29/10/2010

La construcción de un libro feliz

Por

Sobre Memorias de un niño bombero,
de Alejandro Jodorowsky con ilustraciones de Max Cachimba (Planta, 2010)

Este bello libro editado por Planta, parte de una exquisita colección de “cuentos ilustrados para jóvenes y adultos”, parece el viaje al futuro de un lector de historietas de los ’80. Un libro del guionista de Moebius con ilustraciones del ganador del concurso “Fierro busca dos manos”. Es notable cómo uno puede leer, de un autor, un fragmento: resulta que Jodorowsky es, además de ese guionista de historietas con una rara habilidad para mezclar misticismo con ironía y ritmo narrativo, un escritor, dramaturgo, poeta, director de cine y psicomago. (Sí, dice “psicomago”).

Este “cuento mágico para niños mutantes” narra la historia de un nene de seis años (cumple siete hacia la página 33, en que se “hace un hombre” y queda encerrado dentro de su mente), que vive con su padre, un bombero, y una maga que lleva dentro de su cuerpo, que se parece mucho a su madre muerta (mide tres metros y medio y tiene una larguísima cabellera) y que aparece, bostezando, cuando el nene está en peligro. Los peligros se suceden, casi siempre por el duro entrenamiento al que lo somete el padre.

Una aclaración personal me parece, por esta vez, pertinente en una reseña. Tengo serias dificultades para no abandonar un libro que hable de magia, de almas y de elevaciones místicas a la unicidad cósmica. Porque Memorias de un niño bombero, que leí como literatura fantástica, como un cuento maravilloso, intuyo que es para su autor un modo de la literatura realista. Aún así, lo leí completo y disfrutándolo más allá de su metafísica, que me resulta entre fastidiosa y trivial. Si eso ocurrió es, creo, por dos razones. La primera, es la prosa: por suerte, las fantasías místicas son también textos escritos, y Jodorowsky escribe bellas frases. Como en la ocasión en que el nene le ordena a un moribundo que no cruce la frontera de la muerte:

La sangre es suya y por eso debe obedecerle, así como yo obedezco a mi padre: déle la orden de dejar de escurrirse, dígale que no es ninguna serpiente colorada para reptar así por la calle. Deje que sus pulmones, absorbiendo y exhalando, jueguen con el aire; despéguese del dolor, encumbrándolo como una cometa lo más arriba que pueda; siéntase transparente y tranquilo, con la seguridad de que yo estoy aquí para que nadie venga a robarle la vida.


La segunda razón por la que disfruté este libro es que su propósito pedagógico es tan extraño que se vuelve fascinante. Menos lineal que aquel intolerable niño rubio que fastidia a los aviadores que aterrizan en el desierto –con el que comparte alguna frase casi textual–, el niño bombero se enfrenta al amor cruel de su padre y a la incomprensión por sus experiencias místicas que, por otra parte, se parecen más al delirio de las las máquinas parlantes de Laiseca, otro creyente, que a los relojes de Sai Baba: hay gnomos cuyas carcajadas suenan como bolas deslizándose por pistas de azúcar, hay sanguijuelas cristalinas, conglomerados de muertos, mujercitas de agua que despanzurran una nube.

“Somos felices”, dice el niño bombero en el último capítulo. La construcción de un libro feliz es un regalo.


29/10/2010

Cómo comunicarse con escritores

Por

Fuente.

28/10/2010

Llegó Lengua de trapo

Por

Agradecemos a la editorial Lengua de trapo por el envío de dos de sus novedades:

  • Residuos de Tom McCarthy (con traducción de Andrea Vidal Escabí)
  • El arte de llorar a coro de Erling Jepsen (con traducción de Blanca Ortiz Ostalé)

Sobre Residuos:

Algo que cae del cielo golpea al protagonista de Residuos, pero él no puede ni debe recordar lo que fue ya que si no perdería la sustanciosa indemnización de ocho millones y medio de libras que un oscuro ente le ha entregado a cambio. Tras el «accidente» y el re-aprendizaje cerebral que este conlleva, el mundo a su alrededor cobra un aspecto distinto, los valores cambian de lugar y una aguda obsesión por los esquemas y el orden se apoderan de él, así como la imperiosa necesidad de re-crear lugares y acciones que, vividas con anterioridad o no, se alojan de forma indeleble en su mente. Tom McCarthy consigue, por su parte, re-crear la mente de una persona en un proceso de autodestrucción y colapso que, sin embargo, logra imponer su lógica sin sentido al mundo que lo rodea. Por ello, y a pesar de estar ambientada en un Londres muy cercano y palpable, de su lectura se destila ese halo de desquiciada lucidez de las mejores obras de la ciencia ficción.

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28/10/2010

La cola

Por

Trato de comparar esta cola con mi vago recuerdo de la de Eva Perón. Yo entonces tenía diez años y no estuve presente, pero la vi filmada. Las imágenes de aquellos films se confunden en mi memoria con las de un cuento que publicó Viñas en tiempos de Aramburu. Lo hablo con Miguel. Le digo: “Este velorio, comparado con el de Evita, es un fracaso total”. Miguel asiente y me aclara con su lógica tan judía: “Es que no está Perón, y sin Perón todo fracasa”. Por un momento estamos de acuerdo, pero por diferentes motivos. Vuelve a convidarme con sus sabrosos cigarrillos negros y caminamos hacia el origen de la cola. Nos aseguran que está a pocas cuadras de aquí, en Cerrito y Sarmiento. Veremos. Miguel pregunta si pienso dormir esta noche y respondo que no, que dormí durante todo el día pegado al cuerpo de Mariana. Anuncia que me llamará, pero dudo me encuentre en casa y que los teléfonos funcionen bien y resuelvo correrme hasta el hotel de Mariana y convencerla para que comamos algo liviano y nos vengamos a hacer la cola juntos. Mientras, pediré a alguien que cuide nuestro puesto.

“La cola”, en Cuentos completos, de Rodolfo Fogwill, Alfaguara, Buenos Aires, 2009.

26/10/2010

Después del censo, Jodorowsky

Por

-La presentación queda suspendida por razones de público conocimiento-

26/10/2010

Una semana en Frankfurt con Fabián Casas

Por

Timo Berger desde Alemania nos envía la siguiente crónica. En ella persigue como un espectro a Fabián Casas y da pistas de lo que pasó durante los días de la Féria de Frankfurt con algunos nombres reales, otros inventados. Algunos evidentes, otros no tanto.

Fotos de Timo Berger

***

1

Cuando Casas emprendió el viaje a Frankfurt, con la valija llena de los libros que iba a presentar en lo que dicen la feria libresca más grande del mundo, no pensó que pronto lo iba a perseguir una fuerza maligna e invisible que tomaría su rastro para finalmente enfrentarle sus fusiles el séptimo día.

Volvamos atrás, a las pocas horas felices que Casas pasó entre amigos berlineses que lo acompañaban a Frankfurt y los integrantes de la delegación oficial de escritores y funcionarios invitados a la feria.

Al aterrizar en el aeropuerto internacional de la urbe a orilla del río Meno, Casas respiró profundo y besó tierra alemana: Ahí le habían dado el premio Anna Seghers, ahí, estaba convencido, iban a tramarle el camino hacia el Nobel, que por un equívoco este año le tocó a la lagarta limada o al limoncellero limeño.

Durante los últimos meses, Casas había seguido una rutina estricta y sana: se levantaba temprano y sin tomar el desayuno, iba a karate, cumplía con los cien ejercicios que le prescribió su Sensei y volvía a su casa para darle el beso de buen día a su novia y a su hija recién nacida; y de ahí – un café en el bar de la esquina de por medio – al trabajo. Casas se veía potente, delgado y bello en su llegada a Alemania. Dejó atrás unas cuantas polémicas blogueras con poetas de tercera fila en las que no se cansaron de discutir si era verdad el comunicado de la editorial de Casas, en el que decía que el tomo de su antología poética se había agotado en apenas dos meses. Apaguen los facebooks, cierren los blogs, no crean en los libros electrónicos, dijo Casas cuando subió al primer escenario en Frankfurt. Fue a presentar su novela Ocío que en versión alemana se llama Lob der Trägheit (Oda a la inercia), charló sobre su poesía traducida al alemán en el libro Mitten in der Nacht (A mitad de noche), firmó libros y saludó a los adeptos.

2

Uno de los fans de primera hora no se podía despegar de Casas y la gente alrededor empezó a llamarlo “La sombra”. El joven cusqueño, al que ya se le empezaba a caer el pelo, maneja con habilidad una cámara digital como si fuera un revólver. La sombra siempre seguía a Casas: en el baño mojaba el inodoro contiguo al de él sacando su risa demoníaca.

Hay varios pasos que llevaron finalmente al poeta y a La Sombra a la muerte. El cura del pueblo dice que la culpa era de Casas mismo, por su tono inusitado a la hora de escribir, en el que cambiaba bruscamente de la melancolía a la depresión. La representante de la Sociedad de Escritores reclamaba derechos humanos y defendía la estética de los noventa encarnada en su figura. No vamos saber nunca, cuáles fueron las causas verdaderas de su fallecimiento repentino, por eso nos limitamos acá a narrar sólo lo que pasó y lo que se puede documentar.

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26/10/2010

Recibimos: El zoológico de dios II

Por

Agradecemos a Editorial Catálogos por el envío de El zoológico de dios II, de Pablo Urbanyi.

El dormirse al traqueteo del tren organiza la arrullada ilusión ante la destemplanza del exilio en un niño de 8 años. La historia de Fénix continúa aqui su aventura; atrás quedó su lpolyság natal. Por delante, un tren que entra a la estación de Praga y un trasbordo para por fin salir y respirar. En un barco rumbo al sur, Fénix sentirá el primer contacto con la infinitud del mar; en el recuerdo, su inocencia socavada para siempre por la guerra.

Luego, la vorágine de la vida. Los años de la adolescencia, como contracara de la severa autoridad materna, llegarán con la ampliación del horizonte: amigos, lectura, libertad. Enseguida, cl aprendizaje del sexo y del amor más pleno hecho carne en el erotismo, los ámbitos universitarios, el renacimiento de lo nuestro, y la militancia en los 70.

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