09/09/2011

Escribir, escribir sobre historietas, escribir sobre cualquier cosa

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La autobiografía, la confesión, la autocrítica, el curriculum vitae y la despedida son formas que inventamos para darnos importancia.

Por una vez voy a ceder a una poco decorosa primera persona. Casi cada viernes, por más de dos años, publiqué en Hablando del Asunto una página de texto. Casi siempre, escribí sobre historietas. Escribir sobre historietas es, en principio, como escribir sobre cualquier cosa, aunque se corre algún modesto riesgo adicional: siempre hay una sospecha de impostura o de exceso, como si la historieta no se pudiera encerrar en palabras o no valiera la pena el esfuerzo. Las relaciones de la historieta con el mundo de aquello que alguna vez se llamó la “cultura letrada” (esa vieja señora) no son, todavía, del todo armónicas, lo que bien mirado es para celebrar.

También escribí un poco sobre literatura, un poco menos sobre política, bastante sobre el modo en que me gusta que las frases suenen. Cité a Borges más seguido de lo recomendable, despedí a algunos desconocidos (Cascioli, Solano López, sobre todo Fogwill) que nunca sospecharon los efectos de su trabajo en mi educación sentimental. Me di el gusto enorme de tener lectores más o menos atentos a la textura de mis caprichos ocasionales. Aprendí mucho sobre esa gimnasia que llamamos escribir.

El deseo es un insumo escaso. Durante más de dos años disfruté la certeza de tener ganas de escribir, por lo menos una vez por semana. Es algo para agradecer, así que le agradezco a Matías, que es sin dudas un gran editor1, aunque no haya logrado convencerlo de que es posible repetir cinco veces una palabra en el mismo párrafo sin perder la elegancia.

Nos leeremos otra vez, calculo: sé que me queda por lo menos un magnífico libro que no llegué a comentar y, en cualquier caso, lo que tiene el deseo es que es más vale movedizo y uno nunca sabe cuándo le toca aparecer de nuevo. Digamos que son unas vacaciones

1 N del E.


12/08/2011

Francisco Solano López (1928-2011)

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Murió uno de los más grandes historietistas de la historia.

Los recuerdos  no van a faltar, porque Solano disfrutó en estos últimos años de un merecido y consistente reconocimiento. Sólo me gustaría anotar por aquí dos o tres observaciones sobre su obra, que quizás podamos ampliar alguna vez.

En principio, Solano López fue un enorme dibujante, pero un dibujante discreto. Aunque era dueño de uno de esos estilos que se reconocen de inmediato, también es cierto que los lectores sensibles al efectismo podría pasarlo de largo como a un dibujante correcto más, como tantos. Creo que el gusto por Solano López es un gusto maduro, porque sus logros mayores (un lenguaje corporal y sobre todo gestual incomparable, una memoria sensible para los detalles, las arquitecturas y hasta las caras del pasado, y un montaje fluído hasta la invisibilidad) no son compatibles con la búsqueda del asombro fácil.

Quizás un efecto de esa discreción sea el riesgo de que Solano López sea recordado sólo por una obra mayor (El Eternauta) y menos que eso, por un pictograma afortunado.

En las librerías argentinas se pueden conseguir, con apenas un poco de esfuerzo, Ana, Historias tristes El día del juicio y Slot Barr. Y, por supuesto, Evaristo: esa historieta enorme, uno de los más grandes libros que se hayan hecho en Argentina. Qué mejor despedida para un dibujante que dedicar un día de lluvia a leer una de sus historietas.

29/07/2011

Marco, mono

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“Con Franco reíamos mejor”. La frase hace referencia a cierto fomento de la creatividad humorística en las dictaduras: la obligación de escribir mensajes cifrados y leer entre líneas favorecería, según parece, la sutileza y la invención. Hay algo incómodo en la frase, que me resulta aún más débil si se lo traslada a la literatura. ¿Hubiera sido distinta Respiración Artificial si le hubieran permitido a Isabel Martínez entregar el mando a un gobierno respetuoso de las tradiciones republicanas y elegido mediante elecciones libres?

Es cierto que la literatura tiene otros tiempos de producción, otras deudas con la tradición. El humor y la historieta suelen producirse en ciclos cortos, y el efecto de la coyuntura se instala de manera más directa sobre el cuerpo de los autores, aunque no tanto sobre la producción (salvo, naturalmente, en lo que hace al humor cuyo tema es directamente la política): es un exceso de la politización suponer que la historieta “seria” o “de aventuras” sufrió la censura oficial más de lo que sufrió los condicionamientos de la censura genérica. Las dictaduras –al menos, las que nos tocaron por estas tierras– suelen abominar del realismo, y el realismo –como retórica y hasta como género– no abundó en las historietas hasta tiempos recientes.

Lo que ofrecen las dictaduras es otro riesgo. Las dictaduras son grandes fábricas de alegorías. Y las alegorías sólo son soportables cuando se las somete a un retorcimiento tal que las vuelva irreconocibles, inútiles. Cuando el sentido estalla y la pedagogía se disuelve.

Estas cuestiones me parecen interesantes para enmarcar una lectura de Marco Mono, la historieta que escribió Carlos Trillo y dibujó Enrique Breccia entre 1979 y 1981 y editó en libro Doedytores hace un par de años. Marco Mono es un cínico, que recorre un mundo en descomposición y encuentra ocasiones para la aventura por el azar de los viajes, al modo clásico de los héroes de la historieta argentina: como Nippur, como Gilgamesh, como Alvar Mayor, la estructura episódica organiza los capítulos de Marco Mono, que es en buena medida una parodia de esos relatos. “Los héroes después de una buena acción se alejan siempre por un camino polvoriento”, reflexiona Marco después de la única buena acción que se permite en el libro.

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07/07/2011

Huir hacia adelante: Correrías de El Sr. y la Sra. Rispo, de Diego Parés

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¿Será justo medir la salud de un medio, un campo, un espacio social, por sus puntos más altos? Supongo que no: el buen ojo de un editor y el azar pueden poner en circulación un par de obras maestras que nos hagan creer que vivimos en la Edad de Oro.

Ese espejismo optimista es el que produce un libro como Correrías del Sr. y la Sra. Rispo: la historieta argentina debe andar muy bien si produce libros como éste. Lástima que los libros como éste son rarísimos, y que este libro en particular tiene mucho de resumen, de ajuste de cuentas y de fin de fiesta.

Pasemos a lo que importa. Diego Parés no es un recién llegado al oficio. Desde que era casi un niño que su firma aparece en casi todos los medios que publican humor gráfico en Argentina: desde las revistas de ediciones de la Urraca (Humor, Humi, Sex Humor) hasta Billiken, desde La Nación hasta Fierro. Fue además un protagonista del mundo de la edición independiente en los años ’90 con la fundamental revista ¡Suélteme!, que editó con un grupo de humoristas e historietistas (como Fayó, Podeti, Darío Adanti o Dani the O), con los que comparte mucho más que una pertenencia generacional. Parés es, además, un erudito en estilos de dibujo y en la historia del humor gráfico –baste seguir su blog, El oficio del plumín— y este conocimiento es tan central como sus años de oficio para explicar estas Correrías…

El Sr. y la Sra. Rispo son dos personajes que Parés ha publicado en medios diversos desde mediados de los ’80, en especial en Sex Humor (ese material fue recopilado en un libro anterior en 2007). Como corresponde a la tradición a la que Parés gozosamente se incorpora, los personajes son poco más que sus rasgos definitorios y su lugar en una estructura: el señor Rispo siempre tendrá portentosas erecciones dedicadas al cuerpo siempre desnudo de su sobrinita, la señora Rispo siempre se entregará a los brazos (y otras partes corporales) de los grandotes que pasen por ahí. Como ocurre con las grandes historietas, no hace falta mucho más para comenzar un juego de variaciones infinitas.

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05/07/2011

Para entrar a Corea del norte sin visa

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Mi nueva curiosidad, de esas que duran un trimestre, es Corea del norte. Resulta que hace un tiempo una compañera de trabajo (que ya no lo es más, María Laura) me prestó un libro fotocopiado de historietas que le habían recomendado especialmente. Ella lo tenía ahí sobre el escritorio.

Me quedé con su recomendación, pero no pude leer las copias. Quedaron por ahí, las perdí y nunca se las devolví. Supongo que conoce las reglas de este tipo de juegos y nunca me las reclamó, pero llegó el día en que me crucé con el libro y me lo compré, aunque, está claro, no es una novedad. Se llama Pyiongyang y es del artista plástico y animador canadiense Guy Delisle.

No es ni más ni menos que una crónica de viaje. Una crónica en formato de historieta, pero una crónica al fin, relatada en primera persona, la mirada sobre un territorio exótico, similar al ejemplo vernáculo que nos dio el prolífico Liniers con su Conejo de viaje. Apenas investigué un poco di con que Delisle tiene libros similares dedicados a la ciudad china de Shenzhen y a Birmania.

Aquellos que son viejos lectores de este blog sabrán cuánto me gustan las crónicas de viaje. Las buenas crónicas de viaje que se diferencian de las malas porque unas nos muestran la mirada del turista mientras que las otras nos entregan la del viajero. Las primeras una experiencia personal, íntima y subjetiva, casi siempre subproducto de un motivo más alto para el viaje. En el segundo caso consisten en textos escritos por cronistas profesionales, hombres que con oficio han hecho un buen corpus de recorridos con el teclado bajo el brazo, pero que no entregan ninguna sensación nueva.

Delisle viajó a Corea del Norte por trabajo. Tenía que coordinar un proyecto de animación y eso significaba guiar a los animadores mientras administraba los pocos recursos con que contaba su equipo. Esto es apenas significativo. Desde el fondo y con fuerza, Corea se impone. Lo poco que conocemos de ese país lo conocemos por “versiones oficiales” que el gobierno se encarga de difundir. Hay incluso una vulgata que aparece apenas uno teclea dos o tres veces la palabra en el buscador. Es que no se puede decir mucho más sobre Corea (siempre hablamos de la del norte) porque el control es tan omnipresente, tan férreo que nada se le escapa. Seguir leyendo

10/06/2011

Cuando la historieta es versión de lo literario

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Qué cómodo es robar títulos. ¿Cuántas notas en suplementos culturales han llevado por título “La larga risa de todos estos años”? Siempre hay otro que tituló mejor. Es la ley. Esta vez es el título de un artículo clásico de Oscar Steimberg que probablemente, si no fuera por esa mezcla de pudor y orgullo que llamamos “propiedad literaria”, haría bien en transcribir completo por acá. Firmado por mí, y listo. Después digo: que Pierre Menard y no sé qué. Pero uno no se anima.

Escribió Steimberg, allá por 1976 (y republicó en 1977 en Leyendo historietas, libro que pide a gritos una reedición ampliada):

Las relaciones entre historieta y literatura componen una historia larga y aburrida; y recorrida, además, desde el lado de la historieta, por una casi uniforme secuencia de humillaciones.

Esa relación tiene entre nosotros un nuevo capítulo. Auspicioso en parte, pero también un poco desalentador.

Desde hace unos meses, De la Flor está publicando “novelas gráficas”. Son adaptaciones literarias: Los dueños de la tierra, Fahrenheit 451, El extranjero, el Génesis de Crumb. En un reportaje, Daniel Divinsky anuncia una adaptación belga de La invención de Morel. Libros elegantes, editados con respeto y casi con lujo.

Ahora, nos enteramos que a partir del sábado 11 de junio, la Revista Ñ comenzará a publicar su “Colección de Novela Gráfica Clarín”, con adaptaciones de La metamorfosis, El retrato de Dorian Gray, Crimen y castigo y El corazón de las tinieblas. Libros quizás no tan elegantes, pero con el placer adicional del kiosko y a un precio más que accesible.

El resumen brutal del problema aparece en la definición de “novela gráfica” que se propone en el blog de la Librería Hernández:

El género de la novela gráfica presenta nuevos abordajes a los textos ya conocidos. Nacido de las historietas, la novela gráfica tiene su propia propuesta de desarrollo, donde lo literario en sí se sostiene.

Un poco machaconamente discutimos qué cosa es una “novela gráfica” acá, acá y acá. No es que tuviera mayores esperanzas sobre los efectos de mis palabras, pero no deja de ser, como decía, un poco desalentador que las instituciones de la cultura (desde una librería y una editorial hasta un multimedio) hayan consensuado una idea tan pobre de qué cosa es (y qué cosa vale la pena que sea) una novela gráfica. La etiqueta “novela gráfica”, creada para legitimar a la historieta ante esas instituciones, mostró muy pronto sus límites: “la novela”, vienen a decirnos, “es literatura; si querés hacer novelas gráficas, adaptá algo de nuestro infinito reservorio de nombres propios”.

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03/06/2011

Edward Gorey y los límites de la historieta

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Los lectores de historieta solemos entregarnos a discusiones inconducentes. Debe ser un efecto de la novedad: las discusiones acerca de qué cosas son la literatura, el cine, la pintura o la escultura han sido abandonadas en manos de las firmas comerciales que administran esos objetos. Las antipáticas voces que se alzan para detectar objetos “que no son historietas” (o para detectar historietas ahí donde nadie las sospechaba) tienen, en cambio, cierta vitalidad.

Ah, las introducciones tramposas. Si, finalmente, a eso vamos a dedicarnos por acá.

Libros del Zorro Rojo ha editado en castellano una buena cantidad de bellísimos libritos de Edward Gorey, y aprovechamos la excusa. Los libros de Gorey están en el límite, siempre difuso, entre la historieta, el libro ilustrado, la compilación de dibujos, y nos permiten pensar en los discursos basados en la imagen fija como en una ciudad: la historieta moderna, con sus páginas llenas de viñetas casi siempre narrativas, sería un barrio populoso y pobretón, aunque ahora, como suele ocurrir, tienda a perder habitantes al mismo tiempo que moderniza algunos decorados.

No importa: acá vinimos a hablar de Gorey, y de cuánto nos gustan los libritos de Gorey. Edward Gorey (1925-2000) fue un artista -escritor, dibujante, excéntrico y con rasgos de dandysmo-, ilustrador de múltiples autores (de Updike a Charles Dickens y Edward Lear), autor de una veintena de libros rarísimos, imposibles de ubicar con precisión en un género. ¿Libros “de arte”? ¿Libros para chicos? ¿Libros de chistes? ¿Historietas?

Los que tengo sobre la mesa son tres, cuadrados, que hay que sacar de una coqueta cajita de cartón. (La belleza material de estos libros es sin dudas parte del juego). Forman un conjunto: “La fábrica de vinagre: una trilogía de enseñanza moral”, en la traducción de Marcial Souto. Y las preguntas continúan: ¿Hay un relato? ¿Hay una enseñanza moral?

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