24/08/2011

Greene, el explorador

Por

Sobre Viaje sin mapas,
de Graham Greene (Península, 1998)

Debe haber sido un rapto de locura. La coincidencia entre la lectura de un párrafo de este libro -sin mayor contexto que ser parte de un juego- y la simultánea novedad de saber que el editor de este espacio se reconocía afín al género, disparó la búsqueda –y hallazgo- del ejemplar. Jamás hubiera supuesto que la obra de Greene contaba con un relato de viajes semejante –aunque algunos de sus coetáneos hicieran lo propio, como si se hubiera “puesto de moda” en aquel tiempo-; mucho menos el haber siquiera imaginado en volverme un devoto lector de éstos.

Greene vivió en Sierra Leona durante unos años y visitó a la entonces reciente República de Liberia en 1935. Este libro recoge la crónica de su periplo desde su partida en Liverpool hasta llegar al lugar de destino, la ciudad capital –Monrovia-, después de una travesía en barco hasta Freetown en Sierra Leona, un tramo en ferrocarril hasta alcanzar la frontera con Liberia y, ya en ésta, recorrer más de quinientos kilómetros a pie durante un mes, con la única compañía de su prima y de un séquito de “porteadores” –comitiva contratada para acarrear bártulos y provisiones-, un capataz y un cocinero, todos de origen tribal.

¿Cuáles son los motivos que llevan a encarar un viaje hacia lo desconocido? Al parecer el escritor, hastiado de la decadencia cosmopolita de las ciudades – colonias, intentó tomar contacto directo con aquello que aun quedaba de salvaje y virginal, casi inexplorado, de una joven república nacida con el auspicio de Estados Unidos a través de la Liga de Naciones –una entidad creada en la primera posguerra que nucleaba a los vencedores de la contienda-, con el fin de reintegrar al continente africano un contingente numeroso de esclavos liberados. Al no estarles permitido el ingreso a los hombres blancos –salvo en los puertos de la ribera-, Greene decide asumir los riesgos que acarrean las dificultades geográficas, físicas y lingüísticas e internarse en el país desde su frontera -sorteando las restricciones políticas impuestas- e incluyendo una porción de su trayecto en la Guinea Francesa, sin ayuda ni orientación.

Dividido en tres partes constituidas por capítulos, en estilo fluido y coloquial, el libro abre con un mapa del recorrido y un prefacio del autor, escrito en 1946. La primera parte cuenta las alternativas de los viajes en barco y en ferrocarril hasta el paso al límite occidental, al norte de Liberia. En la segunda, relata las peripecias en medio del bosque, hasta llegar a la última, donde el camino tuerce hacia el sur, en busca de la costa y el mar.

Lo que narra no tiene desperdicio. La realidad de las aldeas, sometidas a la malaria –un mal endémico en toda África-, la disentería y las enfermedades de transmisión sexual; las condiciones paupérrimas en que se asientan las tribus de cada poblado; la exuberante vegetación del bosque liberiano –extendido por doquier como una pared verde, en el que se abre camino a machetazos-, unido al clima agobiante donde el sol y la humedad son capaces de quebrar cualquier resistencia de la voluntad, hacen de la descripción un retrato fidedigno y medular de la vida cotidiana en lugares adonde aun no había llegado la “civilización”, con sus ansias de progreso y desarrollo, pero también con los problemas que aportan la búsqueda de beneficios y la transculturización, sin el mínimo respeto ni reparo en las creencias e idiosincrasias locales.

También contiene una serie de reflexiones sobre el comportamiento de los seres humanos en estos pequeños conglomerados, donde interpreta la psicología de los nativos a través de los conceptos vertidos por Freud. Además, como era de esperar, hace alusión a colegas escritores que han dejado huella en este tipo de relatos, siendo particularmente importante Conrad, con su viaje al “corazón de las tinieblas”, que debe haber inspirado el subtítulo con que Greene acompaña éste: “Una aventura por el corazón de Liberia”.

El último capítulo, al final del libro, recoge las apreciaciones del Greene periodista, donde analiza los vaivenes políticos y las prácticas partidistas propias de toda república naciente, que desea mantenerse firme como tal, sin poder despojarse aun de su histórica carga colonial. Allí, se da el lujo de exponer sin alardes el funcionamiento de las corporaciones internacionales (Firestone, puntualmente) en el financiamiento –y la expoliación- de las economías regionales, junto a la corrupción que el dinero ejerce sobre las autoridades nacionales –tanto del gobierno como de la oposición-.

Finalmente, es un libro con el cual viajar a un mundo primitivo y distante –geográfica y temporalmente- sin salir de casa, con la visión crítica y honesta de un escritor de la talla de Greene. Un grato descubrimiento.

3 comentarios en Greene, el explorador

  1. Jesús Garrido dijo el

    no es el Greene habitual pero bien

  2. JM dijo el

    Recomiendo también al otro Greene viajero, al de “Los caminos sin ley”, en México.

  3. Marcelo Z dijo el

    Gracias, Jesús y JM. Tomo en cuenta la sugerencia. Saludos.

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