28/02/2009

El audio de la joven guardia

Por


por M. F.


Durante la semana se generó alguna polémica con respecto a la presentación de La Joven Guardia en España. Contrariamente a lo que muchos piensen, esto me parece un signo del interés que despierta y de la vitalidad del grupo.
Aunque este será el último post sobre el tema, me parece que valía la pena uno más.
Diego Grillo Trubba me acercó el audio que Casa América registró de la charla que los invitados mantuvieron. A aquellos que tuvieron opiniones sobre este tema, de cualquier tenor, les recomiendo escuchar el audio y partir de ahí elaborar sus propias conclusiones.

También pueden descargarlo haciendo clic aquí.


28/02/2009

Hoy, conferencia de Jorge Dubatti

Por

En el bicentenario del nacimiento de Edgar Allan Poe:

  • Poe en el teatro argentino.
  • Análisis de “Israfel” de Abelardo Castillo

Hoy, sábado 28, 19 hs
Entrada gratuita, Abuelas de Plaza de Mayo (70 localidades)

En el Centro Cultural Rector Ricardo Rojas
Corrientes 2038
4954-5521 / 4954-5523

—-

En su pieza teatral Israfel (PREMIO UNESCO, 1963), estrenada en 1966 por Alfredo Alcón con dirección de Inda Ledesma, Abelardo Castillo rinde homenaje a Poe a través del relato de su vida y de la reelaboración de algunos de sus más grandes cuentos.

Jorge Dubatti es coordinador del Área de Historia y Teoría Teatral del CCRojas. Su último libro es Concepciones de teatro (2009).

27/02/2009

Sumario /semana 9

Por

Lunes

Martes

Miércoles

Jueves

Viernes

27/02/2009

Me fui de vacaciones

Por

Matías Fernández


por Matías Fernández
matiasfernandez.hda@gmail.com


Queridos amigos. Hoy empiezan mis vacaciones que esperé por largo tiempo. Hoy, que todos ustedes están casi listos para empezar el año, yo recién lo termino.
Planeo dormir unas quince horas por día, leer siete, comer cuatro y pasear otras seis. Espero que me de la cuenta. Mientras tanto Hablando del asunto va a descansar un poco también, por dos semanas. Aunque podrán ver que dejé algunas cositas preparadas. Además le dejo a Agustina las llaves para que me riegue las plantas y le dé dogui al pichicho.
En marzo nos esperan algunos cambios así que, sigan sintonizados.

Aquella también era una calle próspera, pero los comercios, amontonados y selectos, estaban dedicados, según parecía a la venta de artículos únicos: en una tienda, un paisaje al óleo, cuarteado y turbio, en un marco dorado; en otra, un zapato hecho a mano; más allá, un objetivo de cámara fotográfica instalado en una peana de terciopelo. La fuente, a diferencia de la mayoría del a ciudad, funcionaba de verdad. La piedra negra del escalón que la rodeaba y la del borde de la enorme pila, estaban gastadas y bruñidas por siglos de uso. Mary puso la cabeza bajo el deslustrado grifo de bronce y bebió.
– Esta agua – dijo entre trago y trago – sabe a pescado.
Colin miraba al frente, esperando que la figura que se acercaba volviera a aparecer bajo la luz de otro farol. Pero no vio nada; salvo, quizás un movimiento rápido en un portal ajeno, y no podía tratarse de un gato.
Hacía doce horas que habían comido por ultima vez, un plato de boquerones fritos para los dos.
Colin tomó a Mary de la mano.
– ¿Te acuerdas de si vende algo aparte de salchichas?
– ¿Chocolate? ¿Nueces?
Apretaron la marcha y sus pasos resonaron estrepitosamente en los adoquines, como si sólo fueran los de una persona.
– Una de las capitales gastronómicas del mundo – Observó Colin -, y andamos tres kilómetros para comer salchichas.
– Estamos de vacaciones – Le recordó Mary – No lo olvides.
– Claro – Dijo Colin, dándose una palmada en la frente con la mano libre -. Me pierdo fácilmente en pequeños detalles, como el hambre y la sed. Estamos de vacaciones.
Se soltaron de la mano y siguieron andando; Colin empezó a canturrear para sus adentros. La calle se iba estrechando, y en ambas aceras las tiendas habían dado paso a muros altos y oscuros, interrumpidos de cuando en cuando por portales muy anchos y por ventanas pequeñas y cuadradas situadas a mucha altura y cruzadas con barrotes de hierro.
– Esta es la fábrica de cristal – dijo Mary con satisfacción -. El primer día intentamos visitarla.
Aflojaron el paso, pero no se detuvieron.
– Entonces debemos ir por la parte de atrás – observó Colin-, porque yo nunca he pasado antes por aquí.
– Hicimos la cola en una de estas puertas.
Colin dio media vuelta, irritado e incrédulo, dándole la espalda.

Ian Mc Ewan. El placer del viajero. 2001

27/02/2009

Sobre Andrés Neuman /1

Por

El último minuto

I

Después de leída la veintena de cortísimos cuentos reunidos en El último minuto (2007), me estreno en la escritura de ficción de Andrés Neuman. Ya había seguido algún artículo suyo, como el que celebra la figura de Bolaño, publicado en la Revista Ñ. Creo que Neuman no es muy conocido en Argentina. En España, tampoco. A pesar de su aún poco difundido nombre, publicó unos cuantos libros. Alrededor de veinte. Saltó a la fama literaria en esta Península cuando a los 22 años fue finalista del Premio Herralde, por su primer novela, Bariloche (1999). La primera vez que oí hablar de él, me sorprendí del destino compartido de habernos tenido que ir de Buenos Aires en la mitad de la adolescencia. Él en los noventa, una década antes, eso sí. Neuman llegó con catorce años a Granada, Andalucía, y ahí mismo comenzó y culminó su formación literaria. Dio algunas clases de Literatura Hispanoamericana en la Universidad y ahora es redactor del suplemento cultural del diario que está ubicado más a la derecha del espectro ideológico español: el ABC. Mi profesor de Crítica Literaria, -que yo adoro por su poco respeto a la corrección política entre otras cosas- defiende este suplemento, el ABCd, como uno de los mejores que se producen en este país. Mucho mejor que el snobismo del Babelia, de El País, dice. Yo no me inclino por ninguno de los dos.

II

Leí El último minuto, les comentaba. Neuman agregó un apéndice de teoría literaria al final de sus cuentos. En el mismo, además de ordenar unas cuantas ideas interesantes y sintéticas en un decálogo, se encarga recurrentemente de reivindicar la corta extensión necesaria para un buen cuento. La mayor parte cumplen la máxima y son pocos los que superan las tres páginas. Se forjan como fotografías de un instante narradas de forma prolija. Sin embargo, los cuentos que más rescato de la compilación son aquellos cuya extensión supera la media. “Amores rusos”, por ejemplo, es una divertida recuperación cortazariana que en algunos pasajes recuerda al mejor Isidoro Blaisten. “La víctimas”, una re-escritura de un tema tratado hasta el hastío por la posmodernidad: la escisión del yo. Creo que incluso se la puede leer como un pequeño tributo a la novela Fight Club de Palahniuk. De vuelta un homenaje y de vuelta Cortázar en “Continuidad del infierno”, donde la obsesión está en los parkings y no en los parques. Acaso la excepción a los cuentos más que cortos es “Rebobinando” donde aparece una suerte de narración experimental invertida sobre una convencional ruptura sentimental. El castellano de Neuman es neutro. Por ahí más de España que de Argentina. No mucho. Eso me sorprendió: esperaba encontrar en su prosa alguna de las dos identidades dialectales más marcadas.

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27/02/2009

Recibimos: El libro de los gatos

Por

Agradecemos a Editorial Bajo La Luna por el envío de El libro de los gatos, antología de poesía realizada y prologada por Liliana García Carril.

El libro de los gatos

Generalmente acompañamos a la imagen del libro con la contratapa, pero en esta ocasión serán los nombres de los poetas antologados, me parece mucho más interesante para este tipo de libro.

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26/02/2009

Y usted, ¿de qué se ríe?

Por

Uno puede reírse absolutamente de todo. De los vivos, de los muertos y de los moribundos; de los vencedores y de los vencidos; de las cosas serias y de los hechos diarios. Es verdad que existen muchos modos de reír, y no siempre son con la suficiente inteligencia. De cualquier manera, así como hay quien respeta las fórmulas y se mueve en ellas con pericia -lo cual está muy bien-, siempre aparece el que le pinta barba y bigotes a La Gioconda, con intenciones que desconocemos. Marcel Duchamp, por ejemplo, y su afamado mingitorio. Toneladas de energía discursiva se han desperdiciado -o no, pero no viene al caso- debatiendo sobre la institución de un meadero y la legitimidad de su exposición como objeto de museo -¿habrá millones de pequeños museos del mingitorio en cada bar, estación de tren o escuela?-.

La historia del arte es una “gran carcajada convulsa”, estremecedora y desconcertante. En resumen: ¿quién imagina a un artista, a un verdadero artista, estudiando severo y grave cómo romper con los esquemas estéticos? Imagino que Kazimir Malevich se levantó una mañana y, mientras preparaba su café cargado, dijo “el impresionismo es una reverenda porquería”, fue a su taller y pintó su cuadrado negro sobre fondo blanco. Los experimentos de ruptura son, muchas veces, una violenta burla hacia los antecesores más que una crítica fundada en criterios formales. Piensen, si no, de nuevo en Duchamp observando las caras espantadas de los visitantes: el mingitorio no los conmueve por su valor como obra artística en sí, sino porque es un terrible signo de pregunta.

En la poesía es algo similar. A mí, que soy tan lírica -eso no les importa: en todo caso, cuando intento escribir no puedo escapar del lirismo-, la poesía humorística, por ejemplo, me provoca desconcierto. La buena prosa, por lo general, evita la solemnidad con todas sus fuerzas para resultar interesante. La buena poesía, en cambio, está obligada a ser bella. No vamos a debatir concepciones de belleza ahora, pero ustedes saben: bella. Y la belleza, la enorme mayoría de las veces, está más cerca de la princesa que del bufón. Para coloquialismo ya tenemos suficiente con el habla de todos los días, las notas en los diarios, las publicidades de shampoo y las conversaciones por chat, y no es cuestión de atribuirle a la poesía poderes extraterrestres, pero suele pasar que, al menos de lo poco que he leído, la picaresca en la poesía no es más que picaresca. Como en la música, lo que vale la pena oír -y disculpen que salte entre los yuyos y de disciplina en disciplina- suele ser tristísimo; a lo sumo, irónico. La distancia entre lo que se dice y lo que concretamente sucede está atravesada por una mueca oscura que pretende hacer sonreír y en el fondo no es más que pura desolación, con lo cual volvemos a lo mismo: lo bello es triste, y siempre hay una estetización de la tristeza, con la intención de hacerla soportable mediante la palabra. La alegría, la paz, las buenas intenciones y la exaltación de los gobiernos no necesitan de elaboración poética.

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