05/08/2010

Hiperviaje a Una luna, de Martín Caparrós

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Dicen que Martín Caparrós puede convertirse en el prócer argentino de la crónica periodística. Cierto es que lleva varios kilómetros en su bigote y muchísimas más palabras por detrás. Cierto también, es que viaja.  En uno de esos enredos aeroportuarios, de check-in, check-out, concibió Una Luna: diario del hiperviaje, una serie de crónicas sobre jóvenes migrantes alrededor del globo (encargadas por la ONU). Son los entretelones y pensamientos de un señor que empieza a preguntarse en voz alta si no está ya demasiado viejo.

Gracias a Eterna Cadencia que nos cedió la foto de Martín Caparrós, por Lucio Ramirez

Las búsquedas de Caparrós giraron, en principio, sobre la mirada subjetiva del que cuenta la historia:

Y el placer, para mí, de hacer de la mirada pretendidamente neutra del reportero un ojo caprichoso. Esconderse en un cruce: deslizarse más acá del periodismo, más allá de la literatura, para ocupar un lugar sin espacio: escribir crónicas

decía en Larga Distancia (1992), su primer libro sobre ese género.

Más de quince años después, a Caparrós le interesa el movimiento, el desplazamiento de un lugar a otro. Qué significa moverse, irse, visitar, llegar, esperar, pisar un lugar, huir en general ¿Qué es lo que impulsa a la gente para moverse? Podría ser una pregunta caparrosiana que guíe el texto. Dentro de ese movimiento, no se le olvidaron los modos: el hiperviaje es su criatura conceptual.

Hijo de la globalización e internet, el hiperviaje es esa posibilidad de ir hacia la otra punta del mapa en un click. Pasar de un aeropuerto nevado y envuelto en un cielo gris, a uno de vigas ardientes por la inclemencia de un sol abrasador, tras unas pocas horas sentado, atendido por una solícita azafata y distraído por unos videítos berretas en la pantallita personal. En las distancias kilométricas hay un hipersalto, una negación del espacio, ¿un no viaje? Es eso de que antes la gente viajaba, ahora la viajan.

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02/04/2010

Malvinas: el lado argentino

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Cuando los militares desembarcaron en Puerto Argentino, había muchos como el almirante Anaya que ya deliraban entre sueños de mantos de neblina. Otros, como Massera, lo veían como parte de su plan para transformarse en el nuevo líder que no tendría nada que envidiarle a Perón. Cuando los militares desenpolvaron el viejo plan de Anaya (de 1977) para retomar las islas, estaban más preocupados en la chicanería interna que en una posible respuesta contra ofensiva de los británicos. No esperaban más enemigos que ellos mismos. Ésa es la principal hipótesis de Malvinas, la trama secreta, que les valió a sus autores el premio Ortega y Gasset a la investigación periodística.

Lombardo asintió con la cabeza, pero decidió no dar tregua a su superior y le descerrajó otro interrogante de difícil respuesta:

-“Almirante, ¿qué va a pasar después de tomar las islas?”, inquirió.

-“Usted no se preocupe por eso, porque no le compete”, fue la tajante contestación. “Limítese a elaborar el plan para tomar las islas; el resto viene después”.

Las imágenes son muy claras. Casi que puede verse a Leopoldo Galtieri acechando ideas de grandeza mientras caminaba alrededor del sillón de la Casa de Gobierno. El libro lo descubre como un militar mediocre, citando, entre otras debilidades, su fracaso-resaltado por sus críticos- en 1960 como becado por el Ejército norteamericano para hacer un curso de ingeniería avanzada, siendo el único que lo reprobó. La Plaza, ésa plaza que enloqueció a todo sediento de poder que se precie de tal, lo llevó a creer, como muchos después, que aquel lugar era el termómetro de todo.

A las 22.10 el teléfono del despacho de Galtieri volvió a sonar. El presidente no escondió su fastidio cuando le informaron que Reagan intentaba nuevamente comunicarse con él. En un primer momento insistió en rehuir al compromiso, pero Costa Méndez, presente en esa ocasión, lo instó a aceptar la llamada: “General –le dijo-, es el presidente de los Estados Unidos. Si Breznev habla con él, usted no puede negarse”.

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01/04/2010

Malvinas: el lado británico

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Al filo de la navaja, de Hugh Bicheno es un libro provocador y ambicioso. En clave de Guerra Fría, el autor analiza las causas políticas, ideológicas y culturales que provocaron la guerra. También describe las consecuencias que alcanzaron a países como Bégica, Italia, Irlanda y Bolivia. Y no deja títere con cabeza: la ambigüedad de los Estados Unidos que hicieron creer a la Junta que apoyaría a Argentina, La Foreing Office británica y su miopía internacional, el gobierno de facto argentino que sobreestimó su papel en la escena internacional, los montoneros “conversos” que idearon un plan para impulsar la carrera militar de Massera, comparándolo con el “libertador” San Martín, que incluía la invasión de las islas.

No existe analogía histórica adecuada para lo que ocurrió en la Argentina entre 1976 y 1982, pero quizás sería provechoso imaginar a las Fuerzas Armadas italianas en la década de 1930 tomando el poder tras la muerte por causas naturales de Mussolini y tomando la posta del movimiento obrero fascista en la despiadada persecución del movimiento juvenil no menos fascista, en sí mismo moralmente dividido entre quienes tendían al corporativismo y quienes coqueteaban con el socialismo. Para redondear la analogía, los militares italianos tendrían que haber tratado de unificar al país invadiendo Malta en medio del enardecido clamor popular.

Además, Bicheno es cartógrafo y ex oficial del servicio de inteligencia inglés-por ese motivo estuvo en Buenos Aires durante 1974- y la mitad del libro está dedicado a explicaciones tácticas y militares de las batallas de 1982. Presenta mapas completamente confeccionados por él con los que se vale para describir los por qué de la derrota argentina. Encuentra la mayoría de las explicaciones en la cultura de la cadena de mando.

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31/03/2010

3 de abril de 1982, el día después

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Es como una herida abierta, un golpe en la boca del estómago, por darle alguna ubicación. La Guerra de Malvinas no deja de ser un grito desencajado. El 2 de abril de 1982 la Argentina escribió una de las páginas más rojas de su historia. Los británicos aseguran, por su parte, que “no se trató de un picnic”. Como preámbulo de esos días, subo los titulares que publicaron dos de los diarios más importantes Clarín y Nación. Del lado británico: The Times y The Guardian.

El jueves y viernes dos reseñas, una del lado británico del conflicto, otra, del lado argentino.



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