Macedonio Fernández en las universidades catalanas, cuyos alumnos creyeron durante un buen tiempo que era una invención ficcional suya. Se podría argumentar en contra de esta idea que Macedonio es un personaje creado por Borges. Sé que Antoni Martí no se atrevería a posicionarse a favor de ninguna de estas aserciones.

Hace más de una década, Antoni Martí viajó por Buenos Aires y por Rosario, donde dio conferencias sobre los límites entre el diario como género literario y la autobiografía. Producto de esas semanas es L’Erosió (Edicions 62, 2001), “Premi dels Escriptors Valencians”, una puesta en práctica de esas reflexiones teóricas. Germen esencial de Poética del Café, L’Erosió es un diario cuyo universo abarca desde la autoficción al testimonio histórico, donde el espacio urbano es analizado desde la estructura de sus cafés, de sus redes ferroviarias (en el caso de Buenos Aires, de su precariedad) y de su arquitectura. Antoni Martí recorre las calles argentinas con los ojos de Blanchot o Barthes y con las memorias de Santiago Rusiñol y Josep Pla; en busca de los secretos que guarda el colectivo catalano-argentino, siempre reflexionando desde una posición distanciada (aunque profundamente) sobre el exilio con Gombrowicz, María Zambrano y Ramón Gómez de la Serna.

Para concluir el ciclo de “Intelectuales españoles en Argentina”, nos encontramos en el Café-Teatro “Cincómonos”, en el centro de Barcelona, y charlamos sobre su libro y sus inquietudes intelectuales.

Entrevista traducida del catalán.

Fotos: Àngel Monlleó.

***

L’Erosió

Fabricio Tocco: ¿Cómo se construyó tu atracción por la Argentina?

Antoni Martí Monterde: En el libro admito que la Argentina, como cualquier otro país que no está alrededor de uno, para mí era una entelequia difusa. Fue un interés creciente, construido por casualidades. Cuando iba a la facultad, en Valencia, era medio ratón de biblioteca, pero también medio ratón de bar. Comencé a hacer lecturas de creación, pero también ensayo, memorialismo, ciertas lecturas de filosofía y teoría de la literatura. Curiosamente, me terminaba dando cuenta que siempre los libros se habían impreso en Buenos Aires. Además, un día algún amigo con cara de conspirador me puso sobre la mesa determinados libros de Macedonio Fernández [Risas]. De esa manera, me fui dando cuenta que allí habían sucedido una serie de cosas, se había publicado una serie de obras, que aquí no. Cierta bibliografía requería un desplazamiento (por lo menos, imaginario) hacia la otra punta del Atlántico.

Después de eso, esta atracción no fue voluntaria ni sistemática. Al terminar la licenciatura, casualmente fui recibiendo diversas lecturas que hacia el año 1996 fue cristalizando en un deseo de conocer Buenos Aires. Así fue como solicité una beca como estudiante de doctorado para irme para allí. En el año 1998 volví, pero ya como profesor, en un proyecto similar. Ambos viajes fueron la confirmación absoluta de aquellas intuiciones. La constatación de que era imprescindible, para una persona que se considerara de letras, conocer Buenos Aires.

También fue la constatación de un cierto fracaso. Barcelona me había decepcionado profundamente como capital. Yo, que aún no había viajado lo suficiente por Europa, en Buenos Aires encontré un modelo urbano muy europeo, con todas las contradicciones que tiene esta afirmación. A pesar de que también estuviera presente la experiencia americana en la ciudad.

En este sentido, creo que fui muy honesto, puesto que no me puse ninguna máscara: era un viajero europeo. Renuncié a dialogar con la literatura argentina (porque me desbordaba), pero me permití hacerlo con los escritores que habían tenido la misma posición que yo: los viajeros europeos que habían experimentado Buenos Aires en diversas épocas del siglo XIX y XX. Las preguntas que tenía que hacerme no pasaban por la literatura argentina. Porque yo me hacía unas interrogaciones como europeo (que encima, sabía que volvía a Europa) que tenía que relacionarse con la Argentina y con otras definiciones de Europa.

A partir de aquí, el corpus bibliográfico que emerge en el libro se fue construyendo. Pero todo esto era muy imprevisible. Antes de viajar, no tenía nada claro. Es cierto que todo viaje comienza en una biblioteca, pero no todas las lecturas que aparecen en el libro sucedieron antes del viaje. Había lecturas que aún no había hecho y otras que ni siquiera sabía que iba a hacer. La finalidad del viaje era hacer una conferencia sobre el diario como forma literaria en Buenos Aires y un seminario sobre el mismo tema pero también sobre el escritor catalán J.V. Foix en la Universidad de Rosario.

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26/10/2009

Semana de la lectura en Japón

Por

Conocí a Nora leyendo su blog Una japonesa en japón, que actualiza con frecuencia. Ella vive en Tokyo pero como sabe español se preocupa en escribir todos sus posts tanto en japonés como en español, para que todos entiendan. Esa es una de sus preocupaciones, que todos entiendan de la mejor manera posible qué quizo decir.

Como buena japonesa que es, no pudo mandarme al diablo todas las veces que le pedí esta pequeña mirada sobre las librerías de su país. Gentilmente sacó con su celular todas estas fotos que ahora podemos compartir, porque deben saber algo: no tiene cámara de fotos.

No es que quiera publicar información sobre su intimidad, pero dado que a menudo se reconoce a los japoneses en el mundo por llevar las cámaras más sofisticadas, que ella no tenga una me pareció más que simbólico. Sirve para desactivar la imagen estereotipada que tenemos de los japoneses.

Al mismo tiempo podrán notar que las librerías no son tan diferentes a las nuestras, sin embargo no tenemos una de nueve pisos como Junkudo, que se ve en una de las fotos.

¡Gracias Nora!

Dice Nora Sobre La Semana de la Lectura:
Se festeja todos los años desde el 27 de octubre hasta el 9 de noviembre.
Este festival empezó en el año 1947, cuando las heridas de la Segunda Guerra Mundial no se habían cerrado todavía en los corazones de los japoneses, pensando en que podrían encontrar una pequeña luz para seguir adelante leyendo buenos libros.
En la actualidad se hace para acercar la lectura a los que generalmente no se identifican con ella.

08/09/2009

Entrevista a Manuel Fuentes Vázquez {2

Por

F: ¿Estarás de acuerdo conmigo en que en España se lee en mayor medida literatura argentina contemporánea que la literatura española que se lee en Argentina?

MF: Es cierto, pero sólo de 3 ó 4 años para acá. Ahora empezó a haber un flujo en el que empieza a ser más fácil encontrar literatura argentina o hispanoamericana, en general. Pero no ha sido tan fácil. Alfaguara, por ejemplo, tiene dos líneas editoriales: una española y una argentina. Lo que publica Alfaguara Argentina no llega aquí.

F: A excepción de Cortázar.

MF: Claro, pero Cortázar no solamente es Cortázar; Cortázar es un negocio. Que ahora va a seguir y que empezó hace años, cuando un señor que se llamaba Juan Cruz (te hablo de hace diez años atrás) dijo: “hay que leer a Cortázar”. Pero a Cortázar no hay que leerlo por obligación, hay que descubrirlo por devoción. Sin embargo, volviendo a tu pregunta, en Buenos Aires hay escaparates con literatura española contemporánea.

El escritor mexicano Gabriel Zaid, en Los demasiados libros (Mención especial del Premio Anagrama de Ensayo, 1996), estudió cómo el volumen de producción es tan inmenso que el fenómeno de la discriminación se ha convertido en algo imposible. De ahí que siga siendo válida la idea de la sólida base de los clásicos y a partir de ahí, operar. Hay que leer primero a los clásicos argentinos antes que a lo que escriben los contemporáneos. En Argentina, la gente se cachondea de La Cautiva de Echeverría: es lógico, porque se la metían a los pobrecitos niños como aquí en España se hacía con La Celestina, desde la primaria. Pero de meterlo antes de lo que toca hemos pasado al desprecio. Eso es peligroso. Con esto que estoy diciendo, quizá me esté volviendo un tanto viejo.

F: ¿De dónde surje esa hispanofobia mezclada con anglofilia-galofilia patente en las letras argentinas? Se me ocurren, como dos excepciones, Macedonio y Mujica. Después está la ambigüedad de Borges que admiraba a Cervantes y Quevedo, pero desdeñaba gran parte de la tradición española.

MF: Esta pregunta da para muchos prismas. Sintéticamente: el romanticismo español es una mierda. Aunque mis colegas hispanistas se enfaden mucho conmigo, no lo digo yo sino una autoridad: Dámaso Alonso, quien lo definió como un “movimiento rebotado, tardío y mediocre”. Más allá de la razón política (que el español fuera el enemigo en la construcción de la identidad literaria argentina decimonónica), el romanticismo español era una basura. Si lo comparas con el alemán, el inglés o hasta el francés, sacas la conclusión de que si te hablan de romanticismo español te están engañando. Creo que esa es la principal causa por la cual los argentinos rechazan la literatura española desde el momento de su nacimiento. Un colega argentino me dijo una vez, bromeando: “ustedes tienen toda la literatura de la edad media, el siglo XVI, un maravilloso XVII, déjennos a nosotros ahora, ¿no?”.

F: ¿Cómo explicás el Martín Fierro a tus alumnos españoles? Te lo pregunto porque he oído a algún profesor establecer una analogía entre el gaucho y el gitano.

MF: Ese paralelismo es erróneo. Para explicar el Martín Fierro, primero, no hay que explicarlo como lo hizo Unamuno. Desde una postura de usurpación.

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07/09/2009

Entrevista a Manuel Fuentes Vázquez {1

Por

Manuel Fuentes VázquezManuel Fuentes Vázquez. (Foto de Àngel Monlleó, nuestro agradecimiento especial a él)

Manuel Fuentes Vázquez (Villa Nador, Marruecos, 1953) es autor de los ensayos reunidos en El espejo de obsidiana. Estudios de literatura hispanoamericana y española (2007); fue presidente del VIII Congreso Internacional de la AEELH (2008); y editó junto a Paco Tovar, La aurora y el poniente. Borges (1899-1999), conjunto de ponencias en homenaje al centenario de J.L.B. Se doctoró en Filología Románica en la temprana transición española hacia la democracia. Hace ya dos décadas que se dedica apasionadamente a enseñar literatura hispanoamericana en una universidad catalana. Además de todo esto; me enseñó literatura en el secundario. Acaso él no lo sepa, acaso no importe demasiado para esta entrevista; pero este hecho mínimo en su biografía supuso uno de los factores claves para que yo me convirtiera en un entusiasta estudiante de letras, poco tiempo después. La inclusión de su testimonio en este ciclo radica en su experiencia al impartir clases de literatura en la Universidad del Salvador, en Buenos Aires, a principios de esta década.

Sur europeíza la literatura argentina hacia el sur. El proyecto de Ortega era germanizar la literatura española hacia el norte. De tal manera en que se da un juego entre las tesis que defendían Ocampo y Ortega de forma antitética. Sin embargo, ambos contaban con un aspecto común en sus proyectos que para mí es muy interesante: depurar la literatura de la lacra nacionalista

Nadie debería ignorar que el nombre auténtico de Manuel es “Manolo”. Después de algunos años sin vernos, Manolo me recibió en la húmeda terraza del bar de la Universidad Rovira i Virgili, Tarragona, capital catalana de la provincia homónima, ubicada al sur de Barcelona. Manolo padece una obsesión por Borges que él mismo no dudaría en calificar de patológica y se queja del “bochorno”, (curioso término peninsular que en criollo llamaríamos meramente “aire caliente”). Me invita un café: “aprovecha, che”. Me confiesa que se ha encerrado monacalmente este verano para leer las obras completas de Bolaño. Se ha gastado un dineral, dice. Ha sucumbido a la presión de sus pares universitarios, quienes ya no toleraban más su espera deliberada de unos años para acometer dicha empresa. Bolaño le gustó. Se interrumpe. “Luego se pueden retocar todas estas fotos en el Photoshop, ¿verdad?”. Manolo enciende un cigarrillo y se deja llevar por las preguntas.

Fabrizio: ¿Cómo nace tu relación carnal con la Argentina?

Manuel Fuentes: Supongo que podría remontarse a la infancia, al gaucho Martín Fierro, pero entonces entraríamos en tópicos. Realmente, la carnalidad con Argentina empieza muy pronto, pero empieza con Borges. Es una paradoja, ¿verdad? Porque si algo se le ha criticado desde el nacionalismo argentino (tanto de derechas como de izquierdas) fue el haberse dedicado a la literatura, por un lado, y que no le gustara el fútbol, por el otro.
También hay una vía familiar: una tía abuela (que aún vive) emigró hacia allá. Eso en un niño también crea un imaginario. Aunque en mi carnet de identidad diga lo contrario, antes me considero argentino, después francés, y finalmente, como decía Cernuda, “soy un español sin ganas”.
He estado dos veces en el país. La primera vez, fui invitado a un congreso en honor a Borges en Tucumán. Ése fue mi descubrimiento de la otra Argentina, porque en Buenos Aires estuve de pasada. La segunda vez, ya estuve dando clases en la Universidad del Salvador. Viví un mes en una casita en la Avenida Pueyrredón, que la Universidad me facilitó todavía en tiempos de corralito. Tengo sólo agradecimientos por todo lo que me brindaron. Después conocí Mar del Plata, donde vive una catedrática que es amiga mía, Elsa Calabrese. Pero sobre todo quería ir allí por Girondo y su poema liminar de Veinte poemas para ser leídos en el tranvía, fechado en Mar del Plata, 1921. Quería ponerme delante del mar para trabajar mejor de vuelta el poema con mis alumnos en clase.

F: ¿Qué diferencias notás entre los sistemas universitarios español y argentino?

MF: La primera diferencia es notabilísima: intentar que un estudiante argentino admita a un profesor español. Digamos que los españoles no somos muy bien vistos en el mundo académico argentino. Entre toda Hispanoamérica y Europa (pero fundamentalmente, España) se produce una gran red de afectos y desafectos. Lo digo por ahí, en algún articulito, si se me permite el autoplagio. Hay un corte que los historiadores de la literatura suelen situar en el Romanticismo, cuando empieza a puentearse España: los intelectuales van de Argentina a Francia. Eso siguió hasta hace no mucho. Por otra parte, yo creo que la gente que iba a dar conferencias a Buenos Aires era pesadísima. Ortega y Gasset, Ramón Gómez de la Serna… tenían que decirle, «¡cállese usted!» y los echaban del teatro. Contribuyeron al mito del español realmente pesado. Al único que aguantaban (aunque fuese pesado) era Lorca, porque iba con Neruda que era más pesado que él. Creo también que tuvo mucho que ver Victoria Ocampo, que a la sazón era la directora de Sur, (con aquel maravilloso equipo de los años treinta) pero también colaboraba en Revista de Occidente,

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