02/09/2008

El segundo regreso de Di Benedetto

Por

N. del E.: Desde hace un año, José María nos ha acompañado todos los martes, compartiendo sus gustos, sus dudas, sus saberes. Aprendí mucho de él, tipo ordenado para comunicar, con estilo propio, muy generoso. La nota de hoy es la última. JM se despide de HdA, necesita tomar un poco de distancia, volver a apasionarse. Sé que “no es un adiós, sino hasta luego”. Esperamos volver a leerte pronto. Gracias por todo lo que nos diste. P.Z.


José María Figueras


por José María Figueras
josemfigueras@gmail.com


Antonio Di Benedetto tiene una forma de escribir muy particular. Muy personal. Es casi imposible confundir sus textos con los de otro autor. Escribe con frases preferentemente cortas, sin largas parrafadas ni extensos discursos. De la mano de ese estilo impone un tono distante. En las primeras páginas de su libro Los suicidas, el protagonista dice: “aunque en general yo nunca me apasiono”. ¿Será una declaración de principios de Di Benedetto? Por momentos pareciera que sí. Hay una especie de asepsia literaria general, un “no-apasionamiento” como si intentara poner distancia del lector y que éste no se involucre mucho en la historia.

Algunos perciben en ese aspecto el lado fuerte de Di Benedetto. Uno de los impulsores de su obra, Juan José Saer, señala en El concepto de ficción:

sus grandes textos son un archipiélago singular en la geografía, a decir verdad bastante banal, de la narrativa en lengua castellana. La prosa lacónica de Di Benedetto construida con una tensión que no cede ni un solo instante demuestra una vez más que el arte del relato nace siempre de una conjunción de rigor, de inteligencia y de gracia.

Contundente.

Este escritor mendocino que nació en 1922 tardó algunos años en ser reconocido. Casi podríamos decir que en vida fue poco y nada lo que se valoró de él. Pese a algún que otro premio, su verdadero rescate fue post mortem. Zama, la que por unanimidad es señalada como su gran obra, pasó sin pena ni gloria en su primera edición (1956). Dice Martín Kohan en el prólogo de Declinación y ángel que “la de recuperar y difundir la obra de Antonio Di Benedetto había llegado a ser, sin dudas, una tarea impostergable”.

Si Zama es la novela que más se destaca de su producción, Los suicidas y El silenciero no se quedan atrás. En la primera se cuenta la investigación de un periodista que debe resolver algunos casos de suicidas a partir de tres fotografías. La historia no tarda en mimetizarse con aspectos de la vida del protagonista: su padre, por ejemplo, se suicidó a los 33 años y él mismo se cuestiona sobre el final si su inclinación a la muerte es también una inclinación a matar a los otros. Hay en la novela pincelazos de un humor sutil que no llega a ser gracioso pero que nos dibujan una semi sonrisa (“en el bowling mis proyectiles se bandean, muestran una irresistible inclinación por la canaleta”) y por momentos parece más un tratado de medicina forense que una novela de ficción con frases como “no son los suecos los que más se suicidan, son los alemanes” o “se suicidan más viejos que jóvenes y más solteros que casados”.

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28/08/2008

Bruzzone presenta 76

Por

Mañana, en el Patio Arrabalero, a las 20.

76

Le tenemos mucho afecto a Bruzzone. Y libro le gustó a Gordo Gostanian. Cita obligada.

19/08/2008

Un tal Eric Blair

Por

José María Figueras


por José María Figueras
josemfigueras@gmail.com


Orwell Periodista

Entré como siempre a la librería. Pasillo, estante habitual donde hurgar. Sorpresa. Ese libro la semana pasada no estaba. Interesante. Orwell periodista. ¿Periodista? ¿Orwell? ¿El de 1984? Sí, el mismo. Tomo el libro. Mostrador. ¿Cuánto cuesta? Las caras de las dos vendedoras me recordaron un viejo post del Capitán, se miraron. No sé si me lo querían vender. Una de ellas inclusive me llegó a decir que ese libro “le interesaba”. Que hacía mucho que lo esperaban y que no lo compró sólo por una cuestión monetaria (este libro no es barato). Estuve a punto de pedirle perdón por querer comprarlo yo. Me lo llevé.

De Orwell nos vamos a ahorrar todos los datos obvios que más o menos se conocen. Lo que no es muy conocido es que, como ya nos dijo PZ alguna vez, Orwell escribió mucho más que Rebelión en la granja y 1984. Ficción y no ficción. En este último género entran estos artículos y reseñas que publicó en el Observer entre 1942 y 1949 a los cuales le dedico este post.

Para empezar, la primera sensación que me da el Orwell periodista es que el periodismo le queda muy bien. Por cierto son muchos los periodistas que creen que pueden ser escritores y viceversa. Lamentablemente no siempre la aptitud para una profesión habilita a la otra. Si bien Orwell no es el único que intenta poner un pie en cada plato (de hecho este año se encontró un texto de 1870 de Rimbaud en un diario francés), sale airoso de la prueba con notas interesantes, información y análisis. Sus notas no son muy extensas por lo que no aburren ni se van innecesariamente por las ramas.

La primera colaboración de Orwell con el Observer fue el 22 de febrero de 1942 y en noviembre de 1943 comenzó a colaborar con una crítica de libros quincenal. En simultáneo comenzó a escribir su Rebelión… y tanto en sus reseñas como en la novela misma realizaba evidentes alusiones al socialismo. Debido a que no encontraba un editor con la valentía necesaria para publicar ese libro, dedicó una de sus reseñas a quejarse de que los escritores estén sujetos “a la decision arbitraria de los editores”.

George Orwell, alias literario de Eric Blair, su verdadero nombre, fue básicamente un analista político que además de sus notas en el Observer escribió en el Tribune y el Manchester Evening News.

En Orwell periodista se encuentran algunas notas interesantes: en noviembre de 1942 por ejemplo escribe sobre Marruecos y en pocas líneas hace una radiografía bastante detallada del país, sus habitantes, su aridez (“el agua es tan valiosa que es motivo de peleas y asesinatos”), clases sociales, religión y, por supuesto, su enorme pobreza.

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12/08/2008

La mejor novela de Capote

Por

José María Figueras


por José María Figueras
josemfigueras@gmail.com


Truman Capote es uno de los mejores escritores que leí. La mayoría de los admiradores de Capote coincidimos en un punto: A sangre fría es su gran obra. Está allá arriba, es su Biblia y hay un cierto consenso sobre el carácter de obra maestra de ese libro. Es, además, el libro bisagra, hay un Capote pre sangre fría y otro posterior. Aunque en realidad no sé si lo que escribió después merece siquiera el calificativo de “obra”. Son piezas menores comparadas con todo lo previo. Es Beethoven haciendo cumbia. La Quinta Sinfonía de Capote ya sonaba muy lejana cuando empezó a darle forma a lo que después sería Plegarias atendidas, un libro que no tuvo ni por asomo la perfección que él tanto había prometido y tanto había buscado. Sin dudas, su declinación física acompañó a la creativa. Él mismo reconoció que “nadie sabrá nunca lo que A sangre fría se llevó de mí, me chupó hasta la médula de los huesos”. Y encima se quedó esperando un Pulitzer que nunca llegó.

Por lo tanto, a los efectos de este post por lo menos, voy a considerar de A sangre fría para atrás. Y ahí me diferencio de otros “capoteanos” que consideran a Desayuno en Tiffany´s como su mejor libro cuando yo creo que Otras voces, otros ámbitos es muy superior. Podría haber considerado también a El arpa de hierba, otra hermosa novela, pero su final ha sido tan vapuleado, tan criticado que hasta llegué a pensar que sí en efecto, esa novela merecía otro final. “Todo depende mucho del último capítulo. Desgraciadamente me tiene en una gran tensión”, dijo Capote a sus amigos poco antes de concluirla. Y no era para menos: había algo que no andaba bien en ese final y la opinión de los directivos de Random House fue unánime: las últimas páginas no estaban a la altura del resto de la novela.

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29/07/2008

Vidas privadas

Por

José María Figueras


por José María Figueras
josemfigueras@gmail.com


A fines del año pasado, Clara Sánchez publicó esta nota en Babelia. Allí sostiene una serie de opiniones de las cuales me quedó picando ésta: “nos caen bien los escritores alcohólicos: Edgar Allan Poe, Joseph Roth, Malcolm Lowry, Carson McCullers, John Cheever… y un largo etcétera que ocuparía varias páginas”. Yo no sé si nos caen bien los escritores alcohólicos, pero probablemente sí sean atractivos todos los que tienen una vida “fuera de lo común”, distinta. Me quedé pensando que muchas veces entramos en la vida (obra) de un escritor a través de su obra (vida). Y que muchas veces el personaje le gana a la persona.

Tengo algunos ejemplos personales: para avanzar sobre Jean-Paul Sartre, primero compré un libro llamado justamente Sartre que es la monumental biografía que escribió Annie Cohen – Solal sobre el escritor francés. Mucho tiempo después leí La náusea y Las palabras. Con su esposa hice lo mismo: primero compré la Plenitud de la vida ese hermosísimo libro de Simone de Beauvoir y recién ahora, casi una década más tarde, estoy por empezar a leer La mujer rota. Es evidente en ambos casos que me atrajo mucho más el personaje que el escritor. No debo ser el único. Seguramente escritores como J. D. Salinger o Truman Capote tienen su buena colección de fans a partir de lo particular de sus vidas. Aunque con ellos dos primero leí sus obras emblemáticas. Así, del gran JD leí El cazador oculto y de Capote, por supuesto, A sangre fría. Pero inmediatamente después de ese debut literario, continué con ellos a partir de la mirada de sus biógrafos. De Salinger es imperdible la investigación que hizo Iam Hamilton sobre su vida y de Capote si queremos saber todo sobre su existencia es obligatorio pasar por la excelente biografía que escribió Gerald Clarke. Después sí leí los Nueve cuentos y Levantad carpinteros…. De Capote también leí casi todos sus libros, menos esos engendros sospechosos encontrados en los últimos años (Crucero de verano y Un placer fugaz).

Hay escritores que nos llegan por su fama, por determinadas declaraciones o por vaya uno a saber por qué. Pero nos llegan más que su obra o por lo menos antes que su obra. De Ernest Hemingway todos sabemos que vivió varios años en Cuba y España y que terminó sus días con un escopetazo voluntario. ¿Pero cuántos leímos algo de todo lo que escribió? Todos sabemos de la ardua y conflictiva existencia de Franz Kafka, sabemos hasta la historia de su amigo Max Brod y el cuentito de que éste publicó todo pese a que el escritor “no quería”. Pero ¿cuántos leyeron El castillo, El proceso o Metamorfosis? Tengo que reconocer una vez más que antes de su obra lo que más me interesó fueron sus Diarios, libro que leí antes de hojear siquiera El castillo.

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22/07/2008

Por qué escriben los que escriben

Por

José María Figueras


por José María Figueras
josemfigueras@gmail.com


¿Qué lleva a una persona a invertir horas, días, meses en la elaboración de un texto que puede, o no (la mayoría de las veces, no), tener la trascendencia que él/ella espera? Por qué escriben los que escriben es una de las preguntas básicas de la literatura. Para responderla nada mejor que empezar por un texto de George Orwell que se llama precisamente “¿Por qué escribo?”. Allí el autor de 1984 señala que “hay cuatro grandes motivos para escribir, por lo menos para escribir prosa: egoísmo agudo (deseo de que hablen de uno), entusiasmo estético (percepción de la belleza de las palabras y su acertada combinación), impulso histórico (almacenar los hechos para la posteridad) y propósito político (deseo de empujar al mundo en cierta dirección)”.

Dado el particular momento histórico que le tocó vivir, Orwell asegura que “cada línea seria que he escrito desde 1936 lo ha sido, directa o indirectamente, contra el totalitarismo y a favor del socialismo democrático, tal como yo lo entiendo. Me parece una tontería, en un período como el nuestro, creer que puede uno evitar escribir sobre esos temas.” Pero así como se preocupa porque sean hechos políticos, también intenta que sean hechos artísticos: “No podría realizar la tarea de escribir un libro, ni siquiera un largo artículo de revista, si no fuera también una experiencia estética.” Y reconoce que Rebelión en la granja fue el primer libro en el que trató, con plena conciencia de lo que estaba haciendo, de fundir el propósito político y el artístico.

Sobre el final de “Por qué escribo”, Orwell nos regala los datos más interesantes:

Todos los escritores son vanidosos, egoístas y perezosos, y en el mismo fondo de sus motivos hay un misterio. Escribir un libro es una lucha horrible y agotadora, como una larga y penosa enfermedad. Nunca debería uno emprender esa tarea si no le impulsara algún demonio al que no se puede resistir y comprender. Y volviendo la vista a lo que llevo escrito hasta ahora, veo que cuando me ha faltado un propósito político es invariablemente cuando he escrito libros sin vida y me he visto traicionado al escribir trozos llenos de fuegos artificiales, frases sin sentido, adjetivos decorativos y, en general, tonterías.

“Escribir un libro es una lucha horrible (¡¡!!) y agotadora” dice Orwell. Son muchos los escritores que dicen lo mismo. Borges, sin ir más lejos, decía que disfrutaba mucho más la tarea de leer que la de escribir. Haroldo Conti es muy categórico sobre el tema en esta nota que le hicieron en junio de 1975. Cuando le preguntan si le hace feliz escribir, él contesta: “En absoluto. Es un gran dolor, un gran esfuerzo, inclusive físico. Me crea problemas personales, de relación; me vuelvo huraño, fastidioso. Escribo porque no tengo más remedio. Escribo o me muero. Es como estar embarazado, supongo. Después uno pare y se acabó. Se siente mejor, más aliviado.”

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15/07/2008

Sin final feliz

Por

José María Figueras


por José María Figueras
josemfigueras@gmail.com


Si tuviéramos que enumerar cuatro características básicas de las novelas de Amelie Nothomb podríamos decir que son cortas, que tienen a la muerte como tema omnipresente, que irradian una evidente intención de conmover y que se sustentan sobre tramas intrincadas, retorcidas, molestas. Digo “las novelas” de Amelie Nothomb, aunque en realidad tendría que hablar en nombre de las cuatro que leí: Cosmética del enemigo, Diccionario de nombres propios, Higiene del asesino y Ácido sulfúrico. La joven belga ha dado muestras acabadas de una producción prolífica: viene publicando a razón de un libro por año aunque ella dice que escribe tres en ese lapso pero publica sólo uno.

Cosmética… tiene pasajes muy interesantes en el diálogo que mantienen dos hombres (es lo único que ocurre en el libro) aunque de a poco nos vamos dando cuenta de que en realidad no es exactamente un diálogo y que en realidad no hay dos hombres. A lo largo de ese “diálogo” se van filtrando los detalles de una historia de amor y muerte ocurrida hace varios años.

Higiene… también se sostiene básicamente en diálogos (en este caso sí se ajusta bien este término) que mantiene un famoso escritor Premio Nobel con cinco periodistas que lo entrevistan por separado. La clave está en la última periodista que lo someterá a un interrogatorio inesperado en el curso del cual se va tejiendo otra historia que también es de amor y muerte. Tema y técnica de relato muy similares aunque me pareció un recurso que funciona con más efectividad en Cosmética que en Higiene.

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