28/12/2007

Por un 2008 del carajo

Por

apología y nomenclatura del carajo

 
Un regalo de fin de año:

Estudio FAZ realizó un precioso afiche con la Nomenclatura y Apología del Carajo, de Francisco Acuña de Figueroa.

Está pensado para imprimirse en A3, pero en A4 zafa.

 Nomenclatura y Apología del Carajo [pdf, 442kb]

¡Felicidades para todo el mundo!


28/12/2007

Hoy Tabarovsky

Por

Matías Fernández


por Matías Fernández
matiasfernandez.hda@gmail.com


La edición de un nuevo libro de Damián Tabarovsky siempre es una buena noticia para mí. La expectativa fue el primero que esperé, ya que lo conocí con Las hernias y desde ahí leí los anteriores. Este último fue editado originalmente en España en marzo de 2006.

Hablar de argumento es vano en el caso de los libros de Tabarovsky. Se trata de una compleja excusa, un recorrido textual trazado para ser violado explícitamente, como si no quedara otra alternativa. Aunque sí existe un plan que se nutre de la abstracción y la mentalidad para crear su poética. La expectativa rema a fuerza de preguntas y camina propulsada por la digresión.

¿Y si la digresión antes que una pérdida de tiempo fuera otra cosa? O mejor dicho: ¿Y si efectivamente fuera una pérdida de tiempo, pero de otro orden, otro modo de perder el tiempo? O más aún: ¿Si la digresión fuera no otra forma de perder el tiempo, sino una forma de convertir el tiempo en otro, en lo otro de la temporalidad?
La expectativa, p. 93.

La consigna en La expectativa es la intervención constante. En los libros de Tabarovsky es donde no se aplica el lugar común de los novelistas que dejan fluir a sus personajes. Su voz apenas les permite algunas frases y siempre con un extrañamiento que los deja en la completa otredad. El modo de intervenir no sólo se plantea sobre su propio libro sino también sobre el género novela.

Lo cierto es que buena parte de la literatura argentina se entregó mansamente a la certidumbre de la trama, a la confianza en los personajes, al mérito de la anécdota, a las exigencias culturales más trilladas, al formalismo más académico; no se propuso nunca, ni por un instante, enfrentar al lenguaje, desafiarlo, hacerle morder el polvo; nunca se topó con la cuestión del sentido, con la ambición de doblegar el peso de la sintaxis, de cuestionar el poder de las palabras.
Efectos abstractos, en Literatura de izquierda.

Podríamos decir que lo de Tabarovsky no es estilo. Es una elección programática que quizás no sea tan amena para el lector ocasional que espera la sorpresa o la gracia por sobre la perseverancia teórica.

En este sentido, La expectativa apuntala el plan del autor rigurosamente: hacer mella en las convenciones.

Así transcurría la vida de Jonathan, en la delgadez de los acontecimientos. Como si la actividad mental (su narración) fuera la única actividad a tener en cuenta y lo demás (los hechos) no fuera más que un encadenamiento de banalidades, pura trivialidad hecha tipografía, retazos diálogos sin espesor («Hola, ¿cómo estás?» «Yo, bien, ¿y vos?»); como si la novela mental fuera la meta y a la vez el origen; la expresión literaria de la inmanencia, el despliegue de una subjetividad descarriada; pero no de un despliegue que ocupa el espacio y el tiempo; que suma, que construye; no lo mental como una forma de constructivismo, sino el despliegue como modo de la sustracción, de la resta, de la puesta en suspenso del sentido; lo mental como modo de transformar a la piedra en piedra, al aire en aire, a la palabra en palabra.
La expectativa, p. 67.

No hace falta decir que el libro me gustó, quizás no tanto como Las hernias, pero que vale la pena intentar una lectura nueva y desafiante.

27/12/2007

2007: Mi top 3 (ficción de acá)

Por

mi top 3, ficción de acá

Lo mejor del año:

Ok, Levrero es uruguayo. No es de acá, pero es de enfrente. En el top 3 podría reemplazarse por Era el cielo de Sergio Bizzio.

Me quedé con ganas de leer:

No recomendaría:

27/12/2007

2007: Mi top 3 (ficción de allá)

Por

mi top 3, ficción de allá

Lo mejor del año:

Me quedé con ganas de leer:

Nunca recomendaría:

27/12/2007

2007: Mi top 3 (no ficción)

Por

mi top 3 de no ficción

Lo mejor del año:

Me quedé con ganas de leer:

Nunca recomendaría:

26/12/2007

La palabra ‘libro’ me paraliza

Por

Ana Prieto, amiga y colaboradora de Hablando de Asunto, y Eugenia Segura entrevistaron a Pedro Mairal para el periódico Los Andes. Aquí tres preguntas:

Hablás de Borges y Cortázar como abuelos benévolos que no tuviste que matar. Y decís que a través de tus contemporáneos Cucurto y Casas te llegó filtrada la herencia de padres rebeldes y permisivos, como Aira o Fogwill. Pero nunca hablás de autores extranjeros que te hayan marcado.
Sí, nunca los menciono, ¿no? Me acuerdo de estar leyendo el Ulysses de Joyce; yo vivía con mis viejos todavía y me mandaron a comprar helado, y de pronto… ¿Viste que hay libros que te cambian la mirada? Me di cuenta de que no se te tenía que perder nada, que todo se puede escribir. Vi las tapas de la heladería, que tienen una cosa como convexa, para que caigan solas en su lugar. Y sentí cómo el mundo se volvía de repente una cosa llena de detalles. Eso me pegó muy fuerte. No tenés por qué vivir una vida llena de grandes emociones, de aventuras, no hace falta ir a cazar elefantes. Todo está lleno de una riqueza que a veces ves, y a veces no. En todo lo que está en la superficie hay una gran profundidad. En realidad todo está ahí, afuera; el inconsciente está afuera. Hay lectores que quieren una cosa muy explicada, que les muestren dónde está lo profundo. Y hay autores que son como esos amigos que te ponen un disco y te dicen: “mirá qué triste esta parte”. A mí me gusta dejarle la silla vacía al lector para que se siente y complete todo eso. Salinger también me gusta mucho, el tono de Holden Caulfield en El guardián entre el centeno capta la cosa cáustica de la adolescencia, y trata de que el lenguaje acompañe eso, sin que la jerga quede anclada a una época.

Mantenés un blog llamado El señor de abajo. Como escritor, ¿qué te atrae de los blogs?
Para mí allí hay una revolución muy grande que recién empieza. Los blogs están creando un entramado que salta por encima de las políticas editoriales, porque accedés a autores que quizá una gran editorial no publicaría hasta dentro de 15 años. Por supuesto, todavía no funciona con textos largos, pero las consecuencias de esto no se pueden ni medir. Me parece además que en los blogs la gente baja mucho la pretensión literaria, y eso es buenísimo, porque escribe de una manera más cercana al habla, que le da mucha naturalidad a la escritura. Ahora, yo traté de ver cómo quedarían los textos del blog en un libro, y cambiaría muchas cosas demasiado coloquiales. A mí la palabra “libro” me traba mucho, ¿no? Es una cosa que me paraliza. Siempre que empiezo una novela me digo: “quizás esto no sirve, esto por ahí termina en el tacho”. Es una manera de sacarme el susto que me da, lo cual es raro, porque si la palabra libro te paraliza, y escribiste uno de poemas del que se hacen 500 ejemplares y se leen 90, por ahí lo que pusiste en el blog, en cambio, lo leen 500 personas en un día. Pareciera que la responsabilidad del libro es mucho mayor. Será porque el blog no queda detenido, lo podés ir cambiando. Es una especie de eterno borrador.

Después de la vorágine que viviste con Una noche con Sabrina Love dijiste que para bajar la presión de ser la “joven promesa de la literatura nacional”, escribiste unos diarios falsos que no le mostrabas a nadie. ¿Hay una relación entre eso y tu apuesta actual por los blogs?
¡Me acaban de psicoanalizar a toda velocidad! Sí, con los blogs estoy haciendo eso. Necesito todo el tiempo desembarazarme de esa presión de ser “el escritor”. Ahora encima soy “el joven escritor latinoamericano”, entonces me llaman para opinar sobre unas cosas que no tengo ni idea.

Para seguir navegando:

26/12/2007

Tres Navidades muy distintas

Por

José María Figueras


por José María Figueras
josemfigueras@gmail.com


La Navidad siempre ha dado material de sobra para el arte. Son varias las canciones, las películas y, por supuesto, los cuentos que se han escrito bajo su inspiración. Aprovechando que estamos alrededor de esa fecha y tratando de no caer en una versión muy “edulcorada” de la Navidad, escogí tres cuentos que la toman como referencia. Me refiero a Cuento de Navidadde Ray Bradbury, Un recuerdo navideño de Truman Capote y Cuento de Navidad de Auggie Wren de Paul Auster.

El primero es tal vez el más políticamente correcto, de estructura muy simple, desarrollo con cierta intriga y un gran final feliz a toda orquesta.

Bradbury nos cuenta el viaje a Marte que realiza un niño junto a sus padres un 24 de diciembre de 2052. Como son obligados a dejar el regalo de Navidad y el arbolito en la Aduana por exceso de equipaje, los padres sufren con sólo pensar la desilusión que sentirá el hijo cuando note la ausencia de ambos regalos. El padre piensa cómo compensar esa pérdida y se le ocurre que lo mejor sería que el niño mire a través de un gran ojo de buey (al que no cualquiera tenía acceso) por el cual se aprecia claramente el espacio. Esa visión “y el resplandor de cien mil millones de maravillosas velas blancas” deja sin aliento al hijo mientras los padres le desean una feliz Navidad. Ese fue el mejor regalo que podían hacerle. Un cuento muy cortito, emotivo, sensiblero si se quiere, con una pizca de suspenso porque uno va pensando todo el tiempo qué inventará el padre para alegrar a su hijo y finalmente un desenlace con final feliz.

En el recuerdo navideño de Capote ya no hay tanta alegría. Por empezar hay una pobreza manifiesta. Y además, un estado de soledad evidente porque la historia nos lleva a la relación de dos primos lejanos que viven junto a otras personas en la misma casa pero que los ignoran olímpicamente. Estos dos primos usan a la Navidad sólo como recordatorio de un ritual que deben seguir todos los años. Se me ocurre que podría haber caído en cualquier fecha del año. Cayó en Navidad. Para esa fecha los dos se dedican a hacer tartas de frutas. Exactamente treinta tartas. Él tiene apenas siete años y ella más de sesenta. Ahora bien ¿para quién son esas tartas? Para un abanico de “amigos” tan amplio que va desde el presidente de los Estados Unidos hasta el afilador que pasa por la puerta de la casa. Para hacerlas y para enviarlas por correo se gastan todo el dinero que logran reunir en el año. Luego ambos van a buscar un árbol de Navidad, pero “ir a buscar el árbol” significa internarse en el bosque, hacharlo y cargarlo.

El final del cuento es algo triste y si bien no lo vamos a contar en detalle digamos que a él lo envían a un colegio militar y ella queda sola por los años de los años haciendo las tartas de frutas. Amistad y soledad son dos estados que revolotean todo el cuento y esas son dos armas con las que Capote se defiende sin problemas.

Nos queda el que para mi humilde entender es el mejor de los tres. El de Paul Auster. Cuenta Auster que un tal Auggie Wren es quien le vende los cigarros y las revistas que consume desde su puesto de la calle Court en el centro de Brooklyn. Cuando Auggie descubre que su cliente es un escritor decide mostrarle un álbum voluminoso de fotos. Mejor dicho, “doce álbumes de fotos negros e idénticos”. Esas fotos retrataban la misma esquina a la misma hora durante todos los días que caben en doce años. Y cuando decimos todos los días son literalmente todos-los-días. Auggie le demostró que pese a que eran todas iguales, mirándolas bien todas las fotos eran bien distintas. Vistas las fotos, Auggie le cuenta cómo consiguió la cámara con la que las sacó. Por esos días, además, a Auster le piden un cuento de Navidad del New York Times y no se le ocurría nada interesante hasta que lo comentó con Auggie y éste le contó “el mejor cuento de Navidad que jamás te hayan contado”. Según ese cuento, un día un joven de unos veinte años entra a robar unos libros de su tienda, cuando él lo ve grita y sale a correrlo. No lo alcanza pero ve que se le cae la billetera donde había algunas fotos y sus datos personales. Durante varios días piensa en devolverla pero no lo hace. Un día de Navidad en que está solo, demasiado solo, decide ir a visitar a Robert Goodwin, tal era el nombre del ladrón. Para su sorpresa no hay ningún Robert en la casa. Contesta una mujer. Una mujer grande. Ciega. “¿Sos Robert?”, le pregunta. No sabe bien por qué le dice que sí, que ha ido para verle en Navidad. De esa manera los dos simularon ser abuela y nieto para no estar solos ese día. “La hacía feliz fingir”, recuerda ahora Auggie. Pero lo que siguió fue peor “y nunca me he perdonado por ello”, le dice a Auster.

Bueno, el final-final espero que lo puedan leer algún día del libro de Auster. Vale la pena.

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