20/06/2011

Día del escritor, cuando ya no es

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O,  de cómo llegar tarde, y al sólo efecto de evitar que Hablando del Asunto se convierta en un blog sobre historietas.
El 13 de junio se festejó el día del escritor, en homenaje a Leopoldo Lugones, ese escritor oficial y casi (pero sólo casi) ilegible, que tuvo la mala fortuna de cruzarse con el Otro.
El Otro, claro, es Borges, y se cumplieron hace unos días 25 años de su muerte.
Quiso la casualidad que me cruzara ayer con un libro que buscaba hace rato, Con toda intención, una recopilación de artículos de C. E. Feiling. En julio se cumplen catorce años de la muerte de Feiling: valga también el homenaje, en este caso ayuno de méritos decimales.
Uno de lo muchos artículos admirables de Feiling es sobre la relación entre Borges y Lugones. (Una tesis, sorprendente para mí, es que Borges inicia “un modernismo en tono menor”, “un modernismo reticente, desconfiado. Un modernismo sin cisnes ni palabras esdrújulas”). Feiling cierra su artículo con una conclusión un tanto ominosa:

Eliminada la historia, eliminado el hombre que sabía todas las palabras y que escribió las formas de la luna, eliminada la escuálida vanguardia que sólo fue una nota al pie del modernismo, la literatura argentina queda reducida al sueño de un personaje de Borges. O peor aún: la Argentina misma queda reducida a ese sueño.

Feiling insiste en que la literatura sólo sirve para producir más literatura. En estos días de efemérides sólo queda desear que así sea.


12/11/2010

Cómo amar con elegancia y corrección

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¿Como salir de A y llegar a B? Digamos que estaba en una feria de libros viejos y porquerías varias. Buscando, más que nada, historietas. Pobre cacería. Apenas una Superhumor que me permitió comprobar lo mal que envejece cierta historieta de autor con tendencias alegóricas. Por suerte, apareció mi hija solicitando con tono de exigencia la adquisición de este libro que, está bien, no es una historieta, pero tiene un dibujito en la tapa: capaz que puedo colar la nota de todos modos.

¿De qué se trata este Cartas Amorosas. Modo de escribirlas con elegancia y corrección de “Florangel”? Es una antología de modelos de cartas que comprende “la más completa variedad de cartas de declaración, quejas, despedidas, citas, rupturas y reconciliaciones entre enamorados”. Editó Sopena de Argentina para su “Biblioteca de la Mujer Moderna”, y mi ejemplar es una quinta edición de 1962.

El contenido es adorable. Cada posible vicisitud del amor está prevista en el extenso índice: hay declaraciones de amor apasionado, pero también manifestaciones de una dama que “teme no llegar a amarle, pero que está dispuesta a intentarlo”. Hay vacilaciones, temor por las diferencias de edad y posición económica, quejas por coquetería o por frialdad. La casuística más refinada aparece en cada página: “Respuesta de una joven soltera asegurando que será una madre para el hijo de él”, “Respuesta pidiendo tiempo para pensarlo, pues ella teme sentirse seducida por sus riquezas”, “Carta de una joven aceptando una declaración, pero con la condición de que el noviazgo no sea largo”. “Carta de rechazo, por temor de no poder adaptarse a la vida en la ciudad”. “Carta de rechazo por haber sabido que él tiene afición a la bebida”. “Carta de declaración de un empleado a una compañera de trabajo” (y su “Respuesta manifestando vacilaciones por temor de que, al estar todo el día juntos, la ilusión no sea duradera”); “Carta de declaración de un cliente a una vendedora”, que en la carta siguiente duda de la seriedad de sus intenciones; “Declaración de un viajante” y “Respuesta negativa por haberse enterado ella que el pretendiente tiene una novia en cada pueblo”. Y así, a lo largo de 229 páginas.

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12/01/2010

Lectura en el banco de la estación

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La semana pasada volvía del trabajo a la tarde, como siempre. Hacía mucho calor. Venía cargado con bolsas y encima tuve que hacer una parada ocasional en el supermercado para comprar algunas cosas más. Al salir fui a tomarme el tren para llegar, por fin, a casa.

Me senté en un banco de la estación y saqué un libro del bolso. Estaba leyendo Noticias, el libro de Gabriela Esquivada sobre el diario que los Montoneros tuvieron entre el año ’73 y ’74.

No se veía el tren ni alguna señal de que se estuviese acercando. Yo leía. A mi izquierda una chica escuchaba música en sus auriculares. A mi derecha un señor de traje también leía. Quise seguir mis páginas, pero hacía un calor tremendo y me distraje. ¿Qué leía el señor a mi derecha? Pude ver que era un libro viejo pero me costó averiguar exactamente cuál era. Apenas tardé unos segundos más hasta descubrir que el señor de traje leía Soldados de Perón, los Montoneros, de Editorial Grijalbo. Al instante me pareció familiar el título. Tan familiar que era una cita al pie de la página 237 del libro de Gabriela Esquivada. Concretamente, el libro de Gillespie es fuente del de Esquivada.

Me sentí depositario de una epifanía del destino. Un señor bastante mayor que yo, unos cincuenta años, leía un libro que había servido de fuente para otro que yo estaba leyendo, publicado hace pocas semanas. No sólo eso sino que había pasado el día anterior por la página donde estaba la nota al pie.

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21/08/2009

Carpe noctem

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BarFoto de Cristian Piazza

Meses atrás en este blog se presentó una disciplina que parecía atípica a los ojos de todos. El editor pensó que leer en bares era “una construcción mediática, literaria o hasta tanguera, pero para nada algo real”. Coleccionó, a partir de ello, citas de obras literarias donde los personajes (o el narrador) vivían el bar. Su peregrinar entre textos que aludiesen al placer de los lugares taciturnos, donde la luz es digna de un Caravaggio, fue basado en la desconfianza como un Santo Tomás en funciones. Acá se ve muy poco esa costumbre de leer tarde olvidados en alguna esquina con nuestro libro, tal vez porque el “Bar” mutó, se complicó con el ruido y arrastra otro público; es cierto que no se miden los márgenes de lectura en una banqueta (o mesa) de bar, es lugar para otras mañas.

Sin embargo, el tema que me trae hasta acá no son los bares, buenos o de mala muerte, sus acepciones o sus consecuencias, sino que a mi se me da mucho por leer de noche y no siempre en la comodidad de la casa; no me considero un lector peatonal pero alterno los escenarios; le da cierta efervescencia al acto en sí. Tiene, lo de leer afuera, su cuota de exhibicionismo, de hacerse el canchero por andar con tal o cual libro. A mí me aflora el canchero que todos llevamos dentro, por ejemplo, cuando leo en otros idiomas, pero siento que estoy confiando demasiadas cosas para el poco tiempo que nos conocemos. Igual tampoco se quiere insistir en el análisis de las personalidades del lector.

Salí a explorar, entonces, a ver qué andaba ofreciendo esta ciudad en la franja considerada “post-laburo” y hasta ahora se van quedando cortos. Que me perdonen Sinatra y sus herederos pero esta ciudad se va a dormir temprano, en muchos aspectos.

Me caminé un par de barrios con el libro de Walser que estoy leyendo y no conseguí alivio ni siquiera en la “interminable finitud” del suizo. La cultura del café, a la francesa, a la argentina, está muy pero muy lejos. Hay lugares que se transforman con el pasar de las horas con la intención de complacer el gusto de las rutinas asentadas. Por lo cual, el café italiano con su barra que despacha tazas avezadamente, ve asomar a la hora del crepúsculo las típicas banquetas para el “Happy-Hour” coctelero y frutal, y olvidate de una mesa para una degustación corta y una estadía prolongada (te la niegan sin ningún remordimiento).

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19/05/2009

Sobre el impresionismo literario

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por M. F.

Estas líneas están extraidas arbitrariamente de un estudio crítico que Angel Battistessa hizo sobre la obra de Rilke, pero creo que son cuestiones interesantes por lo menos para leer rápidamente.


La palabra “impresionismo”, ahora tan en boga en la nomenclatura de la crítica literaria -como los términos “plateresco”, “barroco”, “rococó”, etc.- sirve para dar nombre a la pictórica más interesante del último tercio del siglo XIX, ilustrada en modo eminente por Claude Monet.
Conocidas son las modalidades del impresionismo propiamente dicho: exaltación del color a expensas de la línea, plein air o “pintura al aire libre”, notación de la percepción inmediata o “fijación” de lo momentáneo y fugaz.
Es hoy noticia corriente que la palabra “impresionismo” ingresa en la terminología literaria en 1879, por obra de Ferdinand de Brunetière, quien en esa fecha, comentando un relato de Alphonse Daudet, Les rois en éxil, lo califica de “novela impresionista”.
El vocablo impresionismo puede servir para aludir a la mera notación verbal de la impresión o sensación que un observador determinado alcanza a recibir frente a algún objeto o perspectiva panorámica. En este peculiar punto de vista, los impresionistas literarios coinciden ciertamente con los impresionistas pictóricos, pero ello no implica que los primeros, para serlo, tengan que remediar la técnica de los segundos.
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01/04/2009

Sobre la apreciación del cine y la literatura

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Tengo, respecto al cine y la literatura, los mismos conflictos que a la hora de pararme frente a otros lectores y a otros cinéfilos: ninguno se pone de acuerdo sobre una definición sobre qué es Literatura o qué es Cine (léase: el cine y la literatura que valen la pena, que definen a un cinéfilo o lector erudito como tales en un escalafón quizá más alto que el del resto de los meros “lectores” o “espectadores”). En lo que respecta al cine, estas discusiones van más allá de cuestiones de género o formales que hacen a un criterio más o menos único a la hora de evaluar la calidad técnica de ciertos filmes, independientemente del goce personal.

Hay una tendencia al endiosamiento de la crítica especializada y de cierto academicismo al que ningún cinéfilo o aspirante a “lectoescritor” escapa: tarde o temprano nos cruzaremos con alguien cargado de buenas intenciones y un afán ingobernable de demostrar su sapiencia, capaz de destrozar de un plumazo y sin respeto alguno por nuestra inexperiencia nuestras lecturas y películas preferidas por considerarlas indignas.

¿Indignas de qué? ¿Según quién?

Recuerdo la bronca que monté contra un crítico de cine, también docente, que en una revista considerada púlpito y referente de los cinéfilos extremistas de Argentina le dio un 1 (en una escala de 1 al 10) a Match Point de Woody Allen, por mero espíritu de contradicción o revulsión. El crítico defendió a capa y espada su postura con sólidos argumentos capaces de destrozar cualquier susceptibilidad sobre su mala leche. A la luz de vergüenzas posteriores de Allen (como Scoop) hoy me pregunto qué puntuación les habrá dado… ¿Puntaje negativo quizás?

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26/03/2009

Vidas de santos, vidas de poetas

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Por lo general, a nadie se le ocurre discutir si alguien que construye mesas es carpintero o si uno que da clases es profesor; y ninguno de ellos, ni los carpinteros ni los profesores, se enorgullece o avergüenza de ello, al menos mientras lo dicen. Sin embargo, el título de “poeta”, aplicado a sí mismo, nos suena a joya falsa: lo más probable es que quien se presenta como “Juan Pérez, poeta” -así, con jactancia, como si el hecho de serlo no correspondiera a un azaroso hecho de la naturaleza, de la cultura o de la incultura-, haya escrito buena poesía en cantidad inversamente proporcional a su orgullo, reunida en un volumen llamado, por ejemplo, Papeles al viento, Presentes o Soy la que soy. Suena duro, sí, pero lo que pretendo graficar es que, a diferencia de lo que le pasa a un carpintero, en el campo artístico-literario la legitimación siempre viene en los ojos de los otros.

La pregunta -o las preguntas- son: ¿cuándo se es poeta? ¿se nace, o se hace? ¿lleva una vida vulgar, como la nuestra -una vida peronista: de casa al trabajo y del trabajo a casa- o hay algo distinto en su experiencia que lo vuelve un ser de luz, un aura impar, un manojo de contemplación?

Para empezar, un punto básico: para ser poeta hay que escribir poesía. No vale jugar al bohemio, encontrar metáforas en las copas de los árboles y dar discursos sobre el derecho a la pereza. Se puede hacer todo eso, además, pero no es suficiente. Hay que trabajar, en suma; trabajar la palabra pero también salir al mundo, como todos. La diferencia con un humano normal no está en lo que hace, sino en la manera en que es capaz de hablar, poéticamente, sobre lo que hace, lo que cree y lo que piensa. Un poeta podría ser empleado de la burocracia, sin ninguna duda; aunque la mayoría de los empleados de la burocracia no sean poetas, la mayoría de los veintañeros que recorren, fotocopias en mano, los pasillos de la Facultad de Ciencias Sociales, tampoco lo son. La torre de marfil también es una construcción poética, de algún modo: no existe como tal, y sin embargo se la reivindica como el punto más alto de lo artístico. Cuando digo que no existe, me refiero a que es imposible escribir sobre lo que nunca se ha conocido ni de lejos. Si el poeta realmente estuviera subido a una torre de marfil, sólo hablaría de personajes sin carne: los que ve desde arriba y desde lejos. Vivir como un poeta es, sencillamente, vivir.

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