30/07/2010

Océano y Charquito: ¡el libro!

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Calculo que nuestros años años ’90 van a quedar congelados por una descripción que los limite en sus aspectos más repugnantes. No lo discuto: convertir la sociedad más igualitaria de América Latina en esta tierra con al menos un tercio de nuestros compatriotas bajo la línea de pobreza es, sin dudas, repugnante.

Pero tendríamos que evitar el vicio de pensar mediante bloques conceptuales, o por lo menos tratar de lograr que esos bloques sean pequeños, como para encastrarlos más fácil.

Nuestros años ’90 fueron, para bien y para mal, años de modernización cultural (de incorporación a la cultura global: libros, discos, historietas). El baño de cinismo menemista tuvo –me cuesta escribirlo– un resultado positivo en cierta liviandad necesaria para el pensamiento: empezó a ser posible enfrentar una producción artística de cualquier tipo sin tener que ofrecer un gran mensaje, o sin que ese gran mensaje se construyera con grandes retóricas. Poesía de los ’90, claro, fanzines de los ’90 y fanzines de historieta de los ’90.

Ya escribí por acá y por acá sobre el fenómeno del fanzine: el modo en que sustituyó la entrada clásica al oficio de historietista (ser ayudante de un dibujante en una revista comercial) cuando esa entrada ya no era posible, el modo en que enseñó a los autores a ser autónomos, a atender a la materialidad del objeto impreso y a lidiar con su propia indisciplina como principal restricción. Un mundo casi sin internet, y que por eso hoy nos suena anacrónico: corporal. De eso se trataba: personas, jóvenes, poniendo el cuerpo en sus revistas.

Esos fanzines eran diversos: buenos y malos, muchos eran publicaciones que, en otro planeta, hubieran sido revistas comerciales comunes. Había algunas, en cambio, que no se parecían a nada. Y una, en particular, que era la que menos se parecía a algo porque hacía del fanzine un género, y de cada ejemplar una reflexión sobre ese género: hablo, por supuesto, de Océano y Charquito, los siete números de la revista que Clara Lagos y Carolina Moadeb (hoy, Carochinaski) publicaron en la segunda mitad de los años ’90. Una revista que entra seguro en el podio de las mejores revistas independientes, fanzines o como queramos llamar esa enorme producción que circuló como un río subterráneo –y, creo, todavía poco estudiado aún para los ámbitos de prestigio de la literatura– por debajo de la cultura económicamente visible.

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30/07/2010

Recibimos: Borges profesor

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Agradecemos a Emecé (Editorial Planeta) por el envío de la nueva edición de Borges profesor, un trabajo de Martín Arias y Martín Hadis.

Se trata de las clases de literatura inglesa que dio Borges en la Cátedra de literatura inglesa y norteamericana de la UBA. Fueron recuperadas a partir de cintas desgrabadas por sus alumnos que sirvieron como fuente de Arias y Hadis. Un gran trabajo que me da mucho gusto tener y que leeré en cuanto me sea posible.

En 1966 Jorge Luis Borges dictó un curso de literatura Inglesa en la Universidad de Buenos Aires. Las veinticinco clases fueron grabadas por algunos alumnos que luego las transcribieron para que otros pudieran estudiar. Las cintas grabadas se han perdido, pero los textos transcriptos a máquina se conservaron hasta hoy. Después de un intenso trabajo de análisis e investigación de las fuentes citadas, Martín Arias y Martín Hadis lograron compaginar las transcripciones, sin modificar el lenguaje oral de Borges, que nos ha llegado intacto con sus inflexiones y modismos. La edición se completa con notas que amplían la información.
Con su erudición y simpatía habituales, Borges se explaya sobre sus temas predilectos: los anglosajones, los vikings, los orígenes de la poesía en Inglaterra, Samuel Johnson y James Boswell, James Macpherson, William BIake y William Wordsworth, Samuel T. Coleridge, Thomas Carlyle, Robert Browning, Dante Gabriel Rosetti, WiIIiam Morris, Charles Dickens y Robert L. Stevenson, entre otros.

Borges profesor es un libro valioso y fascinante porque revela la tarea docente, hasta ahora no documentada. del gran escritor argentino.

30/07/2010

Abandonar un libro es fracasar

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Eso es lo que pienso cuando me toca la situación, cuando me la veo venir. Entonces levanto la frente, agarro el remo, me pongo las botas y el cuchillo entre los dientes para no cejar.

Siempre -me digo- puedo encontrar algo bueno y efectivamente así pasa. Entre lo malo algo se salva y, mejor aún, con lo malo se aprende tanto o más que con lo bueno. Los errores resaltan, se ven como manchas en un cristal, evidentes.

Me imagino que ese libro pasó por varias manos, por lo menos tres. La del autor, que habrá escrito y corregido, una y otra vez. La del lector amigo, que no habrá tenido piedad para aconsejar sobre errores evidentes e infranqueables. La del editor que antes de editar habrá recibido el original por recomendación y que luego leerá concienzudamente, (en las editoriales habría que agregar al lector y redactor de informes) para no embarcarse en un proyecto con olor a fiasco.

¿Cómo todos estos lectores podrían dejar pasar un libro malo? Es difícil. ¿Y si yo no estoy entendiendo algo? Debo insistir, leer todo hasta el final. Después de todo lo que no se entiende es lo que más se mastica hasta interpretar y encontrar sentidos.

¿Qué hace fracasar a un libro? Una serie de fallas evidentes, imperdonables. Si es un libro de género será no respetar las reglas del género o no violarlas con contundencia. Si es un libro pretendidamente vanguardista, por viajar en el asiento trasero de la literatura. Será porque a pesar de que la idea primigenia fue buena el autor se quedó a medio camino, no pudo concretarla.

¿Y un lector puede darse cuenta de que ese libro es malo antes de terminarlo? Ahora me doy cuenta de que sí, que si pasado un tercio o la mitad del libro, si no se activan algunas señales, el libro no funciona. ¿Y si eso llegara en las últimas diez páginas? ¿Si todo el gesto vanguardista estuviera en destruir el inicio, en poner una barricada en la puerta de entrada para que el lector tenga que forzar la entrada hasta llegar a un significado oculto, trascendente y revelador?

***

No sé, no me interesa. Ésta semana abandoné dos libros, uno atrás del otro. Uno por malo, por incapaz, por chiquito e ignorante. Al otro por pavote pretencioso, por sofisticado al cuete, por poner el carro delante del caballo. Les di tiempo, los soporté y toleré, les tuve la paciencia que el profesor tiene al alumno cuando lo ve copiarse y espera que deje de hacerlo. Pero el fracaso no era mío, el fracaso estaba impreso, tenía un colofón, una página de legales y una tirada de un par de millares. Ahí están, en la caja de cartón que abriga a los “prescindibles” antes de su último viaje.

Ya me imagino que preguntarán por los títulos. Los olvidé.

29/07/2010

Recibimos: Estuve

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Agradecemos a Miguel Sedoff que nos envió su libro Estuve desde la ciudad de Rosario, editado por HomoSapiens ediciones.

La narrativa de Sedoff no es la ficción que irrumpe con hechos extraordinarios o sobrenaturales en lo cotidiano. La ficción de Sedoff no pretende asombrar, manipular o conducir al lector en un tren fantasma.

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29/07/2010

El diario de un libro decepcionado

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28/07/2010

Aprendé algo cada día

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Estas postales pertenecen a la página “Learn something everyday” que todos los días nos enseña algo nuevo, después lo imprime sobre remeras, y lo vende. Encontré dos literarias.

27/07/2010

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