29/02/2008

Las sutilezas de Kawabata

Por

país de nieve

Introducción

Pienso que si un grupo de personas, que no se conocen entre sí, te recomiendan la lectura de un libro, debe ser porque el texto así lo amerita. Es lo que me pasó con este libro de Y. Kawabata, País de Nieve, en lo que ha sido mi primera experiencia acerca de un texto de autoría oriental.

Más allá del relato, parece inverosímil en esta vorágine cotidiana que un autor escriba un cuento a lo largo de dos años, con un final abierto, y, por presión de sus propios lectores, concluya, con otro texto de casi la misma extensión, doce años después. Debe ser propio de la filosofía oriental el tomarse tanto tiempo para darle continuidad a una novela.

Lo que resulta de necesaria ayuda es la Introducción, realizada por el traductor, Juan Forn, sin la cual, de alguna manera, las piezas no terminan de encajar unas en otras, como así tampoco el final del autor, acaecido en 1972.

La obra

Cuando se empieza a leer, se siente el mismo efecto que tiene sobre el espíritu de uno la contemplación, ya sea de una pintura, una obra de arte o bien de un paisaje. A través de sus delicadas y bien escogidas palabras, Kawabata se encarga de transmitir en parte ese estilo narrativo donde el tiempo es un elemento más de la ficción, en medio de un conglomerado de situaciones tradicionales japonesas, tan alejadas del lector occidental que lo obliga a tomarse el mismo tiempo para madurar las ideas acerca de aquello que se desea expresar.

Lo cierto es que el texto no carece de belleza; en él se alternan las imágenes del costumbrismo japonés de principios de siglo XX –donde está ambientada la narración- con el acontecer pasional de sus personajes, y en la que la descripción de esas pasiones se manifiestan incompletamente, obligando al lector a esforzarse por rellenar en gran medida las líneas que el texto sólo sugiere o deja entrever.

Conclusión

El libro se lee de la misma manera que se disfruta de una postal de incomparable belleza. Si bien la realidad del relato se encuentra muy alejada de nuestra filosofía occidental, no por ello no deja de ser una historia de amor y desencuentro. Porque ésa es su esencia. El eterno juego del que ama y del que se deja amar; del que nada tiene y se entrega por amor y del que tiene todo y la entrega del otro es sólo algo más. Narrado en un “tempo” más lento, en medio de una circunstancia geográfica acorde y haciendo uso de detalladas descripciones, con la intención de transmitir la profundidad de los sentimientos, que no pueden verse reflejados –o no está permitido culturalmente que así ocurra- en el transcurrir del relato.

Otra maravilla de la literatura, que opone a la furiosa realidad explícita de los medios de comunicación de masas actuales la existencia de un lenguaje donde abundan sutiles imágenes del interior del ser humano que necesitan ser descubiertas por quien lee.


29/02/2008

Recibí: Sale el espectro

Por

Agradezco a Editorial Sudamericana el envío de Sale el espectro de Philip Roth.

sale el espectro

28/02/2008

Bioy en Lost

Por

¿Y qué? Bioy Casares nos gustaba mucho antes de que se alguien lo leyera en Lost. Por eso decidimos no hablar del tema.

la invencion de morel

Un amigo fana de Sex & The City me contó que cuando las protagonistas filmaban en un restaurant o usaban zapatos de una marca determinada, días más tarde el restaurant se abarrotaba de clientela y ese modelo de zapatos se vendía hasta agotarse.

Por lo que cuenta Leandro, se ve que los editores de Bioy aprendieron de aquella experiencia.

28/02/2008

Por la captación del detalle

Por

Gracias a Fernando llego a esta entrevista a Martín Kohan (remerita Adidas infaltable) en la que habla de Ciencias Morales:

Hay una base autobiográfica que tiene que ver con que fui alumno del colegio, y fui alumno de este colegio en esos mismos años. Por lo tanto es un mundo que conocí, y es un mundo que viví, y algunas de las situaciones que se plantean en la novela las conozco por mi propia experiencia. Pero al mismo tiempo, por lo general no hay un traspaso demasiado directo en mi caso, entre lo que es netamente autobiográfico -o sea, mis vivencias personales- y lo que después pongo en la ficción. En esta novela ese mundo es un mundo que conozco, muchas de esas situaciones conozco y muchos de esos lugares los conozco, pero no hay una plasmación autobiográfica en el sentido que mi propia vivencia no está puesta en la novela de manera directa. Raramente hay algo del orden de mi experiencia personal que me resulta motivador para llevarlo a la literatura. En general lo vivo más como una separación, y en la literatura me interesa más narrar y trabajar experiencias que no son directamente mías.

La novela transcurre no solamente en ese colegio, sino en ese colegio durante los años de la última dictadura militar en Argentina. Y yo creo que esto es necesario decirlo, porque no sería justo y no sería verdadero una consideración del colegio en general sin atender esa circunstancia en particular. Incluso yo mismo cursé mi bachillerato ahí entre 1980 y 1985. La dictadura terminó en el 1983 y, de alguna manera, fueron dos colegios distintos para mí. Dentro de estas características generales de disciplina y de rigurosidad y siempre con la tradición patriótica detrás y todo ese aparato. Aún con todo esos elementos constantes hubo un quiebre, y hubo una diferencia importante. Y por lo tanto una buena parte de lo que la novela está poniendo en juego, tiene que ver con el colegio en general, pero más en lo particular con las condiciones en ese colegio que tiene muchos estudiantes, varios estudiantes desaparecidos durante la dictadura militar. Creo que es inseparable de esa misma coyuntura política. El colegio no es solamente esto que la novela muestra, aunque lo que la novela muestra es en buena medida el colegio.

No voy detrás de una relación entre literatura y política en el sentido en que la literatura podría hacerse cargo de un reflejo de una realidad política. Esa mirada más panorámica de los procesos sociales y políticos en un sentido muy abarcativo, no me interesa mucho desde el punto de vista literario. Sí me interesa del punto de vista de la comprensión de los procesos históricos, etc. Pero desde el punto de vista específicamente literario, me interesa más cuando lo político aparece tocando situaciones más cotidianas, y por lo tanto más concretas. La mirada panorámica me parece mejor en un sentido para una comprensión histórica, pero menos interesante desde el punto de vista literario, en cuanto a que mi búsqueda tiene más que ver con la captación del detalle, en situaciones muy cotidianas, pero también, por lo tanto, muy concretas. Sí, efectivamente son años de represión. Cómo funciona esa represión, no ya en el gran aparato de Estado, si no en las formas mínimas del control sobre la vida cotidiana de las personas. Ahí es donde una institución como un colegio, y en particular este colegio que es como el referente del sistema educativo en Argentina, me resultaba provechoso para esta clase de indagación literaria. Sólo así me parece que la literatura puede tocar provechosamente lo político: para captar esos matices y para captar esos detalles.

28/02/2008

Heil Disney!

Por

El juego de las siete diferencias:

¿Hitler dibujante o Hitler dibujando?

¿Y si paramos de cortar cables y empezamos con el periodismo en serio?

(Gracias JT por los links).

27/02/2008

La invasión

Por

la invasión

I

Esta anécdota es de cuando Tinelli estaba a las doce, mucho antes de bailes en caños canjeables por sueños. Mucho antes de que hubiera segundos de fama, incluso mucho antes de las cámaras ocultas de Pablo y Pachu.

Una amiga, llamémosla M., me presentó a una tal V. Una “cita a ciegas”. Pasé a buscar a V. a las nueve y media, fuimos a comer, hablamos, la dejé en su casa a eso de las doce.

Al día siguiente M. me llamó para preguntarme cómo la había pasado. Le conté que cuando volvía en el bondi, pensaba “debería haberme quedado en casa viendo a Tinelli”.

Así, exactamente así, me sentí mientras leía La invasión de Piglia.

II

El mejor Ricardo Piglia no roza al peor Abelardo Castillo. Todos estamos acostumbrados a tirar esta clase de comparaciones. En general son inexactas e injustas. La escribo y ya me arrepiento. Primero porque el primer cuento, “El joyero”, es excelente. Segundo porque no alcanza con Castillo: los cuentos de relaciones de pareja, ya los leí antes –y mejor– con Graham Greene y Somerset Maugham.

III

La invasión es el primer libro de Piglia, publicado en 1967, reeditado recién 40 años más tarde. En el prólogo, Piglia afirma que es “un buen plazo para saber si un libro resiste el paso del tiempo”.

¿Cree él que este libro resiste? Parecería que sí, porque se anima al relanzamiento. Pero hace trampa: los cuentos originales fueron corregidos –”Tarde de amor” fue rescrito enteramente–, la edición está aumentada con 5 nuevos relatos.

Entonces, ¿cómo deberíamos considerarlo? ¿Como la agradable promesa de lo que vendrá o como la confirmación de lo que nunca llegó?

26/02/2008

(A) La sombra de Capote

Por

José María Figueras


por José María Figueras
josemfigueras@gmail.com


Leí en el muy buen blog de Laura Ramos que condecoraron a Harper Lee.

Harper Lee. Me suena. Sí, claro, a todos los que pasaron por los datos más básicos de Truman Capote les suena ese nombre. Lamentablemente para ella me parece que va a ser más recordada por su pasado capoteano que por su muy buena novela Matar un ruiseñor. Creo que la primera vez que me crucé con Lee fue cuando leí A sangre fría de Truman Capote: ella es una de las dos personas a las que está dedicado el libro. “A Jack Dunphy y Harper Lee con afecto y gratitud” se lee apenas lo abrimos. Jack era la pareja de entonces de Capote y la otra, nuestra heroína Lee, mucho más que una secretaria en la preproducción de A sangre fría como a veces se la muestra.

La carrera de Harper Lee es increíble. Publicó sólo un libro, un muy buen libro, que originó un Pulitzer (1961) y tres premios Oscar para su versión cinematográfica. Nadie supo dar una razón convincente de por qué dejó de escribir, lo cierto es que tras este gran debut no hubo más Harper Lee. ¿Se quedó sin inspiración? ¿Se asustó de la fama? Son hipótesis.

Para quienes leímos la biografía de Truman Capote que escribió Gerald Clarke, Lee también es figurita repetida. Aparece en los inicios de la investigación de A sangre fría y después desaparece mágicamente. ¿Se peleó con su amigo Truman? Es una posibilidad muy insinuada en varias fuentes pero sin datos concluyentes por lo menos para mi gusto.

En esa biografía, Clarke dice que “Nelle Harper Lee es una amiga de la infancia que aceptó el ofrecimiento de Truman (de investigar el asesinato) de inmediato”. Una vez en Kansas, Nelle recuerda que para las personas del lugar Capote era “como un marciano que pronto se convirtió en objeto de mofa”. Según Clarke la ayuda de Nell resultó ser “la más valiosa durante aquellos difíciles primeros días (en Kansas)”, dado que Capote estuvo tentado de renunciar a la investigación por todos los obstáculos que encontraban y ella lo alentó para que siguieran adelante.

En Matar un ruiseñor Lee nos cuenta la historia de un hombre sin esposa con dos hijos a su cargo y una profesión riesgosa: ser abogado. En realidad la profesión en sí no tomaba ningún riesgo, éste aparece cuando él (Atticus Finch) decide defender a un negro en un juicio por supuesta violación a una chica blanca. Los hechos suceden en Alabama ciudad de la que, no por casualidad, es oriunda Harper Lee y en donde por esos años, 1935, la violación era castigada con la pena capital.

De más está decir que el solo hecho de que una chica blanca acuse a un negro era prueba más que suficiente para probar la culpabilidad de éste. Y así sucede: el hombre es acusado de violación aún cuando las pruebas son muy dudosas. Una vez que lo encarcelan, ocurren dos muertes que van a conmover la calma habitual del pueblo. Sorprende en parte el final políticamente incorrecto del libro aunque en el fondo todos festejemos lo que sucede.

En el libro por momentos se sobreactua la corrección cívica y política: hay personajes que son siempre perfectos, empezando por Atticus, por supuesto, y algunos que tienen chispazos de excelencia como en ese pasaje en que Jem le pide a Scout que no aplaste un pequeño insecto ya que “no te hace daño”. El propio Atticus tiene una frase que ilustra bien lo que digo: “Estafar a un hombre de color es diez veces peor que estafar a un blanco”. Bueno, Atticus tampoco exageremos. Una estafa es una estafa, a un blanco, un negro, un amarillo, pero bue…

Hablando de lo políticamente correcto no puedo obviar las menciones al nazismo y al mismo Hitler a quien señalan con su apellido en forma directa.

Quien cuenta la historia es Scout (¿alter ego de la propia Harper Lee?), hija de Atticus y hermana de Jem. También aparece un tercer protagonista-niño que se llama Dill y que según se dice sería ni más ni menos que la representación de…Truman Capote (recordemos que compartieron parte de la infancia).

En realidad también hay otro personaje importante, Boo Radley, de quien mucho se habla pero poco se muestra porque tomó la decisión de no salir de su casa y todo lo que pasaba allí dentro eran meras suposiciones de todos los que estaban afuera. El personaje de Boo en la película fue interpretado por Robert Duvall quien hizo su debut en el cine con ese papel. Pobre Robert su actuación no fue para el recuerdo: el personaje no habla en ningún momento y sus movimientos y gestos se reducen casi a respirar.

La película fue dirigida por Robert Mulligan en 1962 y protagonizada por Gregory Peck en el papel de Atticus Finch y Mary Badham como Scout.

En la película Infame, que reproduce en detalle la previa de A sangre fría, hay una parte en que Capote (Toby Jones) discute con Lee (Sandra Bullock) sobre la forma en que escribirían el libro y ella cierra el comentario diciendo “Ok, es tu libro”. Sí, responde él, mi séptimo. Por supuesto que no sé si ese dialogo existió pero no me cuesta imaginar a Capote refregándole en la cara a ella la cantidad de libros que había escrito. Sobre todo a ella que sólo tenía uno. Tampoco cuesta imaginar la envidia que le daría a Capote el Pulitzer que meses más tarde recibiría Lee por su Ruiseñor, un premio que Capote siempre deseó y nunca pudo obtener.

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