09/09/2011

Escribir, escribir sobre historietas, escribir sobre cualquier cosa

Por

La autobiografía, la confesión, la autocrítica, el curriculum vitae y la despedida son formas que inventamos para darnos importancia.

Por una vez voy a ceder a una poco decorosa primera persona. Casi cada viernes, por más de dos años, publiqué en Hablando del Asunto una página de texto. Casi siempre, escribí sobre historietas. Escribir sobre historietas es, en principio, como escribir sobre cualquier cosa, aunque se corre algún modesto riesgo adicional: siempre hay una sospecha de impostura o de exceso, como si la historieta no se pudiera encerrar en palabras o no valiera la pena el esfuerzo. Las relaciones de la historieta con el mundo de aquello que alguna vez se llamó la “cultura letrada” (esa vieja señora) no son, todavía, del todo armónicas, lo que bien mirado es para celebrar.

También escribí un poco sobre literatura, un poco menos sobre política, bastante sobre el modo en que me gusta que las frases suenen. Cité a Borges más seguido de lo recomendable, despedí a algunos desconocidos (Cascioli, Solano López, sobre todo Fogwill) que nunca sospecharon los efectos de su trabajo en mi educación sentimental. Me di el gusto enorme de tener lectores más o menos atentos a la textura de mis caprichos ocasionales. Aprendí mucho sobre esa gimnasia que llamamos escribir.

El deseo es un insumo escaso. Durante más de dos años disfruté la certeza de tener ganas de escribir, por lo menos una vez por semana. Es algo para agradecer, así que le agradezco a Matías, que es sin dudas un gran editor1, aunque no haya logrado convencerlo de que es posible repetir cinco veces una palabra en el mismo párrafo sin perder la elegancia.

Nos leeremos otra vez, calculo: sé que me queda por lo menos un magnífico libro que no llegué a comentar y, en cualquier caso, lo que tiene el deseo es que es más vale movedizo y uno nunca sabe cuándo le toca aparecer de nuevo. Digamos que son unas vacaciones

1 N del E.


19/08/2011

Fantagás, de Carlos Nine

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“Se dice que Girri es un poeta ‘intelectual’ –aunque , salvo algunos surrealistas, los débiles mentales nunca han escrito poesía”. El memorable brulote es de C. E. Feiling (Con toda intención, p. 95), y resume bien cierta sensación de debilidad, no necesariamente mental, que producen esos avejentados textos que utilizan la receta surrealista. Borges hubiera compartido el dictamen: Bioy Casares recuerda en su Borges (p. 327) que Jorge Luis habló alguna vez de “la creación impremeditada, repentina” de los surrealistas, que “es un procedimiento para los que enfrentan el famoso problema de Mallarmé de la página en blanco. Ése es un problema de periodistas, no de poetas. El periodista debe llenar un número de páginas. El problema del poeta consiste en cómo decir lo que tiene que decir”

No creo que pueda sostenerse que Borges o Feiling defendían una poética de lo racional: el chiste de Feiling discute eso. Sí que defendían una poética de lo deliberado: no es el azar, sino la decisión lo que construye el efecto poético.

La debilidad adolescente que produce (o al menos me produce) cualquier texto canónicamente surrealista, creo que puede tener que ver con que el surrealismo, o lo más interesante del surrealismo, es básicamente visual. La frase del Conde de Lautréamont, tan festejada por los surrealistas, “bello como el encuentro fortuito, sobre una mesa de disección, de una máquina de coser y un paraguas” funciona como la descripción de una instalación o un cuadro: es el cruce de los objetos lo que produce la belleza, más allá de los sentidos de esos objetos, salvo, quizás, por el carácter ominoso, y caro a cierto tremendismo surrealista, que aporta la mesa de disección.

Creo que este desvío un poco extenso puede ser útil como introducción a Fantagás, el libro de Carlos Nine que editó Moebius. Carlos Nine es uno de los más extraordinarios dibujantes que hayan dado estas tierras de muy buenos dibujantes, y hacía mucho que no podía verse por aquí alguno de sus trabajos, así que esta edición ya es una buena noticia en sí. (El libro recopila una historieta aparecida en Fierro, con una calidad de impresión que la hace parecer algo completamente nuevo).

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12/08/2011

Francisco Solano López (1928-2011)

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Murió uno de los más grandes historietistas de la historia.

Los recuerdos  no van a faltar, porque Solano disfrutó en estos últimos años de un merecido y consistente reconocimiento. Sólo me gustaría anotar por aquí dos o tres observaciones sobre su obra, que quizás podamos ampliar alguna vez.

En principio, Solano López fue un enorme dibujante, pero un dibujante discreto. Aunque era dueño de uno de esos estilos que se reconocen de inmediato, también es cierto que los lectores sensibles al efectismo podría pasarlo de largo como a un dibujante correcto más, como tantos. Creo que el gusto por Solano López es un gusto maduro, porque sus logros mayores (un lenguaje corporal y sobre todo gestual incomparable, una memoria sensible para los detalles, las arquitecturas y hasta las caras del pasado, y un montaje fluído hasta la invisibilidad) no son compatibles con la búsqueda del asombro fácil.

Quizás un efecto de esa discreción sea el riesgo de que Solano López sea recordado sólo por una obra mayor (El Eternauta) y menos que eso, por un pictograma afortunado.

En las librerías argentinas se pueden conseguir, con apenas un poco de esfuerzo, Ana, Historias tristes El día del juicio y Slot Barr. Y, por supuesto, Evaristo: esa historieta enorme, uno de los más grandes libros que se hayan hecho en Argentina. Qué mejor despedida para un dibujante que dedicar un día de lluvia a leer una de sus historietas.

29/07/2011

Marco, mono

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“Con Franco reíamos mejor”. La frase hace referencia a cierto fomento de la creatividad humorística en las dictaduras: la obligación de escribir mensajes cifrados y leer entre líneas favorecería, según parece, la sutileza y la invención. Hay algo incómodo en la frase, que me resulta aún más débil si se lo traslada a la literatura. ¿Hubiera sido distinta Respiración Artificial si le hubieran permitido a Isabel Martínez entregar el mando a un gobierno respetuoso de las tradiciones republicanas y elegido mediante elecciones libres?

Es cierto que la literatura tiene otros tiempos de producción, otras deudas con la tradición. El humor y la historieta suelen producirse en ciclos cortos, y el efecto de la coyuntura se instala de manera más directa sobre el cuerpo de los autores, aunque no tanto sobre la producción (salvo, naturalmente, en lo que hace al humor cuyo tema es directamente la política): es un exceso de la politización suponer que la historieta “seria” o “de aventuras” sufrió la censura oficial más de lo que sufrió los condicionamientos de la censura genérica. Las dictaduras –al menos, las que nos tocaron por estas tierras– suelen abominar del realismo, y el realismo –como retórica y hasta como género– no abundó en las historietas hasta tiempos recientes.

Lo que ofrecen las dictaduras es otro riesgo. Las dictaduras son grandes fábricas de alegorías. Y las alegorías sólo son soportables cuando se las somete a un retorcimiento tal que las vuelva irreconocibles, inútiles. Cuando el sentido estalla y la pedagogía se disuelve.

Estas cuestiones me parecen interesantes para enmarcar una lectura de Marco Mono, la historieta que escribió Carlos Trillo y dibujó Enrique Breccia entre 1979 y 1981 y editó en libro Doedytores hace un par de años. Marco Mono es un cínico, que recorre un mundo en descomposición y encuentra ocasiones para la aventura por el azar de los viajes, al modo clásico de los héroes de la historieta argentina: como Nippur, como Gilgamesh, como Alvar Mayor, la estructura episódica organiza los capítulos de Marco Mono, que es en buena medida una parodia de esos relatos. “Los héroes después de una buena acción se alejan siempre por un camino polvoriento”, reflexiona Marco después de la única buena acción que se permite en el libro.

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15/07/2011

Orden y progreso de la biblioteca

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La primera biblioteca que ordené como un adulto (es decir, como un sujeto que es responsable del sostén económico de la unidad social que constituye) seguía tres principios clasificatorios. Los libros se dividían entre libros de ficción, libros de no ficción y libros negros. El último criterio fue muy discutido por mi consorte, que proponía que fuera a devolver mi título de bibliotecario, que por lo visto no me resultaba de mucha utilidad. Sigo pensando que las novelas de Tusquets, los libros de Biblioteca Ayacucho, una colección de kiosko de RBA (“Narrativa actual”) y alguno más hacían un lindo estante monocromo.

Me resigné entonces a un orden más tradicional. Cumplí así con las dos opciones que propone Perec en su Pensar, Clasificar : “A esta apología del desorden simpático se opone la mezquina tentación de la burocracia individual”. Me entregué entonces, con la furia de un converso, a la burocracia individual: una biblioteca de ficción, divida por países y, dentro de cada país, por orden alfabético de autor. Una biblioteca de no ficción, dividida por temas: historia, teoría literaria, filosofía, ensayos sobre historieta, divulgación científica, así.

Foto de Paula Walker publicada con licencia CC

Las dificultades son evidentes. No hace falta ser John Wilkins para descubrir que al ordenador de bibliotecas se le presentan dos problemas conceptuales y una dificultad material. Problemas conceptuales: hay libros que pueden ser ubicados en varias categorías, hay libros que no se acomodan bien en ninguna. La primera cuestión es propia de los libros materiales: su majestad el Bit lo soluciona repitiendo copias o sustituyéndolas por índices. El segundo problema es puro placer.

Pero más seria es la dificultad material. Aún si lograra convertirme en el Stalin de mí mismo, tendría que incorporar otras categorías, repugnantes a la razón: los libros “que estoy usando” y los libros “que me gusta manotear al pasar”. Esta última categoría me llevó a agrupar en el mismo estante todos los libros de poesía que antes estaban, con teoría discutible, entre la ficción, dispersos por los azares alfabético y nacional. Pero, ¿me animaré alguna vez a sacar El arte de narrar de Saer de la “S” de “Literatura Argentina”, y ponerlo con sus compañeros en el estante de la prosa cortada?. Por suerte, mis prejuicios contra los escritores multigénero me evitan un exceso de estas incomodidades.

Y también están los libros de historieta, que son todos de distinto tamaño. Pero de eso ya hablé. Ahora que lo pienso, ya hablé de todo. Para eso sirve dejar bien ordenadas las bibliotecas: para acceder rápido a lo que uno busca, y olvidar el resto.

07/07/2011

Huir hacia adelante: Correrías de El Sr. y la Sra. Rispo, de Diego Parés

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¿Será justo medir la salud de un medio, un campo, un espacio social, por sus puntos más altos? Supongo que no: el buen ojo de un editor y el azar pueden poner en circulación un par de obras maestras que nos hagan creer que vivimos en la Edad de Oro.

Ese espejismo optimista es el que produce un libro como Correrías del Sr. y la Sra. Rispo: la historieta argentina debe andar muy bien si produce libros como éste. Lástima que los libros como éste son rarísimos, y que este libro en particular tiene mucho de resumen, de ajuste de cuentas y de fin de fiesta.

Pasemos a lo que importa. Diego Parés no es un recién llegado al oficio. Desde que era casi un niño que su firma aparece en casi todos los medios que publican humor gráfico en Argentina: desde las revistas de ediciones de la Urraca (Humor, Humi, Sex Humor) hasta Billiken, desde La Nación hasta Fierro. Fue además un protagonista del mundo de la edición independiente en los años ’90 con la fundamental revista ¡Suélteme!, que editó con un grupo de humoristas e historietistas (como Fayó, Podeti, Darío Adanti o Dani the O), con los que comparte mucho más que una pertenencia generacional. Parés es, además, un erudito en estilos de dibujo y en la historia del humor gráfico –baste seguir su blog, El oficio del plumín— y este conocimiento es tan central como sus años de oficio para explicar estas Correrías…

El Sr. y la Sra. Rispo son dos personajes que Parés ha publicado en medios diversos desde mediados de los ’80, en especial en Sex Humor (ese material fue recopilado en un libro anterior en 2007). Como corresponde a la tradición a la que Parés gozosamente se incorpora, los personajes son poco más que sus rasgos definitorios y su lugar en una estructura: el señor Rispo siempre tendrá portentosas erecciones dedicadas al cuerpo siempre desnudo de su sobrinita, la señora Rispo siempre se entregará a los brazos (y otras partes corporales) de los grandotes que pasen por ahí. Como ocurre con las grandes historietas, no hace falta mucho más para comenzar un juego de variaciones infinitas.

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24/06/2011

¿Cuántas veces puedo vender lo mismo?

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La respuesta es: muchas. Vaya un ejemplo. Podemos comprar hoy las obras completas de Borges (y prometo no volver a nombrarlo por un par de semanas) en muchísimos formatos y ediciones. Los clásicos tomos gordos que editaba Emecé (lástima que ya no son un tomo gordo y verde, ese monumento) se consiguen acá y allá, perdidos en alguna librería como testimonios de la historia editorial argentina. También están los nuevos (mismos) tomos que editó Sudamericana. Y la “edición crítica” de la misma editorial. Y las versiones de El Aleph y Ficciones por DeBolsillo. Ahora, también puede uno obtener todo eso en módicas cuotas con una colección de quiosco que saca La Nación. Y basta dar una vuelta distraída por cualquier librería de saldos y usados para pescar a precios ridículos ejemplares de una colección de tapa dura que sacó en kioskos Alianza a fines de los ’90, o una “Biblioteca Esencial” de tapas rojas que también vendió La Nación hace unos cinco o seis años.

Si esta profusión no impidió que los derechos de nuestro escritor ciego antiperonista favorito sean vendidos de una multinacional a otra por una millonada, ¿por qué insisten en pretender que nos creamos que la difusión digital tendría un efecto devastador para la industria editorial?

Como en tantas cosas, la historieta y el humor gráfico tienen mucho que enseñarle al mundo circunspecto de la edición literaria. Podemos seguir a nuestras tiras favoritas en el diario, las podemos buscar –es cada vez el consumo más habitual– en el blog del autor. Eso no nos impide esperar con ansias el próximo Macanudo, más libros de Jim, Jam & el Otro, el próximo Batu, un tomito gordo y precioso con el Humor Petiso de Parés.

Así que, señores editores, sigan multiplicando ediciones pálidas y defectuosas de los libros del marido de María Kodama, que vamos a comprarlas felices, pero no teman permitir que los que de verdad saben hagan las ediciones (electrónicas, hipertextuales, críticas, libres) que don Jorge Luis merece.

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