31/07/2009

Decir que leí el Ulises

Por

El mes pasado tuve que leer la novela de Malcolm Lowry, Bajo el volcán. Para quienes no la recuerden, es la historia de un ex consul inglés viviendo en México, aunque la palabra “viviendo” habría que ponerla en cuestión y pensar qué es vivir y qué no.

Geoffrey Firmin pasa sus días completamente sumergido en alcohol, borracho hasta la médula.

Tan borracho está que hacia el final del libro la borrachera se traslada a las páginas del libro. Eso que se lee también produce borrachera.

La lectura de Bajo el volcán, decía, me trajo a colación esas lecturas imprescindibles que se me presentaron apenas empecé a estudiar. Casi todos los textos teóricos que tuve que leer hacían referencia a tres libros pilares:

  • Rojo y negro
  • El Quijote
  • Ulises

El primero aún no lo leí, pero sin embargo puedo decir que las citas no se extendieron más allá de esos años iniciales. Es como si fuera un texto para principiantes. Ahora resulta por lo menos postergable.

El Quijote si lo leí y ya van dos veces, supongo que habrá más en el futuro. Ahora descansan tranquilas en la biblioteca las tres ediciones, la de Clarín (esa fue la que leí), la de Salvat que no sabía que tenía hasta después de leerlo y la anotada de la Real Academia que compré no hace mucho.

El último de la lista es el famoso Ulises de Joyce. A ese no lo leí y cada día se me hace más necesario leerlo. Casi podría decir que estoy minando toda su circunferencia temática.

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31/07/2009

Libros vivitos

Por

Para todos los padres desesperados que tuvieron niños pensando que sería un disfrute de 24hs y ahora no recuerdan bien qué significa la palabra “disfrutar”.

Libros vivitos – Espectáculo de narración oral para niños, gratuito

  • Viernes 7 de agosto, 17:30hs
    Librería Cúspide del Village Caballito
  • Viernes 14 de agosto, 17:30hs
    Boutique del libro de Palermo

Organiza el Gobierno de la Ciudad

Imagen: Basheem

31/07/2009

Recibimos: Ludwig Börne, un obituario

Por

Celebrado, entre otros, por Marx y por Thomas Mann –quien sostuvo que en este ensayo se encuentra “la prosa alemana más genial hasta llegar a Nietzsche”–, el Ludwig Börne (1840) es una de las obras más brillantes y polémicas de Heinrich Heine. La argumentación que en él se despliega constituye una de las primeras y más profundas tentativas para definir las peculiaridades y la función del intelectual moderno: de un modo lúcido y profético, Heine muestra y analiza aquí las contradicciones, los límites, los escollos y las posibilidades de acción de una de las figuras sustanciales de la Modernidad. Por estas razones escribió Hans Magnus Enzensberger que “La disputa entre Börne y Heine es, posiblemente, la controversia más rica en consecuencias de la literatura alemana. La discusión en torno a ella lleva ciento cincuenta años, y no se avizora un final”. Este volumen integra también una selección de artículos de Börne, recurrente interlocutor y rival de Heine y, junto con este, uno de los más importantes ensayistas alemanes del siglo XIX.

31/07/2009

Yo la hago y yo la vendo {2

Por

Potpurri de revistasPopurrí de revistas independientes tiradas en el piso de la casa del cronista

[Leer la primera parte]

La semana pasada me puse a pensar en el funcionamiento de la autoedición en la historieta. Ésta semana iba a pensar otra cosa, pero no pude. Debo a la conjunción de un asado al mediodía y un locro por la noche el no haber tenido la riqueza mental necesaria. Así que continué pensando en lo mismo.

La autoedición, escribí, no tiene para la historieta el efecto negativo que tiene para la literatura. Sí tuvo mucho que ver con ese estado de cosas el hecho de que la industria de la edición de historieta desapareció. Las historietas pasaron a ser autoeditadas o inexistentes y para las historietas inexistentes se vuelve cuesta arriba pelearle capital simbólico a las autoeditadas.

Tuvimos entonces un campo que ganó en autonomía y en el que la autoedición fue a la vez aceptable y posible. Lo que me permitió pensar el locro fue acerca de los límites de ese modelo.

Una aclaración que creo pertinente. Estoy hablando de una época (la década de 1990) en la que no habían ocurrido dos fenómenos bajo cuyos efectos todavía vivimos: la generalización de la banda ancha y la crisis del 2001. Apenas despuntaba el uso masivo del correo electrónico; dentro de Morón Suburbio 1 encontré una carta manuscrita de Angel Mosquito y me sentí Flaubert revisando su correspondencia con Turgueniev (el locro me pone megalómano). El proceso de modificación hacia el horror de la estructura social argentina durante el menemismo no había tenido todavía el golpe brutal y definitivo que le dio la devaluación diseñada para satisfacer a la Unión Industrial Argentina. Estoy hablando de otro planeta.

Límites, decía. Era relativamente sencillo entrar al campo: el dinero para una edición fotoduplicada no era imposible de conseguir y en cualquier caso se podía optar por una casera “edición a demanda” fotocopiando ejemplares a medida que se vendían. Los espacios de venta eran los mismos para todos: ferias, eventos, amigos y comiquerías con diversos grados de maltrato. La calidad fue un rasgo distintivo: las mejores revistas eran las que más llamaban la atención. Pero el costo era alto. Además de hacer las historietas, además de editarlas, los autores tenían que ponerle el cuerpo a la distribución (bolsito en mano) y pasarse días enteros en los eventos que empezaron a multiplicarse y que eran muchas veces organizados por ellos mismos. Ninguna queja, esos eventos incluían ronda de bares, intercambios sociales, encuentros con seres humanos del sexo preferido y demás diversiones.
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30/07/2009

Más poesía menos policía IV

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30/07/2009

Intelectuales españoles en Argentina

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Plaza de mayoPlaza de mayo en 1924

Como este verano¨tengo más tiempo libre porque no voy a la facultad y al parecer me busco excusas para trabajar, le propuse a Matías la inclusión en Hda de un nuevo ciclo de entrevistas. Su tema es un tanto difuso, así que voy a intentar explicarlo detalladamente. Me gustaría redactar algún día una Historia de la presencia de intelectuales españoles en Argentina. Las vicisitudes y reflexiones podrían ser muy extensas y posiblemente hasta alguien se me haya adelantado. Tal vez lo más jugoso se encuentre en el siglo XX. En El atroz encanto de ser argentinos, Marcos Aguinis recoge una curiosa anécdota sobre la gira que hizo por el país el dramaturgo Jacinto Benavente (Nóbel, 1922). Reproduzco parcialmente la cita:

Jacinto Benavente fue interrogado sobre la Argentina […]. Pero el español esquivaba contestar. Su recato, lejos de disminuir el acoso, lo aumentaba. Cuando llegó al puerto para embarcar […] Entonces disparó un cañonazo: «Armad la única palabra posible con las letras que componen la palabra argentino».Benavente penetró en el barco y desapareció. Su figura ya no estaba a la vista cuando los que lo habían escuchado pudieron descifrar el acertijo: la única palabra que se construye con las letras de «argentino» es ignorante

Es importante diferenciar los visitantes de los exiliados. Los primeros gozaban de cierto poder en el ámbito cultural español y visitaban Buenos Aires para dar conferencias o presentar sus piezas teatrales, para después regresar a la Península sin mayores sobresaltos. El caso paradigmático, respectivamente, es el de Ortega y Gasset, por un lado, y el de Jacinto Benavente y Federico García Lorca, por el otro.

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29/07/2009

¿Me lees un libro?

Por

Llegó a tener tantos volúmenes –creo que superó los veinte mil- que el living, nada pequeño, acabó cruzado por estanterías similares a las de las bibliotecas públicas. El baño tenía libros en todas las paredes menos en la ducha y si no se estropeaban era porque había dejado de bañarse con agua caliente para evitar el vapor. En verano o invierno, sus duchas eran de agua fría.

Delgado se acarició la nuca y sonrió sin mirarme.

-¿Sabe qué llegó a hacer? –me miró, finalmente-. Le regaló el auto a un amigo para poder ocupar el garaje. No tuvo suerte con el cambio. Al año hubo un invierno terrible y las goteras le estropearon una colección de Summa Artis, que tiene un papel muy fino, satinado, y se malogró definitivamente. Como yo tenía dos juegos, le repuse uno.[1][2]

[1] En Domínguez, Carlos María, La casa de papel, Punto de lectura, Buenos Aires, 2007, p. 32
[2] Vi la información en Wimbledon

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