31/07/2008

Virilidad

Por


por P. Z.


virilidad

I

Quiero comenzar diciendo: los libros de Bajo la Luna son preciosos. Al objeto libro, me refiero. La edición, la portada, la tipografía. Tal vez me tilden de fetichista; pero los libros de Bajo la Luna atraen, te seducen. Además, claro, tienen otra ventaja: el interior difícilmente defraude.

Dicho esto, hablemos del Virilidad de Cynthia Ozick.

II

Virilidad es un relato breve y profundo.

Situado en un futuro no tan distante, donde el Hombre, gracias a los monumentales avances científicos y tecnológicos, ha vencido a la muerte, Edmund realiza un ejercicio melancólico, recuerda el pasado. Revive a Elia Gatoff, un inmigrante judío sin familia –apenas una vieja tía que le había enseñado inglés en Inglaterra– que llegó a Nueva York con toda la intención de convertirse en poeta.

Desde el comienzo, parece una tarea improbable. Edmund se pregunta:

¿Cómo puedo convencerlos de que, durante un intervalo de mi extensa vida, hubo un momento en el que un poeta –como ya he dicho, un hombre común y más bien ignorante– era alguien reconocido, y abundantemente reconocido, y magníficamente reconocido, y hasta estupendamente reconocido? Por supuesto, ustedes nunca habrán oído hablar de Byron, y nadie está más eclipsado que el querido Dylan; ni tampoco diré que Edmund Gate [tal es seudónimo de Elia Gatoff] haya alcanzado nunca ese nivel. Pero era recitado, admirado, venerado, traducido, buscado, incluso bien pagado; y los medios no lo soltaban ni por un instante.

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31/07/2008

Bibliorgias

Por

Matías Fernández


por Matías Fernández
matiasfernandez.hda@gmail.com


Ya se invirtió la polaridad en mi codicia bibliotecaril. Llegué al punto en que ya no opera sobre mí.

En mi biblioteca, como en muchas otras, el espacio es precioso, escaso. El intersticio que siempre queda como la última opción entre los libros ubicados verticalmente y el piso del estante superior, donde se pueden ubicar libros en forma horizontal, ya está completo. Este es un gran problema que acarrea el prestigioso objeto libro. Se lo tiene que cuidar y abrigar. Difícilmente abandone ese lugar que alguna vez supo ganar por mérito o azar.


foto

Me acuerdo de haber participado de algunas bibliorgias. Una gran mesa llena de libros, la libertad y yo. Tuve la chance de elegir cualquier libro a mi gusto. En un primer momento todo es placer y deleite frente al libre terreno de la oportunidad, pero al instante esa libertad absoluta se convierte en un martirio por la doble limitación física y temporal: no se puede leer todo, no se puede cargar todo.

¿Qué hacer entonces? ¿Qué hacer cuando uno se encuentra en esta encrucijada una o dos veces en la vida?

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30/07/2008

Escribir: arte de recibir palos y patadas

Por

Gervasio Monchietti


por Gervasio Monchietti
gervasiomonchietti@yahoo.com.ar


Entrevista a Ana María Shua.

Una de las notas negativas de Rosario en 2008 será la no realización de la Feria del Libro. La ciudad que se jacta a sí misma de ser icono cultural del país deberá esperar hasta el próximo año, para ver si las anteojeras de las editoriales locales encargadas de la realización, posibilitan el retorno de la Feria.
El año pasado en una sala colmada mayormente de niños, mujeres y ancianos, Ana María Shua leyó parte de su obra. Al día siguiente se realizó la entrevista en un hotel céntrico. La oralidad y la minificción, el oficio de la escritura, algunos de los temas de los temas de la charla.


¿Cómo fueron sus primeras experiencias con la escritura, previos a la publicación?

Lo que me pasó a mí es que empecé todo muy jovencita, escribía poesía en la escuela primaria y mi primer libro de poesía lo hice cuando estaba en la secundaria. Me estimulaba mucho una profe de teatro que yo tenía, ella me sugirió la idea de presentarme en un concurso; concursé y gané un premio muy chiquito del Fondo de las Artes y así publiqué mi primer libro. Casi no pasé por esa angustia.

Beatriz Guido leyó Los amores de Laurita y le pareció terrible, no sólo me dijo que no me la publicaba sino que me aconsejó que la queme.

Cuando empecé a tratar de publicar prosa empezó la complicación. Un escritor durante su carrera tiene que tener la piel muy dura, estar preparado para recibir palos y patadas. Y rechazos de todo tipo. Con mi primer libro de cuentos anduve de editorial en editorial y en todos lados me decían lo mismo “…si fuera una novela”. Finalmente recalé en una editorial que me dijo: “nosotros lo publicamos”. Me hicieron un contrato y yo creí que tocaba el cielo con las manos. No me di cuenta que el contrato establecía todas mis obligaciones para con el editor, pero la única obligación para el editor que era el plazo en que iba a editar el libro, había quedado en blanco.

Mucho tiempo después cuando el libro no salía, y no salía, me di cuenta lo que había firmado. En ese momento alguien me dijo que si le empezaba a pagar a ese editor quizá… y aceptó encantadísimo; le empecé a dar el dinero y él me daba los recibos al revés: en lugar de decir “recibí de Ana María Shua”, ponía “recibí de la editorial tal”. Puse mi dinerillo y el libro de todas maneras no salía.

Entonces en el interín escribí una novela y la presenté al concurso de Editorial Losada, y ganó el primer premio en los ‘80 y se publicó la novela en Losada. Después de que se publicó la novela con éxito, me sacaron el libro de cuentos.

Eso no me facilitó los libros que siguieron. Esa era una fantasía que yo tenía, que me iban a publicar todo lo que escribiera. Después intenté publicar La sueñera -minificciones- me dijeron “esto es poesía, esto no se vende” y no me lo publicaron; y otra vez con la carpeta de editorial en editorial.

Entonces escribí Los amores de Laurita, y dije: esto es un libro que sabía que era comercial, más allá de que a mí me gustaba y me interesaba como literatura, sabía que una novela con alto voltaje erótico era comercial. Sin embargo otra vez empecé el peregrinaje: en Losada la leyó Beatriz Guido y le pareció terrible, no sólo me dijo que no me la publicaba sino que me aconsejó que la queme. [Risas]

Fui a ver a uno de los jurados que estaba en editorial Legaza, que estaba publicando mucho, y no conseguí que me contestara nunca nada, lo llamé muchas veces y nunca me contestó. Ya tenía dos libros publicados con premios, exitosos, y nadie se animaba con Los amores de Laurita, hasta que finalmente lo publicó Sudamericana.

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30/07/2008

Un tour por el patio trasero

Por

Gordo Gostanián


por Gordo Gostanian
gordo.gostanian@gmail.com


Con una cuota de US$ 45.000 al año, la Universidad de Yale es la segunda opción académica para la crème de la crème de la sociedad norteamericana. Sólo después de Harvard.
Cada verano, sus 11.000 estudiantes tienen la oportunidad de tomarse dos meses de vacaciones. Alejarse de las 243 hectáreas de uno de los campus universitarios más sofisticados de Occidente.
Otros estudiantes eligen viajar y conocer los rincones más recónditos y un poco menos sofisticados del mundo.
Buenos Aires está a 9.000 kilómetros al sur del campus beatífico de New Heaven y es la opción de algunos de los estudiantes más intrépidos.

Con la curiosidad antropológica a flor de piel y una copa de champagne, Andrew Dean (20) comenta que le interesan el derecho y las ciencias políticas. Lo dice en un español apenas un poco más que rudimentario. Durante el cóctel de despedida en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires. En boca de un estudiante de Yale, los intereses de Andrew tienen un peso específico diferente. La dinastía republicana de presidentes de la familia Bush, el presidente demócrata Bill Clinton y la ex candidata Hillary Clinton son algunos de los “bulldogs” –como la universidad apoda a sus alumnos– egresados de Yale. Durante su estadía, Andrew estudió el régimen de prisión preventiva en la Argentina. “Algo que en los Estados Unidos sólo existe en la prisión de Guantánamo”, dice Andrew, con el tono diplomático de la compasión. “La superpoblación carcelaria podría reemplazarse por un sistema de fianzas que permitiera gastar más en programas sociales”, opina sin descuidar la copa de champagne. Cuando sus diagnósticos comienzan a invertir el vector de la compasión, aparece Alejandro Navarro García (20). Es mexicano y cursó todos sus estudios en institutos británicos del Distrito Federal. La llegada a Yale fue un paso natural y su pasantía por el departamento comercial de Coca-Cola en Argentina fue un placer. Algunos gerentes argentinos de los que no ganarán ni a los 50 lo que Alejandro ganará cuando tenga 30 dicen que los estándares, después de su visita, han quedado demasiado altos. A su sucesor no le será fácil hacer pie. “Es probable que no vuelva a los Estados Unidos sino a México”, dice Alejandro con tono ejecutivo. Mientras examina una bandeja con canapés. “Voy a tener una ventaja competitiva sobre mis colegas”, proyecta, con el brillo en los ojos de quien sabe muy bien que el ex presidente de México, Ernesto Zedillo, también se graduó en Yale.

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29/07/2008

Recibimos: Muerte de una asesina

Por

El agradecimiento a Editorial Sudamericana por el envío de Muerte de una asesina de Rupert Thompson. Como adelantamos hace unos días, la novela narra la historia siniestra de Myra Hinley.

muerte de una asesina

Mientras leo, pienso qué crimen habrá cometido esta otra chica para recibir semejante castigo.

29/07/2008

Hacia la revolución

Por


por M. F.


hacia la revolución

Hay una gran tradición de viajeros argentinos, mayormente durante el siglo XIX y principios del XX. Muchos de ellos tuvieron como principal objetivo Europa. El viajero argentino emblemático fue Domingo Sarmiento, que cumplió con el requisito europeo, pero también visitó África y América extensamente. Hay muchos más, la lista sería interminable: Quiroga, Arlt, Mallea, Cambaceres, Cortázar, Girondo… es cuestión de pensar un rato.

Pero la propuesta de este libro es diferente porque propone viajes a lugares extraños, lejanos en kilómetros pero también en pensamiento. Hacia la revolución es una recopilación de crónicas de viajes hacia los tres destinos más importantes de las revoluciones marxistas: la Unión Soviética, China y Cuba. Los viajeros son múltiples, entre ellos Elías Castelnuovo, Leopoldo Marechal, Ezequiel Martínez Estrada y Enrique Raab.

Un punto importantísimo a la hora de comenzar la lectura de este libro es saber que el trabajo de selección fue realizado por la investigadora Sylvia Saítta. Ya en otros de sus libros como El escritor en el bosque de ladrillos o Grandes entrevistas de la historia argentina se puede disfrutar la calidad de su trabajo. El prólogo también está a su cargo y aunque es muy interesante llama la atención cierta desprolijidad que da la sensación de haber sido escrito a los apurones sin detenerse a corregir las repeticiones y muletillas clásicas de la argumentación crítica. De cualquier manera eso no le quita ningún mérito.

La mayor parte del libro -la mayor cantidad de páginas- están dedicadas a los viajes a la Unión Soviética. Enseguida continúa China y sobre el final Cuba. Podría decir con certeza que cada uno de los países tiene un campo de características comunes aún en los diferentes escritores. En la Unión Soviética es muy fuerte la marca de la frontera, la burocracia y el miedo a los desconocido. Es que el primer país en llegar a la revolución estaba unido a Europa y se deja sentir el hermetismo y el desprecio por el enemigo burgués que acecha más allá del límite nacional.

Pero nos equivocamos respecto a las aduanas de Rusia: allí la inquisición sobrepasa todo lo imaginado. No sólo se fijan si uno introduce objetos de contrabando, sino que hasta restringen la introducción de efectos personales que sobrepasan un límite determinado. (1)

El idioma será también una barrera infranqueable tanto en Rusia como en China donde los viajeros no podrán experimentar completamente la práctica revolucionaria sino a través de los intérpretes.
El relato de la Unión Soviética es el de una nación fuerte e inmensa, monumental donde el adorno de la vida capitalista y burguesa fue suprimido por las limpias aristas de la conciencia revolucionaria. El hombre Soviético, el trabajador, es amo y señor de sus dominios, capaz de dominar a toda la naturaleza.

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29/07/2008

Vidas privadas

Por

José María Figueras


por José María Figueras
josemfigueras@gmail.com


A fines del año pasado, Clara Sánchez publicó esta nota en Babelia. Allí sostiene una serie de opiniones de las cuales me quedó picando ésta: “nos caen bien los escritores alcohólicos: Edgar Allan Poe, Joseph Roth, Malcolm Lowry, Carson McCullers, John Cheever… y un largo etcétera que ocuparía varias páginas”. Yo no sé si nos caen bien los escritores alcohólicos, pero probablemente sí sean atractivos todos los que tienen una vida “fuera de lo común”, distinta. Me quedé pensando que muchas veces entramos en la vida (obra) de un escritor a través de su obra (vida). Y que muchas veces el personaje le gana a la persona.

Tengo algunos ejemplos personales: para avanzar sobre Jean-Paul Sartre, primero compré un libro llamado justamente Sartre que es la monumental biografía que escribió Annie Cohen – Solal sobre el escritor francés. Mucho tiempo después leí La náusea y Las palabras. Con su esposa hice lo mismo: primero compré la Plenitud de la vida ese hermosísimo libro de Simone de Beauvoir y recién ahora, casi una década más tarde, estoy por empezar a leer La mujer rota. Es evidente en ambos casos que me atrajo mucho más el personaje que el escritor. No debo ser el único. Seguramente escritores como J. D. Salinger o Truman Capote tienen su buena colección de fans a partir de lo particular de sus vidas. Aunque con ellos dos primero leí sus obras emblemáticas. Así, del gran JD leí El cazador oculto y de Capote, por supuesto, A sangre fría. Pero inmediatamente después de ese debut literario, continué con ellos a partir de la mirada de sus biógrafos. De Salinger es imperdible la investigación que hizo Iam Hamilton sobre su vida y de Capote si queremos saber todo sobre su existencia es obligatorio pasar por la excelente biografía que escribió Gerald Clarke. Después sí leí los Nueve cuentos y Levantad carpinteros…. De Capote también leí casi todos sus libros, menos esos engendros sospechosos encontrados en los últimos años (Crucero de verano y Un placer fugaz).

Hay escritores que nos llegan por su fama, por determinadas declaraciones o por vaya uno a saber por qué. Pero nos llegan más que su obra o por lo menos antes que su obra. De Ernest Hemingway todos sabemos que vivió varios años en Cuba y España y que terminó sus días con un escopetazo voluntario. ¿Pero cuántos leímos algo de todo lo que escribió? Todos sabemos de la ardua y conflictiva existencia de Franz Kafka, sabemos hasta la historia de su amigo Max Brod y el cuentito de que éste publicó todo pese a que el escritor “no quería”. Pero ¿cuántos leyeron El castillo, El proceso o Metamorfosis? Tengo que reconocer una vez más que antes de su obra lo que más me interesó fueron sus Diarios, libro que leí antes de hojear siquiera El castillo.

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