04/06/2009

Prometer y cumplir: las jóvenes promesas de la poesía argentina actual

Por

Última poesía argentina

Hablar de poesía en concreto es caminar sobre terreno pantanoso, en especial si es necesario tener piedad. El centro de la cuestión es que, cuando discutimos sobre un cuento, por más malo que sea, no deja nunca de ser un cuento; en cambio, cuando nos referimos a la poesía, siempre estamos esperando de ella algo más que un conjunto de palabras divididas en versos: un efecto sobrenatural, un rayo destructor, un hilito de agua goteando con cierta gracia, aunque sea una mínima quemadura de cigarrillo. O eso es, al menos, lo que yo espero: para leer sin emoción, prefiero leer carteles publicitarios, que tienen una tipografía de tamaño más adecuado a estos ojos miopes.

A escribir se aprende con el tiempo, y tal vez leyendo, más que escribiendo. La antología titulada Última poesía argentina, de Ediciones En Danza, reúne a 32 poetas menores de treinta años cuyo único punto en común, en principio, es la edad. Es decir, se supone que todavía es demasiado temprano para juzgar sobre la existencia de talento poético o para pretender cierto pulimiento de la palabra. Pero ¿cuál es la edad límite para una “joven promesa”, tomando en cuenta que la mayoría de los integrantes ya llevarán, algunos más, algunos menos, diez de ellos en la práctica literaria y, supongo, también en la lectura?

La antología, se ve, es una intención de mostrar la variedad de estilos. Si lo logra o no lo logra es otra cuestión. Personalmente, aún en la web, he leído igual cantidad de poetas a simple vista más interesantes que algunos de los que son seleccionados aquí; escribir mala poesía no es un problema, el problema es editarla. Aunque, no sin cierta decepción, quizá no se trate de un defecto de la antología, sino que grafica el estado actual de la joven literatura argentina. Por supuesto que hay excepciones, ovejas negras que rompen con el paisaje. No son los temas los que fallan: -el amor, la muerte, el sexo, la infancia, el futuro, en fin, los insustituibles-, sino algo mucho más profundo que ya no sé, a esta altura, si es una elección consciente: quizá la falta de capacidad movilizante fuera de los efectos especiales sea simplemente una consecuencia de la época, a los últimos cartuchos de la década del ’90, cuando muchos de los poetas estaban formándose como tales. Sin embargo, la historia, el ambiente político-cultural, se refleja apenas tangencialmente en las temáticas. Dice el prólogo:

“casi todos los poetas reunidos en esta antología nacieron durante la dictadura militar, y por tanto forman parte de la generación de hijos de desaparecidos. (…) Quizás la ausencia de padres literarios que se manifiesta por lo general en ellos esté vinculada con este rasgo común (…) No hay afán por construir una épica”.

La épica histórica pasó de moda: perfecto; pero no es sustituida por una épica personal, en donde lo personal trascienda lo puramente individual, el presente, el aquí y el ahora. Un hijo que se rebela contra sus padres los destruye para construir luego: pero un hijo huérfano y, sobre todo, un hijo que no ha leído a sus padres y no sabe nada de su pasado, el que inevitablemente lo conforma, difícilmente tenga los elementos para construir nada, ni épico ni antiépico: como en cualquier disciplina artística, es necesario conocer para romper, saber qué es la poesía para escribir poesía, para crear poéticas nuevas. No hay crítica posible allí: la lectura endogámica recorre, como un fantasma, a la literatura argentina en general, y ya se sabe lo que pasa con los frutos de la endogamia. Las objeciones, aquí, son de estilo y de forma. Se puede hablar de cualquier cosa, mientras sigamos hablando de poesía.

Seguir leyendo


26/03/2009

Vidas de santos, vidas de poetas

Por

Por lo general, a nadie se le ocurre discutir si alguien que construye mesas es carpintero o si uno que da clases es profesor; y ninguno de ellos, ni los carpinteros ni los profesores, se enorgullece o avergüenza de ello, al menos mientras lo dicen. Sin embargo, el título de “poeta”, aplicado a sí mismo, nos suena a joya falsa: lo más probable es que quien se presenta como “Juan Pérez, poeta” -así, con jactancia, como si el hecho de serlo no correspondiera a un azaroso hecho de la naturaleza, de la cultura o de la incultura-, haya escrito buena poesía en cantidad inversamente proporcional a su orgullo, reunida en un volumen llamado, por ejemplo, Papeles al viento, Presentes o Soy la que soy. Suena duro, sí, pero lo que pretendo graficar es que, a diferencia de lo que le pasa a un carpintero, en el campo artístico-literario la legitimación siempre viene en los ojos de los otros.

La pregunta -o las preguntas- son: ¿cuándo se es poeta? ¿se nace, o se hace? ¿lleva una vida vulgar, como la nuestra -una vida peronista: de casa al trabajo y del trabajo a casa- o hay algo distinto en su experiencia que lo vuelve un ser de luz, un aura impar, un manojo de contemplación?

Para empezar, un punto básico: para ser poeta hay que escribir poesía. No vale jugar al bohemio, encontrar metáforas en las copas de los árboles y dar discursos sobre el derecho a la pereza. Se puede hacer todo eso, además, pero no es suficiente. Hay que trabajar, en suma; trabajar la palabra pero también salir al mundo, como todos. La diferencia con un humano normal no está en lo que hace, sino en la manera en que es capaz de hablar, poéticamente, sobre lo que hace, lo que cree y lo que piensa. Un poeta podría ser empleado de la burocracia, sin ninguna duda; aunque la mayoría de los empleados de la burocracia no sean poetas, la mayoría de los veintañeros que recorren, fotocopias en mano, los pasillos de la Facultad de Ciencias Sociales, tampoco lo son. La torre de marfil también es una construcción poética, de algún modo: no existe como tal, y sin embargo se la reivindica como el punto más alto de lo artístico. Cuando digo que no existe, me refiero a que es imposible escribir sobre lo que nunca se ha conocido ni de lejos. Si el poeta realmente estuviera subido a una torre de marfil, sólo hablaría de personajes sin carne: los que ve desde arriba y desde lejos. Vivir como un poeta es, sencillamente, vivir.

Seguir leyendo

13/03/2009

Gatos de todo pelaje

Por

Librodelosgatos

Las antologías son arbitrarias por naturaleza: el acto de elegir es arbitrario y guiado por la irracionalidad, por más que busquemos el modo más firme posible de fundamentar nuestras elecciones. A su vez, cualquier antología es innecesaria:  el que quiera llegar a un buen poema, llegará, de cualquier manera, más tarde o más temprano y sin que nadie se ocupe en su lugar de seleccionar cuáles son los más representativos o los más vanguardistas. Y por último, todas las antologías son producto de la obsesión del antologador: salvando intentos comerciales como  “Los mejores poemas de amor de la historia de la humanidad. Desde el paleolítico hasta el siglo XXI”, la elección de una temática responde más bien a la fijación de quien revuelve en su memoria, rastrea páginas y páginas, pregunta y molesta a sus amigos pidiéndoles que recuerden si alguna vez Yeats escribió sobre la sonrisa, sobre las copas de cristal o acerca de la libertad del pueblo hebreo.

Liliana García Carril opta por los gatos, y el puntapié se lo da un poema de Wislawa Szymborska que oscila, como un fantasma, sobre todo el resto de los que integran la antología.  Por más trillado que suene, sin duda un gato es un pequeño animal salvaje y no deja de serlo nunca, aunque se duerma confiadamente sobre nuestra espalda. Escribir sobre ellos es marcar territorio en una materia que, en sí misma, es pura incertidumbre: ¿quién sabe exactamente en qué piensa un gato cuando mira, con un ojo abierto y otro cerrado, desde lo alto de un placard? Seguir leyendo

26/02/2009

Y usted, ¿de qué se ríe?

Por

Uno puede reírse absolutamente de todo. De los vivos, de los muertos y de los moribundos; de los vencedores y de los vencidos; de las cosas serias y de los hechos diarios. Es verdad que existen muchos modos de reír, y no siempre son con la suficiente inteligencia. De cualquier manera, así como hay quien respeta las fórmulas y se mueve en ellas con pericia -lo cual está muy bien-, siempre aparece el que le pinta barba y bigotes a La Gioconda, con intenciones que desconocemos. Marcel Duchamp, por ejemplo, y su afamado mingitorio. Toneladas de energía discursiva se han desperdiciado -o no, pero no viene al caso- debatiendo sobre la institución de un meadero y la legitimidad de su exposición como objeto de museo -¿habrá millones de pequeños museos del mingitorio en cada bar, estación de tren o escuela?-.

La historia del arte es una “gran carcajada convulsa”, estremecedora y desconcertante. En resumen: ¿quién imagina a un artista, a un verdadero artista, estudiando severo y grave cómo romper con los esquemas estéticos? Imagino que Kazimir Malevich se levantó una mañana y, mientras preparaba su café cargado, dijo “el impresionismo es una reverenda porquería”, fue a su taller y pintó su cuadrado negro sobre fondo blanco. Los experimentos de ruptura son, muchas veces, una violenta burla hacia los antecesores más que una crítica fundada en criterios formales. Piensen, si no, de nuevo en Duchamp observando las caras espantadas de los visitantes: el mingitorio no los conmueve por su valor como obra artística en sí, sino porque es un terrible signo de pregunta.

En la poesía es algo similar. A mí, que soy tan lírica -eso no les importa: en todo caso, cuando intento escribir no puedo escapar del lirismo-, la poesía humorística, por ejemplo, me provoca desconcierto. La buena prosa, por lo general, evita la solemnidad con todas sus fuerzas para resultar interesante. La buena poesía, en cambio, está obligada a ser bella. No vamos a debatir concepciones de belleza ahora, pero ustedes saben: bella. Y la belleza, la enorme mayoría de las veces, está más cerca de la princesa que del bufón. Para coloquialismo ya tenemos suficiente con el habla de todos los días, las notas en los diarios, las publicidades de shampoo y las conversaciones por chat, y no es cuestión de atribuirle a la poesía poderes extraterrestres, pero suele pasar que, al menos de lo poco que he leído, la picaresca en la poesía no es más que picaresca. Como en la música, lo que vale la pena oír -y disculpen que salte entre los yuyos y de disciplina en disciplina- suele ser tristísimo; a lo sumo, irónico. La distancia entre lo que se dice y lo que concretamente sucede está atravesada por una mueca oscura que pretende hacer sonreír y en el fondo no es más que pura desolación, con lo cual volvemos a lo mismo: lo bello es triste, y siempre hay una estetización de la tristeza, con la intención de hacerla soportable mediante la palabra. La alegría, la paz, las buenas intenciones y la exaltación de los gobiernos no necesitan de elaboración poética.

Seguir leyendo

Entradas anteriores

Recibimos: El señor de la lu...

12/08/2011
Agradecemos a la editorial La Bestia Equilátera por el envío de El señor de la luz, novela del francés Maurice Renard. Editada en su odioma original en el año 1933, ahora encuentra esta nueva edi...
Seguir leyendo

Bricolaje libresco

11/08/2011
Aunque no lo crean, este blog también es servicio, es por eso que en esta ocasión les acercamos un motivador material que ni en Utilísima les habrán ofrecido. En cualquier tienda de decoración p...
Seguir leyendo

Relatos como excusas

09/08/2011
Cuando lo compré, su nombre me sabía a ayer. Claro, tenía otro de la misma autora en una colección de tapa dura aparecido hace algunos años atrás –sedicente su mejor título-, aunque ambos esp...
Seguir leyendo

Bibliografía obligatoría pa...

08/08/2011
La noche del sábado fui a ver medianoche en París. Estaba entre Capitán América y ésta otra. Finalmente le di mi voto de confianza a Woody, voto que no siempre honra. A ver si puedo contar de qu...
Seguir leyendo

De cómo Fabián Casas recomi...

05/08/2011
Cada vez que le digo a alguien que estoy leyendo los libros de Orhan Pamuk, me miran como si estuviera tan loco al igual que ese personaje de la película “Supersize” que, para demostrar que la ...
Seguir leyendo

Puede fallar: mapa con divisi...

04/08/2011
Para los que nos saben, cada vez que en un libro o publicación (como los fascículos coleccionables que se venden con los diarios) se incluye un mapa del territorio nacional, éste tiene que ser revi...
Seguir leyendo