11/03/2011

Uno de Las listas

Por

Comparto con ustedes un poema de nuestro compañero Lucas Mertehikian de su libro Las listas editado por El fin de la noche, que se presentará hacia fin de mes.

Mientras toma cocaína
en la cocina de su casa,
Camilo me habla
de los grandes problemas de nuestro siglo.
Algunos amigos saltan
de facultad en facultad
sin encontrar su vocación.
Otros siguen dos o tres carreras
al mismo tiempo.
Un conocido suyo enloqueció
leyendo foros en Internet,
porque pensaba que por ahí se mandaban mensajes
su novia y otro tipo.
Lo internaron después de encontrarlo
inconciente frente a la computadora.
Hacía tres días que no dormía
ni comía nada.
En el monitor quedaron
varias ventanas abiertas;
un foro de aeromodelismo y otro
de recetas naturistas.
En un documento de Word había pegado
algunas frases:
-Yo te recomiendo
una hélice de madera
-A veces no conviene
hervir todas las verduras.


25/01/2011

El barrio y sus géneros

Por

Sobre Montserrat,
de Daniel Link (Mansalva, 2006)

1. Frente a un panorama en el que la crítica literaria, en general, por razones de mercado, cortesía o rigurosidad académica, se ve obligada a retrasar o reprimir la instancia del juicio de gusto, lo primero que me sale decir después de leer Montserrat, de Daniel Link, es, justamente, eso: me gustó mucho Montserrat de Daniel Link. Y también me sale dar un consejo (que nadie me pidió, claro) para los que conozcan al autor por su curriculum universitario (profesor de Literatura del Siglo XX de la Universidad de Buenos Aires y ensayista en temas literarios y estéticos) y, por eso mismo, sospechen de sus habilidades para la literatura, la ficción y/o el entretenimiento: abandonen, aquí, toda desconfianza.

2. El problema de la ficción en Montserrat fue tratado, con polémica, por Josefina Ludmer en su artículo “Literaturas post-autónomas”, que circuló por Internet antes de ser incluido y desarrollado en su Aquí América Latina. Allí Ludmer ubicaba este libro de Link junto con los de otros que, al mismo tiempo que elegían la geografía del barrio (Incardona, Washington Cucurto, Casas, etcétera), ponían en cuestión el estatuto de lo ficcional. ¿Lo que se lee en Montserrat es verídico o no? ¿Importa?

Ya desde la advertencia inicial, el autor se pone a resguardo de este tipo de preguntas. Dice: “La mayoría de las entregas que integran esta novelita fueron publicadas previamente en Linkillo (cosas mías) en las fechas que se indican en cada caso. Los hechos y personajes son ficcionales y cualquier semejanza con la realidad es mera homonimia o coincidencia”. Pero claro, a esta altura del partido, ¿cómo creerle a un autor -ya sea de libros, advertencias, novelitas o blogs-? ¿El blog significa pretensión de veracidad o más bien todo lo contrario? Difícil decirlo. En todo caso, y así como antes desatamos la instancia del juicio, ahora suspendemos la discusión sobre el problema de la ficción, aunque más no sea bajo las formas de las preguntas que ya se hacía Ludmer (¿podemos leer esto como literatura?; ¿tiene sentido, está bien hacerlo?; ¿cómo deberíamos juzgar su calidad?), y que ella ya ha respondido mejor de lo que yo puedo hacerlo acá.

Lo que sí me interesa retomar es el asunto de la geografía. Como muchos seguramente sepan, el problema de asociar barrios a movimientos literarios tiene un antecedente fundamental, en la literatura argentina, en la discusión Florida/Boedo, de principios de siglo XX. Como también seguramente sepan los lectores, en esa dicotomía, lo experimental en cuanto lo formal quedaba -al menos en el ámbito de las declaraciones- del lado de Florida, junto con el refinamiento, el olvido de la problemática social en la literatura, y así. Del lado de Boedo se ubicaban, en cambio, los temas más políticos y comprometidos, junto con formas literarias más conservadoras; el acercamiento al pueblo, la pedagogía literaria, y sigue la lista.

Hasta ahí lo que dicta la doxa. Pero si Montserrat, además de entretenido, me parece bastante interesante, es porque creo que retoma algunos aspectos de Boedo ahí donde la crítica suele detenerse. En la contratapa del libro, Diego Martínez Arce dice algo al respecto: “Boedo es un significante vacío. Link llena con pop aquello que Álvaro Yunque llenó de marxismo ingenuo”. Pero volvamos al comienzo.

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26/11/2010

Recordando a Blackie

Por

El miércoles pasado, en Libros Del Pasaje, Hinde Pomeraniec -periodista, escritora y Directora Editorial del Grupo Norma- presentó su nuevo libro, Blackie. La dama que hacía hablar al país. El libro, publicado por Capital Intelectual dentro de su colección “Paisanos”, es una novedosa biografía de Paloma Efron (más conocida por su nombre artístico), mítica cantante y pionera de la radio y la televisión en Argentina.

En un evento agradable y descontracturado, hablaron sobre el libro Jorge Sigal, por la editorial, el escritor Leopoldo Brizuela y la autora. La editora Gaby Comte cantó -de manera sutil pero precisa, sin una nota fuera de tono- dos temas de la misma Blackie, y -fuera de programa-, Dina Rot, cantante exquisita y amiga de Blackie, emocionó a todos los concurrentes con una canción de cuna en yiddish à capella. Un lujo.

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02/11/2010

El experimento Casas

Por

Sobre Los Lemmings y otros,
de Fabián Casas (Santiago Arcos editor, 2010)

1. Las primeras intuiciones que me vienen a la cabeza después de leer Los Lemmings y otros, de Fabián Casas, tienen -según cómo se vea- poco o mucho que ver con Los Lemmings y otros, de Fabián Casas. (A estas intuiciones, en los papers y los congresos académicos, las agruparían bajo el rótulo literatura y mercado, sea lo que eso sea). Pienso: ¿por qué Fabián Casas, cuya poesía completa publicada por Emecé (Horla City y otros) agota los tres mil ejemplares de la tirada, publica sus relatos en una editorial chica/independiente/emergente/especializada como Santiago Arcos? Probablemente me equivoque -tanto en lo que refiere a literatura como en lo que tenga que ver con el mercado-, pero si la narrativa siempre vende más que la poesía y si Casas vende tres mil ejemplares de Horla City en Planeta, ¿no debería vender, digamos, diez mil de una novela o seis mil de un libro de cuentos? Y, sin embargo, Ocio y Los Lemmings salieron por Santiago Arcos. Si este último va por su tercera edición en Santiago Arcos, ¿no iría por la quinta en Planeta?

Sé que el cálculo no es ni tan lineal ni tan previsible, pero creo que se entiende dónde apunto. La relación que Casas estableció con esas categorías -literatura y mercado- que a los críticos les da miedo unir (¿cuántas incertidumbres caben en ese “y” que los separa?) parece contraria a la normal, lo cual puede que se deba a la falta de estrategia con la que Casas publica.

Según dice en esta entrevista, por haber armado su vida laboral (entiéndase: sus métodos de subsistencia) por fuera de la literatura, no necesita pensar en publicar según un plan que vaya más allá de sus deseos y el de sus amigos-editores. Bien. Debe ser la única forma de oscilar entre ser un fenómeno de ventas (modesto, si se quiere, pero fenómeno al fin) y un escritor de culto: siendo fiel a los amigos (una para vos, otra para él, aquélla para el de más allá). En esta otra entrevista, dice que él amontona sus textos en cajones hasta que viene alguien (Cucurto, por caso) y le empieza a trabajar la cabeza para que las publique.

No voy a sugerir que esta no-estrategia sea, a su manera, una estrategia. En primer lugar, porque la inversión es una forma bastante gastada de la duda metódica; en segundo lugar, porque aunque suene bien, no parece demasiado cierto. Puede haber una estrategia personal en la no-estrategia económica, pero ¿de qué lado cae ese individualismo en la “y” del principio? Del de la literatura no, si tiene algo que ver (como decía) con la amistad. Del lado del mercado, menos. No se puede explicar, visto así, cómo después de agotar Ensayos Bonsai en Planeta, ahora va a salir Ensayos Bonsai II por Santiago Arcos.

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25/08/2010

Me volví argentino escribiendo este libro #2/2

Por

Segunda parte de la entrevista de la entrevista
con Fermín Rodríguez. [Leer la primera parte]

Fotos y video de Josefina Mogrovejo

Si para llegar al paisaje y a la literatura en el siglo XIX había que borrar de algún modo los cuerpos, ¿qué es lo que hay que borrar hoy, en los textos sobre el desierto, para que sean literatura, si es que hay que borrar algo? Pienso en esa afirmación del inglés Raymond Williams (en El campo y la ciudad) según la cual un campo en producción no puede ser un paisaje.

Y ya hay algunos textos alrededor de eso: La villa, La virgen cabeza

Yo pensaría tal vez en esos textos, en esa franja producida activamente por el discurso neoliberal. Una de las líneas que yo sigo es algo así como cierta genealogía de la implantación del capitalismo; qué tipo de cuerpos produce el capitalismo. Y llegaría a versiones contemporáneas del neoliberalismo que produce activamente esta zona de exterioridad de cuerpos abandonados.

Habría que hacer una diferencia acá. En el siglo XIX había de algún modo una región o población civilizable, o, como límite, exterminable. Ahora más bien de lo que se trata es de producir activamente un abandono respecto de un Estado que se retira justamente a dejar esta especie de campo a los nuevos muertos vivientes del capitalismo.

En ese sentido tal vez pensaría en eso. Hay un texto maravilloso, que tuve que dejar afuera porque ya no había espacio, que es El desperdicio, de Matilde Sánchez, donde aparece una especie de paisaje, una especie de gótico, de un momento donde la Argentina ya no existe y lo que queda en el campo son ruinas del pasado agropecuario. La ganadería se ha reconvertido en nuevas tribus de hombres jóvenes, linyeras, que viven en el desierto cazando liebres, que no son de nadie y atraviesan alambrados, son animales sueltos. Hay como una ganadería donde la liebre es el nuevo ganado argentino, que corre por encima de los alambrados y de la propiedad, y que es faeneada por obreras de la zona en fábricas frigoríficas que la venden directamente a Europa. Se da esta conexión entre la mano de obra indiferenciada, sin sombre, sin protección legal, sin Estado y un aparato de globalización; hacen máquina. Parece que esa novela es inagotable a la hora de pensar esta relación y esto que vos proponés como nuevo desierto.

Tampoco desaparecieron las novelas que entienden el desierto como se entendía en el siglo XIX. Hay una mirada estética del campo.

Ahí hablamos ya del campo. Habría que diferenciar: así como un discurso significó ciertos lugares o ciertas lógicas como las del desierto, también hubo un discurso oficial. Es el mismo discurso que había construido ese espacio en la realidad y en los sujetos, diseñados a la medida de esa realidad (básicamente el consumidor capitalista se funda a partir de un vacío).

Y también hay un discurso en los ochenta para desmontar ese aparato discursivo para construir el campo, de algún modo. Cuando digo discurso acá no digo solamente textos, sino también prácticas, escrituras sobre lo real concretamente: agrimensuras, alambrados, tasaciones. Hay una escritura del espacio.

El movimiento inverso, digamos.

Sí. A mí me interesa la literatura contemporánea que desarticula el campo para armar este especie de desierto, para ver lo que pasa entre el campo. Como en el libro de Matilde Sánchez: las liebres van entre el campo, los liebreros van de noche. Tampoco se puede hablar de jornada laboral, porque no están sujetos a un régimen capitalista, están sueltos y son recapturados por esas empresas globalizadas.

Además pienso en una serie de textos, como Opendoor, de Iosi Havilio. Y vos hablaste de una serie de textos como, La villa, de Aira, La virgen cabeza, de Gabriela Cabezón Cámara, que están deshaciendo de algún modo la cartografía civilización/barbarie, ciudad/campo. Hay un espacio nuevo.

Sí, y esa cartografía es también una cartografía de tiempos, ¿no?

Si, exacto. Me parece que ahí no hay una vuelta atrás exactamente, al desierto del siglo XIX, sino que el desierto es lo que queda, lo que queda cuando la Argentina terminó. Por Argentina me refiero a cierta significación histórica de este espacio. Podríamos decir que esa significación está clausurada y ahora hay otra cosa. La literatura está explorando esa otra cosa.

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24/08/2010

Me volví argentino escribiendo este libro #1/2

Por

Entrevista con Fermín Rodríguez acerca
del lanzamiento de su libro Un desierto para la nación.
La escritura del vacío
, por Eterna cadencia Editora.

Fotos y video por Josefina Mogrovejo

El encuentro con Fermín Rodríguez es en la Librería Eterna Cadencia, en el bar de la editorial del mismo nombre. Es Honduras y Fitz Roy, en el barrio de Palermo. Parece un lugar común, pero por esas mismas coordenadas geográficas se registraban, hace ya un tiempo (¿pero cuánto es mucho tiempo? ¿y para qué?), la lucha y la convivencia siempre inestable de la ciudad y el desierto. Fermín Rodríguez vuelve, en Un desierto para la nación. La escritura del vacío, a uno de esos dos espacios: el de la extensión inagotable de la pampa, la llanura infinita.

Fermín Rodríguez – Foto de Josefina Mogrovejo

Es un lugar común. Pero no deja de ser cierto y, para peor, se trata de un hecho y de una frontera difusa que no dejan de interrogarnos. En la literatura, la geografía, la política: el desierto está ahí. A veces es amenazante, otras veces sucumbe dócil a la mirada del viajero o a la fuerza productiva de la explotación económica. Siempre está ahí.

En Un desierto para la nación, Fermín se hace cargo de esa tradición de discursos diversos, inestables como el mismo espacio que fundan. Porque de eso se trata la inversión del título (que homenajea a Una nación para el desierto argentino, del historiador Tulio Halperín Dongui): el desierto, por paradójico que suene, es un lugar que se construye, que se modela, que se funda al mismo tiempo que se nombra. Algunas de las escrituras que el ensayo de Fermín aborda se dedicaron a esa tarea. La lista de autores es larga e incluye a viajeros y escritores argentinos y extranjeros, entre los que están Sarmiento, Echeverría, Mansilla, Zeballos y los ingleses Hudson, Francis Bond Head y John Miers, por nombrar a algunos.

El recorrido puede parecer típico, pero la mirada de Fermín Rodríguez, lo somete a una nueva fuerza (la de su escritura), la tradición, hecha de monumentos como La cautiva y el Facundo, deja ver las grietas que se le suelen escapar a lecturas más binarias y reduccionistas. Por si quedara alguna duda respecto a lo novedoso de este libro, en los “Desvíos” (así se titulan) que incluye en cada capítulo de su ensayo, Fermín analiza textos de escritores contemporáneos (César Aira, Juan José Saer, Carlos Gamerro) para rastrear en ellos los huecos que las viejas antinomias (campo/ciudad, civilización/barbarie, atraso/desarrollo) intentaban sellar, siempre en vano.

Le llevó varios años escribir este libro (él mismo lo confiesa). Varios años y algunos viajes propios: de su Monte Hermoso natal a Buenos Aires, de Buenos Aires a Estados Unidos. Por eso el espacio es, para el autor, y entre otras cosas, el paisaje de la infancia. En el medio de esa travesía permanente estudió Letras en la Universidad de Buenos Aires y se doctoró en Literatura Comparada en Princeton (actualmente ejerce la docencia en la Universidad Estatal de San Francisco).

En algún momento de esta charla, Fermín se pregunta para qué sirve viajar. En todo caso, y si tuvo algo que ver con el resultado de sus investigaciones, se puede decir que tanto movimiento, sin dudas, vale la pena.

***

Lucas Mertehikian : ¿Para escribir este libro partiste del trabajo que habías hecho para tu tesis de doctorado?

Fermín Rodríguez: Bueno, sí, pero tuve que pensar en otro registro, en otro tipo de lector. Y también la tesis me había quedado muy larga. La fórmula que se me había ocurrido para acortarla era que tenía que agregar cosas [risas]. Paradójico, pero lo que hice fue esto: terminar de agregar un montón de cosas que me habían quedado fuera del tiempo de la tesis y a partir de ahí empecé a acortar y reescribir.

¿Los “Desvíos”, por ejemplo, eran parte de tu trabajo de tesis?

Sí, sí. ¡Yo diría que todo empezó como un desvío! [risas] Primero ahí había una especie de huella de la historia de mis lecturas en relación a esto. En realidad, yo empecé a leer estos textos a partir de Saer, Aira, autores contemporáneos. Fueron esos textos los que me dieron el deseo de lectura a medida que avanzaba en esa relectura de la cual vienen estos textos, que son de algún modo reescrituras de esos otros del siglo XIX.

Me encuentro entonces con muchas cosas. Primero con que son textos que trabajan con un corpus de textos muy incompletos. La definición de literatura de fin de siglo es una definición muy incompleta, muy indeterminada. Por lo tanto, son textos que a la hora de ser reescritos o repuestos, dejan muchísimo espacio de maniobra para la critica. Había mucho espacio para reescribir, entendiendo esto como la operación de génesis de un texto como Las Nubes, de Saer, o El vestido rosa o La liebre, de Aira. Es decir, estos textos me dieron como un mecanismo de repetición con diferencias que sostiene en algún modo esto que yo llamo el “cruce” del desierto, el “corte” del desierto. Fue el punto donde encontré la forma para poder escribir. Me parece que el camino cuando escribís significa cierta forma, cierta disposición…

Sobre todo cuando uno trata de salirse de un formato académico, porque me imagino que esas producciones saldrán un poco más automáticamente.

Bueno, al mismo tiempo reconozco que hay una incapacidad ahí. Me hubiera encantado producir una periodización, reconstruir sistemas literarios. Realmente no lo sé hacer, no lo aprendí. De algún modo el texto es un poco el fracaso de sistematizar y armar un texto lineal o de acuerdo a una periodización en el sentido fuerte del término.

Pero al mismo tiempo me di cuenta de que encontré algo con esta especie de limitación para organizar una dispersión de textos. Y más allá de decir “esto se escribió en la década del cincuenta”, “esto es parte del sistema del ochenta”, al descartar esa posibilidad, tuve que pensar en otro tipo de sincronía. Ahí apareció un poco la idea del mapa, de los mapas, de que esto es una especie de cartografía. Y de acercar con esta especie de anacronismo deliberado textos tan alejados en el tiempo y ver qué tipo de perversión se producía, qué tipo de fricción.

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